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Voces

La voz es una realidad natural, espontánea, condicionada por la laringe y la estructura bucal. Pero está modificada y matizada por la voluntad, por actitudes personales muy reveladoras que matizan lo que se dice según cómo se dice. La voz puede oscilar entre el engolamiento y el encanallamiento; es algo enormemente expresivo que interpreta y matiza lo dicho, y le da una significación precisa. Cuando se oye hablar, especialmente en público, se recibe una impresión que depende muy principalmente de la manera de decir. La voz puede ser normal, de un temple habitual y sereno, puede ser acariciadora, persuasiva o agresiva, exasperada, irritante. Existe un amplísimo repertorio de matices, que confieren a lo dicho un valor interpretativo esencial.

En la voz se descubre el temple de la persona que habla, su actitud real, en cierta medida su propósito. Se advierte también si se piensa lo que se está diciendo o no, si se dice la verdad o se miente o se expresan cosas indiferentes con las cuales no se solidariza el que habla. Hay que atender, más que a lo que se dice, a la manera de decirlo, muy principalmente a la entonación. A veces se tiene la impresión de que una persona va diciendo lo que piensa, tal vez lo que va pensando con algún esfuerzo, lo que está viendo al mirar la realidad de que se ocupa. Otras veces se advierte que todo aquello viene preparado, está prefabricado, es una mercancía elaborada que se explicita y formula. La verdad o la mentira se descubren, antes de todo análisis del contenido, en la entonación, en la presencia de la convicción o de su falta.

En la voz se desnuda la intimidad personal; si se atiende a ello, es probable acertar, reconocer el valor de lo dicho o su ausencia, si hay que tomar en serio lo que se está oyendo o se puede pasarlo por alto.

Creo que no se atiende demasiado a este aspecto; la atención se concentra casi exclusivamente sobre lo dicho, con independencia de esa entonación. Se dirá que lo que se dice no es solo verbal, oral, sino en gran parte escrito, en que la voz desaparece. No es cierto; en el escrito el estilo hace la función de la voz en el habla. También se advierte el grado de autenticidad, de vinculación de la persona a lo dicho o escrito; en definitiva, el grado de realidad que esto tiene.

Hay personas persuasivas; el que las oye ve la génesis del pensamiento que sustenta las palabras; tiene la impresión de ver brotar algo que está aconteciendo a la persona que habla; percibe su esfuerzo por ver algo y formularlo. Es un espectáculo confortador, que lleva a la convicción de que se puede fiar de aquello, de que es verdad en el sentido de ser auténtico, incluso cuando puede ser un error. En la oratoria pública, sobre todo política, esto no es frecuente; no se presta demasiada atención a este aspecto que me parece decisivo, que me lleva a tomar en serio o no lo que oigo. La decisión que uno toma debería tener en cuenta muy principalmente este rasgo. Muchas veces siento la tentación de decir «¡mentira!» a lo que estoy oyendo con una entonación determinada, o lo que estoy leyendo con un estilo fraudulento.

Lo que se dice desde dentro, con autenticidad, con veracidad, hay que tomarlo en serio, tenerlo en cuenta, aunque se discrepe, aunque crea uno que se trata de una visión insuficiente o incorrecta; en suma, de un error. En otros casos hay que pensar que aquello no merece ser tenido en cuenta, tomado en serio, porque no brota de una convicción, sino que es una fórmula prefabricada o algo que nace de una actitud previa y sin justificación.

En la vida política, especialmente si es democrática, si la adhesión o la repulsa se expresan mediante algo eficaz, el voto, es preciso tener en cuenta esta perspectiva.

La mayoría de las personas tienen en cuenta las etiquetas, las filiaciones a los diversos partidos, dan o niegan su adhesión de acuerdo con ello; creo que es menester distinguir «las voces de los ecos», atender a la veracidad, al muy variable grado de autenticidad de lo que se escucha. Si esto se tuviera presente, se evitarían errores, a veces de enormes consecuencias. Recuerdo muy bien la repugnancia que me produjo Hitler desde que llegó al poder, aunque yo no había cumplido todavía los diecinueve años; más aún que lo que decía, me inquietó su manera de decirlo, su gesto y el tono de la voz, tal como lo daba la radio. Una gran parte de los alemanes se dejaron arrastrar por él y llegaron al entusiasmo, con las consecuencias que hoy conocemos bien.

En España, donde todo era comprensible, inteligible, donde se podía percibir el grado de veracidad o su ausencia, era posible distinguir si había que tomar algo en serio o no; en el primer caso cabía la posibilidad de la adhesión o la del desacuerdo, tal vez la repulsa, pero con estimación, reconociendo el valor de una posición que parecía errónea.

Últimamente se han estado recordando sucesos muy antiguos, con motivo de cumplirse el centenario de algunos nacimientos importantes; he recordado muy bien mis impresiones ante los sucesos y las manifestaciones políticas de hace alrededor de setenta años. Tengo la impresión de haber acertado por haber prestado oído a lo que se decía, a su entonación, o a su sucedáneo: el estilo literario. Oí hablar a algunos políticos de los años treinta, anteriores a la guerra civil; y también haber leído las reseñas de los discursos en el Congreso. Algunos oradores decían la verdad, suscitaban la aprobación o una discrepancia respetuosa y estimativa; a otros no había que tomarlos en cuenta o causaban repugnancia intelectual o moral.

Creo que es el método adecuado de orientarse políticamente, no las etiquetas o las adscripciones nominales a uno u otro partido. Recuerdo muy bien que en las Cortes Constituyentes me complacía o desagradaba, según los días, lo que decían representantes de diversos partidos. Hay una palabra que me parece sumamente peligrosa: «incondicional». Aceptar o rechazar a ciegas lo que viene de una u otra posición es un grave error, que puede pagarse con graves consecuencias.

En definitiva, hay que atender a lo que podríamos llamar la música de las palabras por debajo de su letra; los dos elementos componen la significación verdadera; si se atiende solo a uno de los elementos, podemos extraviarnos por el olvido de uno de los factores que componen la realidad de lo dicho. Se puede seguir ciegamente un texto escrito o dejarse arrastrar por la música de la flauta de Hamelín.

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