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Malentendidos sobre las indulgencias

El tema de las indulgencias se convirtió en el argumento que quiso tocar hoy Juan Pablo II, al encontrarse con 16 mil peregrinos en la plaza de San Pedro, para seguir ultimando la preparación de los cristianos al gran Jubileo del año 2000 que se abrirá en la próxima Noche Buena.

Nos encontramos ante un argumento que ha dado pie a históricas polémicas. Los reformadores protestantes atribuyeron a los predicadores del siglo XVI afirmaciones que, si bien no corresponden a la doctrina de la Iglesia, hicieron mella entre la población europea de la época. Los seguidores de Martín Lutero aseguraban que algunos pastores afirmaron que «En el momento en que el tintinear de la moneda se escucha en el arca del óbolo, el alma del difunto por el que se aplica la indulgencia sube al cielo». Se trata de afirmaciones que nunca aparecieron en el magisterio de la Iglesia, aunque no es de excluir que algún fraile, más o menos «inspirado», las haya pronunciado.

Indulgencias y ecumenismo

«Se trata de un tema delicado, sobre el que se han dado incomprensiones históricas, que han incidido negativamente en la misma comunión entre los cristianos --constató Juan Pablo II--. En el actual contexto ecuménico, la Iglesia experimenta la exigencia de que esta antigua práctica, entendida como significativa expresión de la misericordia de Dios, sea bien comprendida y acogida. La experiencia atestigua que en ocasiones se han dado actitudes superficiales con respecto a las indulgencias que acaban haciendo banal el don de Dios, arrojando sombras sobre las mismas verdades y sobre los valores propuestos por la enseñanza de la Iglesia».

En los últimos años se han dado pasos en la comprensión de las Indulgencias entre cristianos de otras confesiones. De hecho, la reforma de las indulgencias realizada por Pablo VI en 1967 trajo frutos en el diálogo entre católicos y protestantes. Algunos luteranos hicieron una visita en aquel entonces a la Penitenciaría Apostólica para agradecer a la Santa Sede esta renovación.

Tras recordar que «Jesús crucificado es la gran "indulgencia" que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas», el pontífice explicó que el pecado deja huellas en el alma que no desaparecen simplemente con la confesión.

Indulgencias y conversión

«El hombre tiene que "curarse" progresivamente de las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él (y que la tradición teológica llama "penas" y "residuos" del pecado». «Precisamente --añadió Juan Pablo II--, en vista de la curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor».

«El sentido de las indulgencias ha de ser comprendido en este horizonte de renovación total del hombre en virtud de la gracia de Cristo Redentor, a través del ministerio de la Iglesia», explicó Juan Pablo II, quien hace pocas semanas acaba de aprobar la publicación del nuevo manual de indulgencias.

¿Invento medieval?

Las indulgencias no son una invención de la Iglesia en la Edad Media. «Hunden su origen histórico en la conciencia que tuvo la antigua Iglesia de poder expresar la misericordia de Dios --aclaró--, mitigando las penitencias canónicas infligidas por la remisión sacramental de los pecados. Ahora bien, esta mitigación estaba siempre acompañada por compromisos, personales y comunitarios, que asumieron, con carácter sustitutivo, la función "medicinal" de la pena».

¿Mecanismos autómatas?

El Papa alertó ante la tentación de concebir las indulgencias como mecanismos autómatas, «como si se tratase de "cosas"». No se trata de rituales que confieren automáticamente el perdón o la conversión, requieren toda una actitud interior y un camino de conversión. «Así se puede ver cómo las indulgencias, en lugar de ser una especie de "descuento" del compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un compromiso más disponible, generoso y radical». De hecho, para alcanzar una indulgencia, la Iglesia exige como condición espiritual la exclusión de todo apego al pecado, incluso venial, aclaró el obispo de Roma.

Tras recordar que, «en el misterio insondable de la sabiduría divina, este don de intercesión puede ser benéfico también para los fieles difuntos», Juan Pablo II concluyó diciendo que «se equivoca, por tanto, quien piense que puede recibir este don con la simple aplicación de cumplimientos exteriores. Por el contrario, son requeridos como expresión y apoyo del camino de conversión».

 

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