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La importancia

Una larga experiencia ha decantado en mi ánimo la convicción de que en la mayoría de los medios de comunicación se habla de los asuntos en razón inversa de su importancia. Cuando algo se agita y comenta interminablemente, se puede asegurar que pocos días después habrá sido olvidado y dejará de interesar.

Por esto, suelo empezar por desinteresarme desde el principio, con lo cual me ahorro algún esfuerzo y, sobre todo, no pierdo el tiempo que puede ocuparse mejor. La misma actitud me lleva a no apresurarme a ver películas que absorben toda la publicidad; y cuando al fin acaso las veo, compruebo que no eran para tanto y que no pasaba nada por no haberlas visto. Algo semejante sucede con libros que parecen grandes acontecimientos pero que no resisten al paso de los años, acaso unos cuantos meses.

Puede ocurrir, sin embargo, que en torno a algunas realidades se forme una «organización» que les presta la importancia que no tienen y una duración que por sí mismas no tendrían. Esto sucede cuando hay intereses económicos de gran volumen. Es la explicación de que obras de arte cuyo valor es muy escaso, que producen un placer mínimo -o tal vez lo contrario-, conserven fama y prestigio durante largo tiempo, porque son «rentables».

Algo semejante se produce cuando median consecuencias políticas, por ejemplo el interés de un partido. Esto puede aplicarse incluso al pasado, cuya «explotación» da dividendos actuales. Es evidente la manipulación de sucesos ocurridos hace muchos decenios, en diversos países, porque ello rinde beneficios a los que hoy representan algo que tiene afinidad con un pretérito que puede ser remoto.

La perturbación que todo esto causa es enorme; no sólo por la pérdida de tiempo y energía, sino porque lleva a una desfiguración de la realidad, que es siempre perniciosa y acaba pagándose. Suelo usar el concepto de «estado de error», en que se puede vivir, más allá de los errores ocasionales que son inevitables. El «estado de error» suplanta el mundo efectivo por otro ficticio, en el cual viven alojadas innumerables personas. Es lo que Feijoo llamaba perspicazmente los «errores arraigados», de alcance social, que él veía en el cúmulo de supersticiones difundidas a mediados del siglo XVIII, contra las cuales combatió incansablemente.

Sería inapreciable un catálogo de los diversos «estados de error» en que han vivido grandes porciones de la humanidad en distintas épocas. No sería difícil precisar los de nuestro tiempo, algo más los inmediatos, los que nos afectan, porque estamos dentro de ellos.

Cuando la organización se une a una publicidad eficaz, los resultados pueden ser impresionantes. A ellos debemos las mayores calamidades de nuestro siglo, en que ambas potencias han alcanzado un incremento que nunca habían conseguido.

¿Es irrefrenable ese poder? Creo que no. Se lo podría contrarrestar con las mismas armas, quiero decir con una amplia organización pública encaminada a enderezar las cosas y restablecer la verdadera importancia de los ingredientes de nuestro mundo. Pero la dificultad de esto es muy grande, sin contar con el peligro de que se vaya de las manos y resulte contraproducente.

Hay otras posibilidades, menos arriesgadas y que están a nuestro alcance. Como siempre, hay que recurrir a las personas como tales, a los hombres y mujeres individuales que habitamos este planeta. El factor principal es la atención. Tengo la impresión de que la superficialidad es el mayor enemigo. Las gentes reciben pasivamente lo que les dan, toman nota de ello y lo aceptan como si fuera real. La tendencia a «resbalar» sobre la noticia, el comentario, la propaganda, es casi universal.

Bastaría con pararse un momento a calibrar la importancia o el interés que algo tiene, la impresión sincera que algo produce a cada uno de nosotros. Ante la obra de arte, el libro, la película, el programa de televisión, la conducta normal sería ver cuál es la reacción propia, que puede estar en los antípodas de la que se trata de imponer.

Ante las manifestaciones de opinión, las valoraciones, las propuestas, hay que preguntarse por qué y para qué se hacen, de quién proceden, si los autores tienen independencia, veracidad, competencia, según los casos. Un carácter que hace todo eso sospechoso es a veces la fecha. Cuando una mujer «acosada» por alguien espera años o decenios para contarlo, hay que empezar por dudar. Cuando se habla de sucesos políticos añejos, exhumados a destiempo, conviene preguntarse con qué finalidad se hace, y si se puede uno fiar.

Una de las tácticas más usadas es el subrayado de algunos aspectos, que pueden ser verdaderos, con omisión de otros, quizá más importantes y clave de los únicos que se mencionan. Esto se hace a escala mundial y con efectos considerables y duraderos. Un examen de la realidad disiparía todas esas maniobras y manipulaciones, restablecería la escala de las importancias efectivas.

Sería decisivo que las personas concretas supieran de quién se puede uno fiar. Cuando alguien miente, deforma la realidad, prescinde las porciones de ella que no le convienen, adultera los hechos, hay que desconfiar de él desde el primer momento y no tomarlo en serio. Esto se puede aplicar a las agrupaciones o instituciones afectadas habitualmente por esas prácticas. A la inversa, se puede depositar la confianza en aquellos para quienes cuenta la verdad.

Pero esto no puede ser tampoco incondicional. Hay que estar siempre alerta, velar por la veracidad y el acierto de lo que se dice.

Sobre todo, lo más importante es distinguir entre lo que se hace o dice por motivos decorosos, positivos, en principio justificados y lo que se debe al negativismo, el afán destructor, la voluntad de estorbar. La pereza y la envidia explican más de la mitad de casi todo lo dañino de la historia. El afán de denigrar suele ser señal de esterilidad e impotencia. Nada complace más al hombre bien nacido que la posibilidad de elogiar, tal vez con entusiasmo y desinteresadamente. Sorprende la frecuencia con que se ataca lo que hacen otros, especialmente si está bien.

Urge una operación de saneamiento mental de la humanidad, sometida en nuestra época a presiones nunca antes conocidas. Se trataría de establecer la jerarquía verdadera de las importancias, porque ello regula de manera decisiva la vida. Si es posible, hay que evitar el «estado de error», que conduce a las mayores calamidades. Soy partidario de apelar a lo que está en nuestra mano, a lo que está a nuestro alcance, al de cualquiera por grande que sea nuestra modestia. Basta con mirar, reflexionar un poco y no volver la espalda a lo que se ha visto.

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