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Lenguas de España

En 1737 escribía el valenciano Gregorio Mayans y Siscar en su libro «Orígenes de la lengua española»: «Por "lengua española" entiendo aquella lengua que solemos hablar todos los españoles cuando queremos ser entendidos perfectamente unos de otros». Al final de su vida, José de Cadalso (1741-1782) escribió unas «Apuntaciones autobiográficas» que en 1967 publicó Ángel Ferrari en el «Boletín de la Real Academia de la Historia». Allí puede leerse: «"De mi familia". Dicen que mi casa solar está en un lugar pequeño de Vizcaya, llamado Zamudio... "De mi abuelo". Fue un hombre que se fue al otro mundo sin vestirse a la castellana, ni hablar castellano: muy llena la cabeza de que un antepasado suyo había hecho algo con Carlos V no le pareció justo trabajar en ser algo con Carlos II, ni Felipe V. Pero para que se ve cuán a paso de gigante camina el hijo, mi abuela encargó que le enviasen de Bilbao un hombre que enseñara el español a sus muchos hijos... "De mi padre". Nació con demasiada viveza para gastar su vida en hablar vascuence, beber chacolí, plantar castaños y conversar de abuelos, y así se escapó como pudo de casa y fue a parar a Indias en busca de un tío suyo: el cual tuvo buen cuidado de desconocerle luego que le vio pobre».

No puedo competir en antigüedad con estos ilustres autores, pero puedo recordar que desde 1965, es decir, diez años antes del establecimiento de la Monarquía en España, me he preocupado públicamente por la cuestión de las diversas lenguas habladas en nuestro país. En ese año escribí quince artículos, con el título general «Consideración de Cataluña», en el «Noticiero Universal de Barcelona»; al año siguiente aparecieron reunidos en libro, con el mismo título (Aymá, Barcelona 1966). El libro tuvo varias ediciones y multitud de comentarios, impresos o no. Agotado hace mucho tiempo, lo he reeditado en 1994 (Editorial Acervo, Barcelona), sin cambiar una sola palabra.

Tres capítulos íntegros están dedicados a las cuestiones lingüísticas, tratadas con minuciosidad y rigor: «Las lenguas de Cataluña», «La sociedad y la lengua», «El catalán como posibilidad»; además, reaparecen a lo largo de todo el libro. El punto de partida es que «la primera instalación lingüística de Cataluña es el catalán». «Pero es un hecho también, y no menos respetable, que los catalanes hablan español». Concluía que los catalanes tienen dos lenguas: el catalán, su lengua privativa, y el español, la lengua general de España. Y no por igual, ciertamente: lo que llamaba la «casa lingüística» de los catalanes tiene dos pisos, con diversas funciones, y en ambos siguen en su casa.

«Yo creo necesario -escribía en 1965-, dado el estado real de las cosas, que el catalán sea poseído con plenitud, escrito con espontaneidad y esmero, usado con libertad. Creo que cada cual debe decidir por sí lo que escribe al frente de su tienda, en qué lengua compone e imprime sus libros, revistas y periódicos, cómo conversa o negocia. El amor, el gusto, la conveniencia, el prestigio se encargarán de regularlo... El catalán sólo sería una limitación, un factor de "tibetanización" de Cataluña; unido al español, a la segunda lengua propia de los catalanes, puede ser el instrumento y la expresión de su personalidad plena, segura, actual y no arcaica, arraigada y universal al mismo tiempo».

Y todavía añadía: «Creo que si se hiciera difícil el tránsito entre los dos pisos, si "el de arriba" se prohibiera, se cerrara o sólo se pudiera visitar de vez en cuando, los catalanes se sentirían profundamente incómodos, casi tanto como se sienten hoy». No recuerdo que nadie planteara estos problemas de manera parecida hace treinta y tres años, cuando dominaba el silencio. Es curioso que nadie recuerde ahora todo esto, ni siquiera los que entonces expresaron su sorprendido agradecimiento.

Pero la cosa no termina aquí. Entre 1974 y 1981 escribí incesantemente sobre los problemas españoles; todo ello puede verse en la reedición de «La España real» (Espasa-Calpe, 1998). Desde el comienzo hasta el final, a lo largo de casi 800 densas páginas, se examinan los pasos que se han dado en España desde los años finales del régimen ya lejano hasta el establecimiento de la Constitución en 1978 y sus perspectivas inmediatas. Los problemas regionales, los que afectan a la integridad de la nación española y la personalidad de sus miembros, los que se refieren a la historia y la cultura de nuestro país, ocupan un puesto decisivo. Entre ellos, los que conciernen a las lenguas han sido objeto de una atención especial y minuciosa.

Cataluña, su cultura, su literatura, aparecen con mayor frecuencia y detenimiento, por motivos objetivamente justificados. Hay un examen detallado de cómo han visto las cosas, en diferentes épocas, catalanes famosos. Uno de los que me parecen más admirables, el gran poeta Joan Maragall, cuya obra entera he leído en sus dos lenguas, y que ya apareció en «Consideración de Cataluña», es estudiado aquí en cuatro artículos, bajo el título global «Los ojos de Maragall». En España se hablan varias lenguas -no tantas como en la mayoría de las naciones europeas, cuya diversidad lingüística es por lo común mayor-. No son equivalentes, ni comparables. En las regiones correspondientes, algunas son habladas por la mayoría; en otras, por los habitantes de algunas zonas geográficas o por ciertos estratos sociales. El cultivo literario es muy variable, desde la considerable riqueza -con interrupciones que pueden abarcar varios siglos- hasta la escasez, tal vez extremada. Habría que preguntarse, no ya qué se ha escrito en cada una de la lenguas, sino qué se puede leer en ellas, de cualquier origen. Esta consideración es decisiva para determinar el puesto adecuado y las posibilidades que ofrecen.

Y hay una lengua, la que se llamó castellana por su origen y hoy debe llamarse española, porque no es privativa de ninguna porción de España, ni de ella en su conjunto, ya que es propia de todos los países hispánicos. Lo menos importante es que sea la lengua «oficial» en las legislaciones recientes; lo decisivo es que es la lengua común, propia de todos los españoles y de trescientos millones más, poseída y entendida por todos, instrumento de comunicación de uno de los más grandes grupos humanos.

Por si esto fuera poco, en esta lengua se ha escrito una de las más ilustres culturas, durante un milenio sin interrupción, desde hace medio en las dos orillas del Atlántico. Es excelente el cultivo de las lenguas particulares que viven en España. Es justo que sean libremente usadas, enseñadas, perfeccionadas, que tengan cooficialidad en la comunidades en que se hablan. La pretensión de «exclusividad» es, por supuesto, ilegal, pero no es esto lo que más importa. Es una muestra de provincianismo, que puede llegar a ser aldeanismo. Es una manera de suicidio cultural e histórico. Cuando recibo un documento en que una institución es denominada solamente en la lengua particular, pienso que se hace un despojo a sus habitantes, y me sorprende que lo consientan. No cabe duda de que quienes corren el riesgo mayor son los ciudadanos de tales comunidades. A España en su conjunto la afecta sólo en la medida en que todo lo español es entrañablemente propio.

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