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Las olvidadas lecciones de la Historia

La presencia en Madrid de Jean François Revel, miembro de la Academia Francesa, ex director de numerosos medios de comunicación, escritor acreditado de novelas y ensayos reconocidos con los más prestigiosos premios, ha sido noticia destacada en la prensa, radio y televisión españolas. No lo ha sido tanto, en cambio y es algo que habla por sí solo con suficiente elocuencia, el contenido del libro que ha venido a presentar: La gran mascarada, ensayo sobre la supervivencia de la utopía socialista, editado por Taurus.

El hecho de que el contenido de este libro, que debería ser leído por todos aquellos que quieran realmente conocer los entresijos de la política de nuestro tiempo, no haya encontrado en nuestros medios de comunicación el eco que merece, forma parte, y es una prueba más, evidentísima y clamorosa, de esa gran mascarada que el título del libro ya denuncia. ¿Cómo alguien, a quien además nadie puede buscarle pedigrí de derechas, puede permitirse la osadía de quitar, de forma tan deslumbrante, la careta al socialismo rampante y al comunismo marginal que siguen presentándose, con desfachatez asombrosa, como paradigmas de democracia y de honradez política?

PÉRDIDA DE MEMORIA

Revel lo hace en este libro lúcida e inmisericordemente, con una rotundidad de argumentos y de pruebas verdaderamente inapelable. Hace diez años caía el régimen soviético, y no bajo las armas, como le ocurrió a su hermano ideológico el nazismo, sino por efecto de su propia putrefacción interna. Quienes ingenuamente pensaron que tal batacazo histórico, de un sistema político que alardeaba de ser la revolución definitiva, serviría para suscitar en el seno de la izquierda internacional una reflexión crítica sobre la validez de los postulados político-económicos y culturales del socialismo, se han llevado un chasco. Ocurrió lo contrario. Tras un período de aturdimiento, hubo toda una batería de intentos de justificación, y toda comparación entre los dos mayores totalitarismos, el comunismo y el nazismo, que han agostado el siglo XX, y llenado fosas comunes, y de horror y de angustia a millones de seres humanos y de familias, sigue siendo tabú. Intentar siquiera tal comparación es un gravísimo pecado contra el progreso. A explicarlo dedica Revel estas excepcionales trescientas y pico páginas. Basten un par de párrafos como botón de muestra:

"Los crímenes y abusos del totalitarismo no son, se nos machaca, comunismo verdadero. Uno de los ingenuos al que despellejaron por no haberse dado cuenta con suficiente rapidez de que el viento había vuelto a cambiar, fue el cardenal Decourtray, arzobispo de Lyon y Primado de las Galias. Hablando de los católicos de izquierda, el cardenal declara: Hay que reconocer que, preocupados por mantener la comunión con los más comprometidos, nos hemos dejado arrastrar a una cierta connivencia. Le empezaron a llover proyectiles: ¿Vamos a lanzar sospechas contra los que luchan contra las injusticias?, le preguntaba, en La Croix, la Secretaria General de Acción Católica Obrera".

O este otro: "La izquierda no se equivoca jamás, o, al menos, sólo se equivoca en relación consigo misma, en su propio seno. En todas las lenguas articuladas, esas piruetas verbales se denominan hipocresía. El autor de Archipiélago Gulag, Alexander Solzhenitsin, no era mejor tratado por la izquierda española. Cuando en marzo de 1976, seis meses después de la muerte de Franco, y con las reformas democráticas del Rey Juan Carlos en marcha, concedió una entrevista a la televisión, en la que declaró que había muchas más libertades en la España de 1976 que en la URSS, un escritor de la izquierda no comunista, Juan Benet, le respondió: Creo firmemente que mientras exista gente como Solzhenitsin deberán existir los campos de concentración. Incluso deberían estar mejor vigilados para que personas como él no puedan salir (Cuadernos para el diálogo, 27 de marzo de 1976). Juan Benet siguió siendo un intelectual respetado.

En suma, una cierta izquierda, más numerosa de lo que se piensa, tiene necesidad de creer que el que no es socialista es nazi. ¿Cómo se puede repetir, con tanta frecuencia, el deber de memoria, y perder tan fácilmente la propia?"

Hoy, en el 2000, todavía, como escribe Revel, una vez más se juzga al comunismo por lo que se suponía que iba a proporcionar, y al capitalismo por lo que efectivamente proporciona. Obviamente, esto no significa ni que el liberalismo sea la panacea universal, ni que todo en estas páginas sea oro puro. Revel, a mi juicio, no ha acabado de entender, por ejemplo, las razones últimas y profundas de la presencia de Juan Pablo II en La Habana de Castro; pero, la gran tesis de fondo de estas páginas, valientemente defendida, merece ser más conocida y difundida.

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