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Fragilidad de la evidencia

El que tiene vocación de buscar la verdad, si no se contenta con aproximaciones o meras vislumbres, si pone a prueba lo que ha pensado, puede llegar a un experiencia deslumbradora, fascinante, el premio mayor del esfuerzo intelectual: la evidencia.

Llega a ver que algo es «así». Lo comprende, y al mismo tiempo descubre su justificación: ve por qué es tal como lo está viendo; en algunos casos, a esa visión acompaña la de su necesidad: «tiene que ser así». Esta es la culminación de un proceso intelectual digno de este nombre.

No es frecuente, sino algo especialmente dificultoso; requiere un gran esfuerzo de lo que más se escatima: pensar. No leer, observar, hacer experimentos o estadísticas, sino mirar, ensayar diversas perspectivas, darle vueltas a la cuestión, establecer conexiones -en eso consiste la razón, distinta de la mera inteligencia-, intentar invalidar eso que se ha entrevisto, hasta asegurarse de que el empeño es vano, de que eso que se ha visto es «así». El extraordinario filósofo Gratry, tan olvidado, decía: «Tout ce qu'un homme a vu est vrai» (Todo lo que un hombre ha visto es verdad). La palabra decisiva es «visto»; si se omite parte de lo que se ha visto, si se añade algo que no se ve, el resultado puede no ser verdad.

Lo frecuente es que no se parta de la evidencia para apoyarse en ella; se prefiere tomar como realidad lo que «se dice» -en el uso ordinario o en el que tiene pretensiones científicas, desdeñando lo que se impone a la visión. Si se analiza la mayor parte de lo que se dice o escribe, se puede comprobar esto que parece una inversión de la jerarquía justa, de lo que puede ayudar a descubrir la verdad y poseerla. De ahí la insatisfacción que procede gran parte de la producción intelectual de nuestro tiempo -y de otros que no son nuestros, pero que han estado afectados por situaciones parecidas-. A veces se siente la necesidad de leer o releer algunas páginas en que la evidencia era buscada y, si se la hallaba, era reconocida y respetada. Sus autores son los que merecen llamarse «clásicos» del pensamiento, y que no son siempre los más famosos.

Pero lo que verdaderamente me inquieta es otro fenómeno, emparentado con lo que acabo de decir, y que afecta particularmente a la exposición o comunicación de las ideas. Cuando se dice, de palabra o por escrito, algo que es evidente, el que lo oye o lee «ve» por su cuenta, por sí mismo, que aquello es «así». La evidencia se impone con fuerza incontrolable, obliga a su participación, es una iluminación que descubre la realidad, la hace inteligible, permite poseerla y hacerla «propia».

Sin embargo, es probable que, salvo excepciones personales que pueden ser contadas, esta situación dure poco. El que ha visto con evidencia algo y ha compartido esa iluminación, siente después que eso se debilita en su ánimo, vuelve a mirar las cosas como lo hacía antes de ese descubrimiento, «recae» en el estado anterior, pierde la evidencia que parecía conquistada. Esas «recaídas» son decisivas: el factor más importante que estorba el establecimiento de la verdad, su arraigo, la superación de los «errores arraigados» contra los que combatió Feijoo toda su vida. Tan pronto como cesa el esfuerzo intelectual, si cede la tensión que ha conducido a la evidencia, vuelven las vigencias en que se estaba, se superponen a lo que en un momento se ha visto con claridad, hacen que se olvide y desvanezca.

Sobre todo, cuando se cambia de perspectiva. Quiero decir que en un contexto determinado, cuando se ha percibido esa verdad evidente, se la ha comprendido y compartido; pero si se vuelve la mirada en otra dirección, si se piensa -y sobre todo «vive»- en dimensiones diferentes, se produce una extraña evaporación de la evidencia apenas poseída, y por eso hablo de su «fragilidad». Esto me parece extraordinariamente grave. Es el mayor obstáculo con que tropieza la difusión de lo verdadero, justificable, responsable. Se gana y se pierde, según los momentos, las épocas, las situaciones sociales. En algunas, se pierde más que se gana. Es la explicación de los grandes desastres que sobrevienen a porciones de la humanidad, y que resultan inexplicables si no se tiene en cuenta este riesgo permanente.

El pensamiento -hablemos ahora sólo del occidental- ha ido descubriendo durante siglos verdades resplandecientes, que han llevado a entender la realidad de manera que pueda resistir a las deformaciones y errores, a todas las suplantaciones. Y, sin embargo, esos mismos países han sucumbido a verdaderas inundaciones de errores crasos, que han anegado las evidencias adquiridas mediante geniales y continuados esfuerzos creadores. Una especie de marea alta de falsedades establecidas pasa por encima de las realidades descubiertas por siglos de tensión creadora y veracidad, de amor a la verdad.

Para poner un ejemplo que no tenga aire político y por tanto no sea propicio al enturbiamiento de las ideas, y que es a la vez clave de esa fragilidad en nuestro tiempo, me referiré a la condición propiamente humana, a lo que es nuestra vida, la de cada uno de nosotros, de las personas que somos. Lo somos, queramos o no, y vivimos de hecho desde esa forma de realidad que nos pertenece. Así se ha sentido siempre, y lo refleja espontánea e inequívocamente la lengua, que nunca confunde «qué» y «quién». Pero se ha ido imponiendo y generalizando, sobre todo en los tres últimos siglos, una tendencia a la «cosificación» de toda la realidad.

Los estímulos son muy fuertes, y se justifican: estamos rodeados de cosas, las usamos todo el tiempo, tenemos que enfrentarnos con ellas, entenderlas y manejarlas. La mayor parte de la ocupación humana, incluso intelectual, consiste en tratar con cosas. Los conceptos usados constantemente se refieren a ellas. Pero ocurre que nosotros no somos cosas, sino personas. Algo radicalmente distinto, definido por atributos enteramente propios y originales, irreductibles. No «somos» propiamente, sino que «vivimos»; no somos exclusivamente reales, sino que consistimos esencialmente en irrealidad -imaginación, proyección, inseguridad-; somos realidades dramáticas, elegidas por nosotros mismos, que imaginamos quienes pretendemos ser e intentamos realizarlo.

Nada comparable a las cosas, aunque hagamos nuestra vida con ellas, aunque algo de nuestra realidad sea «cosa» -aquello con lo que hacemos nuestra vida-. Es esto tan evidente, que apenas se dice, lo comprenden todos. Pero al cabo del tiempo, cuando vuelven los ojos en otra dirección, muchos dejan de verse como personas y aceptan pasivamente la «cosificación» que se les ofrece insistentemente desde todas partes. Abandonan la evidencia que han poseído transitoriamente y recaen en el error inveterado de verse como cosas, como lo que no son ni pueden ser.

El hombre tiene que hacer su vida, ciertamente con las cosas; pero tiene que afirmar su realidad, con la tensión creadora que es su condición y su destino, evitando que las cosas tiren de sus pies y lo reduzcan a lo contrario de su realidad. Ser hombre es un permanente e inseguro esfuerzo de hominización, una conquista de lo que es: una persona.

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