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Independencia

La palabra independencia se usa con extraña frecuencia en los últimos tiempos, y con no menos frecuente confusión. Se ha deslizado la absurda convicción de que independencia significa separación, aislamiento, en último extremo atomización. No se piensa que se puede ser independiente en compañía, en grandes unidades sociales e históricas en las que la decisión es plenamente libre. Los españoles, por ejemplo, somos independientes, todos juntos, y precisamente por eso.

Ha habido una ya vieja tentación al error. En los seis años más desordenados de nuestra historia -aparte, claro está, de la disparatada guerra civil-, entre el destronamiento de Isabel II en 1868 y la Restauración con Alfonso XII, promovida por Cánovas, se llegó a una absurda confusión de todas las cosas, de la realidad misma, que culminó en el «cantonalismo», en la creencia de que sólo se podía ser libre e independiente en los minúsculos cantones en que se intentaba dividir España. Recuérdese el «¡Viva Cartagena!», que en un momento fue la consigna. Recuerdo también que uno de esos cantones se ofreció a formar parte de la «República Anglo-Americana», por otro nombre los Estados Unidos.

En esta misma semana se ha producido un rebrote de esa actitud, con una propuesta que además de ser imposible es simplemente ridícula, reveladora de un desprecio, difícilmente comprensible, a lo que es la realidad.

Paradójicamente la única porción de España en que no existe plena independencia es aquella en que esas protestas y proposiciones brotan como hongos, en que existe un grado de coacción interna y de manipulación que excluye la independencia, y por tanto la legalidad de las elecciones. Si no se puede votar o hay que votar una opción que está a salvo de las amenazas, las elecciones no tienen valor, y eso se refleja en sus resultados públicos, que están lejos de la voluntad efectiva de las personas.

Las reivindicaciones de independencia suelen tener un pretexto regional, como si el aislamiento o separación de las regiones fuera la verdadera independencia. Se pasa por alto el hecho indiscutible de que las regiones son sociedades insertivas, a través de las cuales los individuos se insertan de un modo auténtico en su nación, que es la unidad saturada, que mira hacia una posible unidad futura más amplia, en nuestro caso Europa. La manera normal y plena de pertenecer a una nación es justamente la pluralidad de las regiones, que constituyen una orquesta, a la que es esencial una partitura, es decir, un argumento.

Si esto se olvida o se destruye, se pierde la independencia y se cae en una serie de mutilaciones que precisamente la entorpecen o, en casos extremos, la anulan. Se podría precisar en qué medida son independientes los que participan con mayor o menor plenitud en el conjunto nacional; en algunos casos la independencia real se va adelgazando hasta desaparecer.

Después de la Primera Guerra Mundial hubo una epidemia de afición a una independencia abstracta que llevó a la destrucción de las grandes unidades de convivencia que, con fricciones y descontentos, habían logrado la convivencia de amplias zonas de Europa que no habían llegado a plena fase de nacionalización. Se inventaron entonces múltiples «naciones» que no lo eran ni podían serlo, en realidad pseudonaciones, que nunca gozaron de verdadera independencia. Hubo un predominio de políticos abstractos y casi maniáticos en las potencias vencedoras, que se dedicaron a elaborar fragmentos insuficientes de sociedades, que se intentaron agrupar después en una Sociedad de Naciones que nunca fue verdaderamente operante. Dominó la tendencia a los desmembramientos y por supuesto a la creación de repúblicas, con una oleada de republicanismo que ha sido un factor perturbador ya desde mediados del siglo XIX y que merecería un análisis riguroso de sus fundamentos y consecuencias.

La idea de que independencia quiere decir aislamiento o mutilación es tan absurda que nadie se atreve a formularla, pero de hecho se desliza en el planteamiento efectivo de los problemas y se la mira como solución de ellos, lo cual lleva a su enconamiento y en definitiva a la imposibilidad de resolverlos.

Estos errores se han nutrido de una inmensa falsificación de la historia, que ha prosperado apoyándose en la general ignorancia de ella y en la manipulación organizada de la opinión de las generaciones recientes. Son millones en toda Europa que viven instalados en la «historia ficción» y creen que han sido lo que no podían ser y nunca lo fueron.

La independencia tiene como condición inexorable el respeto a la estructura de la realidad, de sus articulaciones efectivas, de las personalidades cambiantes pero continuas que se han ido constituyendo a lo largo de siglos. Curiosamente, se tienen presentes los momentos de disociación y apartamiento, casi siempre fugaces, y se olvida enteramente su fracaso y la recuperación de la integración anterior. Cuando se recuerdan las veleidades disociativas en España hacia 1640, se omite que duraron muy poco y se restableció la integración que se había ido elaborando durante siglos y duró después otros cuantos. Se hacen, por ejemplo, interpretaciones «regionales» de la Guerra de Sucesión, desde 1700, cuando lo que se ventilaba era quién iba a ser Rey de España -de toda España, por supuesto-, si el Archiduque Carlos o el Duque de Anjou que fue Felipe V.

La confusión es todavía mayor cuando se piensa en las consecuencias; se interpreta como una derrota regional lo que fue el motor de la prosperidad de una región determinada; recuerdo la irritación de algunos catalanistas contra los catalanes del siglo XVIII, que no sintieron en su tiempo la animadversión a Felipe V que dominaba en algunos grupos en los últimos años del siglo XIX. Es una curiosa hostilidad, retrospectiva, a la manera como los hombres han vivido su época propia, en nombre de opiniones recientes que les eran enteramente ajenas.

Urge volver a la cordura, evitar la proyección de manías actuales sobre la realidad de otros tiempos, en que los hombres vivían más cercanos a la realidad, a sus propias experiencias, sin que pesaran tanto como ahora las ideologías, con frecuencia irreales y por ello irresponsables. La vida se ha asentado muy principalmente en sistemas de creencias vitales, sin que gravitaran demasiado «ideas» sin contrastar, sin justificación.

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