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Sesenta años

Se cumplen sesenta años del comienzo de la guerra civil. Si la duración de las generaciones es de quince años, han transcurrido cuatro. Debería ser algo situado en el pasado, en la historia no muy reciente. Sin embargo, conserva una extraña y triste actualidad. Las causas de ello son dos: una, la longevidad de esta época, que ha permitido seguir con vida a muchos que asistimos a la guerra civil: la otra, el hecho de que una doble propaganda se haya encargado de mantener encendido su rescoldo y extraer de él diversas consecuencias.

En 1980 escribí un ensayo: "La guerra civil. ¿Cómo pudo ocurrir?" En él traté de entender lo que parece casi incomprensible. Hice un esfuerzo de análisis y de extremada veracidad, y creo que vertí alguna luz sobre el capítulo más oscuro de nuestro siglo. Ocho años después, en el tomo I de mis memorias, "Una vida presente" conté, con escrupulosa fidelidad, lo que ésta había sido en aquella terrible fase; no era, claro es, una visión global, pero sí la de una limitada parcela con la máxima concreción, el reflejo preciso en una vida singular.

La guerra fue la culminación de una "discordia" que había empezado a engendrarse a fines de 1933 y tuvo una manifestación clara en el otoño de 1934. Se había ido gestando la negación a convivir, el afán de "quitar de en medio" a los que eran distintos; la acumulación de las diferencias y la mentira fueron los grandes instrumentos. Se dice que en las guerras la primera víctima es la verdad, porque en ellas se miente; en realidad, se miente antes, y es la mentira la que por lo general provoca las guerras.

La guerra civil fue una explosión de demencia. No orgánica, ni psíquica, sino biográfica, es decir, social e histórica. Provocada, inducida, manipulada por algunos, "consentida" por una gran porción del cuerpo social.

En todas las sociedades hay un "fleco demencial" que incita a la discordia, pero normalmente se lo margina y deja inoperante. La anormalidad consiste en que el cuerpo social no resista la tracción de esos dos extremos y se deje desgarrar. Es lo que ocurrió hace sesenta años: el embalamiento, la pérdida del uso de la razón y de la libertad, la aceptación de todo lo "propio", incluso de la criminalidad en grado extremo, que poco antes hubiera parecido inimaginable.

Se produjo un levantamiento, ciertamente provocado, pero no justificado, de consecuencias desproporcionadas e imprevisibles. A él se reaccionó con una represión sin límites. Ambos fracasaron, y ese doble fracaso, prolongado durante casi tres años, fue la guerra civil.

Hubo, por ambas partes, heroísmo, sacrificio, abnegación, desinterés, resistencia a la adversidad. Fue un despliegue impresionante de vitalidad, comparable al de 1808, a la resistencia a la invasión napoleónica: España organizó dos ejércitos pujantes, no uno solo, que se emplearon, con admirable esfuerzo, en la destrucción de España, en nombre de ella, movidos por dos "patriotismos" subjetivamente verdaderos, comprensibles dentro de la demencia imperante.

¿Se pudo escapar a ella? ¿Hubo alguna lucidez? ¿Era posible plantear inteligentemente la cuestión? Personalmente, sí; públicamente, dentro de España, por supuesto no; y aún fuera era terriblemente difícil, por las inmensas presiones de la doble propaganda, que usó sin limitación el gran instrumento: la mentira.

Toda palabra pronunciada era utilizada, manipulada, aprovechada para fines partidistas. Cabía una triste solución: el silencio. Pero éste era también manipulado.

La libertad dejó de existir en ambas zonas; se provocó la aceptación de todo lo que imperaba en cada una de ellas, sin exceptuar el odio, la criminalidad desatada en ambas, en dos formas distintas, que fue, con gran diferencia, lo más grave, lo que ha dejado más hondas huellas.

En el ensayo citado al comienzo formulé un balance de la guerra civil, en seis palabras: "los justamente vencidos. Los injustamente vencedores". No cabe mayor concisión, y es lo que pienso al cabo de tantos años. Es curioso que esta fórmula no ha sido recogida, citada, comentada, ni siquiera para oponerse a ella.

En mis memorias se puede encontrar una imagen fiel y detallada de lo que fue, desde una perspectiva personal y muy limitada, la guerra civil, su génesis, su desenlace, lo que siguió a su término. Fueron años atroces, pero no se puede hablar de los "mal llamados años", expresión funesta: todos los años, buenos o malos, son de nuestra vida, tenemos que absorberlos, los llevamos dentro, tenemos que superarlos, cambiarlos de signo, anular en la medida de lo posible su maldad, gracias a la libertad intrínseca del hombre. En la liturgia, hasta hace poco se rezaba: "Líbranos, Señor, de todos los males" y se agregaban estas palabras, hoy suprimidas: "pasados, presentes y futuros", que me parecían preciosas. Ni Dios puede impedir que hayan pasado esos males, pero sí que sean males; no podemos impedir que haya acontecido la guerra civil, pero sí que siga pesando como una losa sobre nosotros, obturando el futuro.

La perduración, anormal, de la guerra, lo que ha impedido que entre definitivamente en el pasado "saneado" de la historia, se debe a dos causas principales. Una, el establecimiento, después de ella, de un poder absoluto, personal, establecido en principio "para siempre", que excluía toda transformación radical. La otra, la voluntad de extraer consecuencias de la guerra, no para superarla sino para invertir su desenlace. Para ello, por ambos lados había que mantenerla viva, conservar las diferencias, las dos clases de españoles, vencedores y vencidos; y de ahí los dos intentos de justificación de lo injustificable, es decir, el cultivo sistemático de la mentira. Se han escrito toneladas sobre la guerra civil; entre tantos millares de páginas cuesta trabajo encontrar algunas briznas de verdad.

El establecimiento de la Monarquía, hace veinte años, significó la única posibilidad de superar la guerra civil. El Rey podía, debía y quería -no se olvide nada esto- ser Rey de todos los españoles, por igual, sin alimentar el rescoldo de la guerra, sin vivir de su siniestra herencia, sin depender de los votos de ninguno de los bandos beligerantes o sus sucesores.

En los primeros años fue así. Nadie reivindicó la herencia de la guerra civil ni se presentó como continuador de uno de sus bandos. Esto hizo posible el comienzo de la reconciliación, el establecimiento de la democracia, la existencia de una libertad que no iba contra nadie. Una política fundada en el respeto, no en la hostilidad, la amenaza o el desprecio.

Luego las cosas cambiaron, aunque se ha mantenido el marco que hace posible lo que acabo de recordar. Se empezó a invocar y glorificar una de las dos facciones beligerantes; se intentó resucitar mucho de lo que había significado; se volvió a contar la guerra civil, empezando por hacer víctima principal la verdad. Todavía quedan restos de esta desfiguración, lo más peligroso de todo.

Al cabo de sesenta años, es imperdonable. España necesita recobrar absolutamente su libertad frente al pasado, condición de que sea libre para el porvenir.

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