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Posesión o negación

Este año 1998 está resultando un admirable observatorio para ver cómo es España y hacia dónde va. El centenario de la muerte de Felipe II ha llevado a un extraordinario avance en la consideración de un fragmento decisivo de nuestra historia; el de la fecha de 1898 y la significación de la generación así llamada está multiplicando los análisis de un momento histórico relevante, que ha llevado a considerar los años precedentes, la Restauración y la obra de Cánovas, y acaso por primera vez se está descubriendo su verdadera realidad. Incluso se conmemora otro centenario, el del nombramiento por Godoy de Jovellanos como ministro de Gracia y Justicia, que fue de breve duración, un sintomático signo alentador, pronto seguido por lamentables persecuciones.

No he sido ajeno a largos exámenes de estas realidades españolas, en multitud de libros y artículos, con una síntesis global en «España inteligible».Incluso Jovellanos despertó mi interés hace mucho tiempo: en 1961 publiqué un largo ensayo, «Jovellanos: concordia y discordia de España»; en 1967, una extensa selección de sus admirables «Diarios», aquellas porciones de interés general o personal y biográfico -agotada hace mucho tiempo y que merecería recordarse-. Jovellanos es una de las más nobles y pulcras figuras españolas de cualquier época, de esas que se pueden y deben atesorar como ejemplos, que compensan de otros sinsabores y deslices.

Veo una tendencia salvadora a tomar posesión de nuestra realidad, a mirarla con ojos veraces, con capacidad de distinción, de crítica y a la vez entusiasmo. Significa esta actitud un reverdecimiento de la insegura pasión por la verdad, sin la cual todo fracasa, tantas veces enturbiada por el rencor, el partidismo o su forma extrema, el fanatismo.

¿Será posible que esa actitud triunfe y se imponga? En los últimos años veo síntomas alentadores de que así sea, de que podamos confiar en el futuro que nos espera, es decir, con el cual tenemos una cita activa, que tendremos que hacer con los recursos disponibles. Cada vez que encuentro indicios de esa toma de posesión de lo que somos y nos pertenece, de su valoración justa, sin cerrar los ojos a lo que requiere corrección y superación, siento renacer la confianza que dominó nuestra juventud y que fue minada y casi enteramente destruida por la inundación de negativismo que hizo posible la inmensa atrocidad de la discordia y la guerra civil.

Pero no es bueno engañarse, retener solamente esas muestras de cordura y veracidad. No ha desaparecido el negativismo, que lleva a ocultar o desfigurar hasta lo más evidente, que se obstina en sustituir la realidad por su hueco, por una serie de ficciones carentes de imaginación, monótona insistencia en la mera negación. Se podría hacer un interminable catálogo de omisiones, destinadas a convencer de la nulidad de todo lo que han hecho españoles de todos los tiempos, y especialmente de los cercanos. Hay organizaciones, instituciones, publicaciones, dedicadas sistemáticamente a esa operación, con una minuciosidad que asombra.

De vez en cuando, algunos señores declaran que no son españoles. La primera reacción es pensar: «Menos mal. ¡Qué alivio!» Pero un momento de reflexión hace dudar de ello. Porque se ve que más bien son «españolísimos», quiero decir caricaturas exageradas, de brocha gorda, de los más tópicos defectos españoles: la propensión a la hostilidad, a la simplificación, la arbitrariedad, la intemperancia. Nuestro gozo dura poco, y se cae en la cuenta de que no podemos desentendernos de ellos, digan lo que digan, que deben preocuparnos; más aún, intentar salvarlos de sus limitaciones, aunque sea con escasa confianza. Si nos preguntamos por las causas de esa automática voluntad de negación, tenemos que pensar en un profundo descontento de sí mismos, individual o colectivo. Se descubre un rencor acumulado, una frustración personal o proyectada sobre un grupo con el cual se identifican, y que puede ser una invención inexistente.

No se perdona no haber hecho las cosas grandes con las que se puede contar; en lugar de intentar hacerlas -siempre se está a tiempo- se prefiere negarlas. A veces se niegan las que se han hecho, las que pertenecen, porque se han hecho «con los demás», quiero decir con los demás españoles y no en un aislamiento ficticio y que nunca se ha dado. Es decir, se niega la realidad propia, solamente porque ha sido «compartida». Esto parece una insigne aberración, pero si se mira con alguna atención se ve que es la clave de tantas actitudes que de otro modo son inexplicables.

Esto nos lleva a una conclusión: lo decisivo es la actitud ante la verdad. Si se la busca, se la descubre y se la acepta, si se permite su entrada en nosotros y se obra en consecuencia, se está salvado. Se puede entrar en el inminente siglo XXI con buen ánimo, con precaución y esperanza. Se puede hacer acopio de las posesiones, incluyendo entre ellas los problemas, las dificultades, los errores, las posibilidades de desviación, y acometer así las empresas propuestas desde fuera o imaginadas, con un ejercicio original de las pretensiones auténticas, de lo que se intenta ser.

Si predomina el rencor, el estéril descontento, la voluntad de negar lo existente, lo que han hecho los demás, hasta cuando se ha participado en ello, se obtura el porvenir, se renuncia a que verdaderamente exista, se produce un anquilosamiento que es una forma de muerte. El negativismo es ante todo una negación del que niega.

Las dos posibilidades se abren ante nosotros. Podemos elegir entre ellas, prestar nuestra confianza y nuestro apoyo a unos u otros. Más aún: podemos adscribirnos a una u otra de estas dos actitudes. Quiero decir que no debemos limitarnos a verlas desde fuera como opciones que nos son propuestas, por ejemplo en unas elecciones. Esto es evidente y no carece de importancia; pero se trata de mucho más.

Lo que tenemos que elegir es quiénes queremos ser. Los modelos, no ya políticos, o intelectuales, sino humanos, que se nos ofrecen, son invitaciones a «ser» nosotros mismos algo que está en nuestra mano.

Por eso es esencial que distingamos entre la admiración o la repulsión. Ante personas, instituciones, proyectos, doctrinas, tenemos que auscultar nuestra verdadera intimidad para descubrir nuestra profunda reacción. Y obrar en consecuencia. Nos va en ello, por supuesto, el porvenir de España, el puesto que va a ocupar en Europa, en el mundo hispánico, en el conjunto de Occidente. Pero, más aún, qué vamos a hacer de nuestras vidas, quiénes vamos a ser, en la medida en que nuestras circunstancias lo permitan. Y esas circunstancias no son inmodificables, no son impuestas, sino solamente propuestas. Con ellas tenemos que hacer «mundo»: el mundo en que vamos a vivir y que todavía no existe; que será, en buena medida, obra nuestra. Cada vez parece de más refulgente evidencia el principio «la verdad os hará libres».

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