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Megalomanía

Hace pocos días, en un artículo titulado "Vidas mal planteadas", trasladé este concepto, muy antiguo en mi pensamiento, y que permite comprender muchos aspectos de la vida humana individual, a la colectiva, que, aunque en forma muy distinta, es también "vida humana", y sólo se comprende con conceptos pertenecientes a lo personal, y no a las cosas.

Recordaba un rasgo esencial de ciertos grupos sociales, en ocasiones partidos políticos: la "insaciabilidad", la morbosa exigencia permanente de todo género de ganancias, privilegios, concesiones. De ahí mi norma de que "no hay que intentar contentar a los que no se van a contentar", porque es inútil cuanto se haga y no se cosechará otra cosa que malhumor y quejumbre.

Los ejemplos que confirman esto son constantes, y no pasa una semana sin que se añadan y acumulen, con una monotonía que resulta exasperante. Se reclaman -se exigen, según el término de que tanto se abusa ahora-, no ya las cosas posibles, algunas de ellas justificadas, y en gran medida logradas y establecidas, sino otras que son inaceptables. Sobre todo, más allá de lo que podrían ser las voluntades, por mero respeto a la realidad. Yo diría que se comete a diario una invitación a la falsificación.

El primer paso es el olvido o destrucción de la historia, su desaparición del horizonte, la evitación metódica de su conocimiento por los estudiantes, es decir, por los jóvenes que van a dominar el futuro. Una vez hecho ese vacío, se procede a inventar una historia que nunca existió. Si hubiese conocimiento de la realidad y sus requisitos, se vería que además no pudo existir, porque contradice el conjunto de las estructuras de las épocas de que se trata. Por ejemplo, se fingen naciones antes de que pudieran existir en ninguna parte, se atribuye esa condición a formas sociales y políticas enteramente distintas, con lo cual, de paso, se enturbia y oscurece lo que fueron, y que puede ser del mayor interés.

Se invalida igualmente el presente, culminación de una historia que puede ser milenaria, y si se tienen en cuenta sus orígenes reales, se puede remontar a más de dos mil años. Por supuesto, se prescinde de lo que piensan y quieren todos los demás, los que no pertenecen a ese grupo social, y que pueden ser una abrumadora mayoría. Es asombroso cómo minorías pretenden manipular y transformar conjuntos amplísimos, sin tener en cuenta para nada la voluntad o los sentimientos existentes. En nuestra época está difundiéndose, sin que se repare demasiado en ello, un fenómeno sumamente curioso: la opresión de las mayorías por las minorías. En algunos países esto sucede de la manera más sangrienta; en otros, de manera más apacible y gradual, pero con la misma actitud, que convendría analizar con alguna precisión.

Por supuesto, se pasa por alto la legalidad, aun en el caso de que les pertenezca una escrupulosa legitimidad. Desde un extremo de un país se pretende alterar su conjunto, sin el menor respeto a la totalidad, ni siquiera a lo que ha sido aprobado por esa misma fracción que se atribuye la facultad de disponer de todo.

Si se examina con serenidad todo esto, es imposible no advertir una dosis de anomalía, algo morboso y que envuelve una megalomanía, peligrosa, sobre todo para el que la padece. Se trata de una percepción errónea de la realidad, de una pérdida de las perspectivas justas.

En España, estas actitudes van a veces acompañadas de declaraciones que descartan el separatismo. Esto es cierto, y ya dije en 1978 que no se trataba de estos -por razones bastante claras-, sino de la voluntad de "desarticular la estructura nacional de España"-, según la expresión que usé entonces. Ahora bien, España ha sido, en los últimos decenios del siglo XV, la primera nación que ha existido en el sentido moderno de la palabra; apareció entonces, no sólo una nueva forma política, sino algo más hondo: una manera hasta entonces desconocida de sociedad, de relación entre los individuos y el Poder público. Lo que hasta entonces había existido, reinos, condados, y sus incorporaciones en unidades mayores, hasta llegar a los dos grandes reinos, Castilla y Aragón, experimentó una profunda innovación, que permitió la solución de los problemas que eran insolubles, y que pudieron superarse gracias a la nueva estructura, que pronto se empezó a generalizar, en diversas promociones, en gran parte de Europa. Y digo esto porque en una considerable porción de ella no se llegó a la estructura nacional, y tenemos a la vista las consecuencias de ello.

¿Qué puede hacerse? No aceptar lo inaceptable, no tomar en serio lo que carece de seriedad, lo que es a lo sumo un capricho o un envanecimiento, en casos extremos una ráfaga de demencia. Una sociedad en su conjunto no puede estar a la merced de lo que imaginen o dispongan ciertos grupos que tienen pleno derecho a participar en la organización del todo, pero no a imponerle sus puntos de vista particulares.

Sin embargo, sería un error interpretar estos fenómenos como procedentes de ciertas porciones del territorio, aplicadas al conjunto, con mayor o menor violencia. El proceso afecta primariamente, y con la máxima energía, a cada una de esas porciones: dentro de ellas, una minoría, por lo general organizada, adopta esa actitud y trata de imponerla a la totalidad, atribuyéndose su representación, regateando o negando esa condición a los discrepantes que pueden ser la inmensa mayoría. He usado la palabra "organización", que es la clave de tantas cosas en el mundo actual. Es algo que se ha desarrollado y elaborado en los últimos tiempos, de manera creciente. La fuerza de algunas ideologías o partidos reside en su capacidad de organización, que está repartida muy desigualmente. La organización hábilmente manejada, casi siempre muy estricta, consigue un poder desproporcionado.

Utiliza la descalificación de los que intentan escapar a ella, los presenta a una luz desfavorable, y eso ejerce una eficaz coacción. Consigue la ocupación de puestos decisivos en la administración o en los medios de comunicación, lo que suele aparejar potencia económica, que a su vez intensifica lo demás. Sería necesario un examen perspicaz de estos rasgos, que permitiría comprender lo que pasa, y acaso poner remedio a lo que es inconveniente.

Creo que la solución de estas situaciones anómalas tiene que proceder de los conjuntos en que se originan y sobre los que se aplican de modo más inmediato y enérgico. Son las porciones de realidad más afectadas, las que quedan aisladas del todo al que pertenecen, y por consiguiente empobrecidas, limitadas, sin horizonte ni proyecto interesante. Es urgente que los individuos se emancipen de las tutelas que se ejercen sobre ellos por todos los medios imaginables, con la consecuencia inevitable de la disminución de su realidad.

En pocas palabras, lo que parece necesario es el uso de la cordura, de la razón, el respeto a la realidad, la negativa resuelta a hacer el juego a ninguna megalomanía, y por supuesto a no comprometer en ello a la totalidad de una sociedad.

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