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La importancia de tener razón

Algunos grupos españoles de diversa índole, por lo general pequeños, en todo caso de magnitud mucho menos que la que se atribuyen, están dedicados a perturbar la vida nacional, a poner trabas a lo que se intenta hacer, por justificado que esté. Dicho con otras palabras, tienen una actitud primariamente negativa, marcada por la hostilidad, antes que todo proyecto concreto.

Los caracteriza la insolencia, la descalificación de lo que otros hacen, con un rasgo muy curioso: se extiende al futuro, más aún, a las posibilidades: son constantes los "avisos", las "advertencias", las amenazas de fieros males si se hace tal o cual cosa que no se ha hecho ni probablemente se piensa hacer.

Se amenaza sobre todo con "echarlo todo a rodar", con paralizar la vida nacional, o negar los apoyos para que siga funcionando lo que requiere la democracia. Y no se trata sólo de los políticos, sino también de la manera de informar, de presentar los hechos y los dichos, los proyectos, las posibilidades de futuro.

Todo esto se "puede" hacer, y vivimos en una época en que la tendencia general es admitir todo lo que se puede, sin que se tenga en cuenta si se "debe". Esto se extiende, y es bien inquietante, hasta la ciencia y su consecuencia la técnica; en ello veo un gran peligro que se suele pasar por alto.

La cuestión que habría que plantear es qué se puede hacer ante esas actitudes. Yo lo resumiría en dos palabras: "tener razón". Cuando se dice la verdad, hay que sostenerla y justificarla; cuando alguien falta a ella, la desfigura o simplemente miente, hay que mostrarlo y no pasar por ello. Cuando se toma una decisión, hay que procurar que sea justa, pero si lo es, no hay que ceder ni renunciar a ella.

Esto impone la necesidad de "acertar" en la medida en que es humanamente posible. El escritor no debe abandonarse al capricho, a la manía, a la mera "ocurrencia"; no puede permitirse la ligereza, la frivolidad, el malhumor; tiene que tener escrupuloso respeto a la verdad, y formularla con toda la justificación posible, o con la cautela obligada si carece de la deseable evidencia.

El historiador, el sociólogo, el político, deben guardarse de confundir la realidad con sus deseos o conveniencias, de tomar una parte por el todo, de prescindir del marco en que acontecen los hechos o posibilidades de que tratan, y que probablemente es mucho mayor que lo que tienen en cuenta.

Los que tienen responsabilidades directas de orientar y dirigir la vida del país, tienen que extremar el rigor, no permitirse movimiento mal hecho, no transigir con las infidelidades a lo que "hay que hacer", a lo que se impone con la fuerza de la exigencia. Mi vieja norma "no hay que intentar contentar a los que no se van a contentar" tiene aquí su aplicación más apremiante, y se extiende a todos, adversarios y partidarios.

Hay que valorar en sus justos términos el peligro de que algunos "lo echen todo a rodar". ¿Es probable que lo hagan? En la actual situación política, es bien fácil. Puede producirse un cambio que obligue a convocar pronto nuevas elecciones. Es evidente que esto sería un grave inconveniente, que no le conviene a nadie.

Pero hay que retener estas dos últimas palabras: "a nadie". Y hay que preguntarse a quién le conviene todavía menos que a los demás. Imagínese que tal cual grupo o partido, o fuerza de opinión, obligase a interrumpir el curso normal de la vida pública y volver a consultar la opinión de los ciudadanos. Lo primero que se impondría a la conciencia de éstos es si aquello era o no justificado. Si no lo era, se desencadenaría una enérgica actitud de repulsa de los que lo habían provocado, con una serie de inconvenientes, molestias, pérdidas y riesgos. Lo probable sería que tal responsabilidad se pagase muy cara, con un rechazo que podría tener consecuencias irreparables. La opinión colectiva expresaría su descontento por haber sido llevada a una situación indeseable, que tendría claramente un origen preciso.

Esto sería así en el supuesto de la injustificación de tales medidas, es decir que no se tuviese razón para provocarlas. esto requiere el reverso: la necesidad de "tener razón". En una situación como la actual, la exigencia de rigor es extremada, porque es imperativo acertar en grado máximo, es decir, hasta donde las circunstancias lo permiten.

La democracia, que es el menos malo de todos los sistemas posibles, que es hoy el único que permite la legitimidad, tiene inconvenientes ineludibles, que habría que precisar y limitar, reducir al mínimo lo inevitable. Cuando un gobierno dispone de mayoría absoluta, puede ejercer sus funciones con comodidad y holgura, y puede -aunque no deba- permitirse errores y abusos, por ejemplo no contar con los demás. Si la mayoría no es absoluta, la operación de gobernar es más difícil, y no permite esas libertades, ese margen de error o de faltar a lo debido. Este inconveniente para el que gobierna puede ser una ventaja para los gobernados, porque reduce la posibilidad de error, obliga a hacer lo debido sin excepciones.

El poder público, en este caso, no puede abusar, excederse de sus atribuciones, invadir otros poderes o los derechos de la sociedad o de los individuos. Es una garantía inapreciable, y que no siempre se agradece.

Pero también se puede pecar en sentido opuesto. El poder no puede "dejar de hacer" lo que tiene que hacer; no puede ceder a las presiones, las amenazas, las exigencias injustificadas. Porque si lo hace "deja de tener razón", y entonces es vulnerable. Es una situación que impide la arbitrariedad pero exige la energía en lo que es debido.

Se llega a la situación paradójica de que el mejor gobierno sería el que no puede hacer lo que se le antoja, porque está obligado a hacer lo que debe, lo que la realidad exige; con otras palabras, no tiene más remedio que hacer las cosas bien.

Esto no es fácil ni cómodo; reclama conocimiento de las cosas, desinterés, inteligencia, firmeza. Una vez más, "tener razón". Pero mientras la tenga, es inexpugnable, porque nadie puede atreverse a enfrentarse deslealmente con él. Quiero decir por motivos inconfesables, por mera hostilidad, haciendo valer intereses injustificables, con el uso de la mentira.

Veo una posibilidad que me ilusiona: la de que las cosas obliguen a comportarse como se debe, como es menester, y ellas mismas hagan peligroso el faltar a ello. Después de un largo eclipse, es hora de descubrir "la fuerza de la razón".

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