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Sin sorpresa

En estos últimos días, hemos oído o leído manifestaciones de algunos políticos estridentes, desmesuradas, detonantes; en algunos casos, su falta de sentido las aproximaba a la estupidez, y he recordado la afirmación de Santo Tomás:«stultitia est peccatum», la necedad es un pecado.

Pero eso, que me ha entristecido por muchos motivos, y entre ellos por sus propios autores y por aquellos a quienes dicen representar, no me ha sorprendido. La razón es que lo he previsto y comentado públicamente hace veinte años.

El Anteproyecto de Constitución que redactó la Ponencia encargada de ello por las Cortes -siete personas, a quienes los periódicos suelen llamar, no sé por qué, los «padres» de la Constitución-, me produjo verdadera desolación, en las circunstancias más atroces de mi vida personal, y me llevó a escribir unos artículos, encabezados por «La gran renuncia», sin los cuales me hubiera avergonzado el resto de mi vida. Me refería, en primer lugar, a la omisión total del nombre Nación referido a España, a pesar del uso normal durante cinco siglos y de la nunca interrumpida tradición política y constitucional. «El anteproyecto de Constitución recién elaborado arroja por la borda, sin pestañear, la denominación cinco veces centenaria de nuestro país. Me pregunto hasta dónde puede llegar la soberbia -o la inconsciencia- de un pequeño grupo de hombres que se atreven, por sí y ante sí, a romper la tradición política y el uso lingüístico de su pueblo, mantenido durante generaciones y generaciones, a través de diversos regímenes y formas de gobierno».

Esto escribí en enero de 1978; en diciembre del mismo año, después de haber seguido paso a paso el proceso de transformación de España hasta llegar a la Constitución, cuyos riesgos y defectos señalé, cuyo enorme valor e importancia reconocí, añadí algunas consideraciones que conviene recordar. En el artículo 2 del texto aprobado se lee: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». Se recuerda mi oposición, por motivos lingüísticos, históricos y políticos, al término «nacionalidades». Pero lo decisivo es la distancia entre el anteproyecto y el resultado final.

Pues bien, después de su aprobación me referí a la idea de que existían movimientos «separatistas». Mi opinión es que si se piensa así no se entiende nada. «Puede haber tal o cual individuo o grupo separatista en algunas regiones españolas, pero no tienen ninguna importancia, desentonan y perturban a sus paisanos. Ninguna región quiere separarse del resto de España, ningún partido mínimamente responsable lo propone. Las manifestaciones separatistas son simples números de circo, a cargo de los que no conocen medios más nobles de alcanzar alguna notoriedad».

Señalaba, sin embargo, la propensión a la insolidaridad, el desinterés por el conjunto, la creencia de que basta con lo que conviene a una porción, la tentación de provincianismo o aldeanismo. Pero no se me ocultaba algo más grave: «Pero no es esto lo que más me inquieta. En algunos núcleos políticos -que no son los más extremosos ni explosivos- late la voluntad de "desarticular la estructura nacional de España"».

¿Cómo van a sorprenderme las confirmaciones actuales de lo que vi y formulé hace exactamente veinte años? Hay brotes y rebrotes de ese extraño rencor contra la excelencia, que a veces llega a ser rencor contra la realidad. Estamos asistiendo al espectáculo de los que se podrían llamar «nostálgicos de la leyenda negra», irritados por los intentos de superación, por la visión más fiel de nuestra historia, por el reconocimiento de su integridad, lamentable a veces, espléndida otras. Hay una curiosa voluntad de mancillarlo todo, de descalificar la realidad entera, cerrando los ojos al esfuerzo, al acierto, a la creación, al esplendor.

Creo que hay un factor claramente patológico. Hay fenómenos humanos que no se entienden más que desde la anormalidad. Esto se reconoce fácilmente cuando se piensa en Hitler; se ha negado en absoluto por los que han vivido fascinados y arrobados por Lenin, Stalin y sus consecuencias. Poco a poco, se va abriendo paso la evidencia de esa anormalidad.

Lo malo es que se tiene una idea estrecha e insuficiente de ese concepto. Se piensa en la orgánica, en la que afecta a las estructuras somáticas; se da un paso más y admite la psíquica, tan estudiada -acaso, con conceptos inadecuados- en nuestro siglo. Pero hay otra quizá la más importante: la «biográfica», la que afecta a la vida personal, y que puede coexistir con un funcionamiento aceptable de lo somático y psíquico.

El profundo descontento de uno mismo, la incapacidad de admirar, más aún de amar, la resistencia a reconocer las propias limitaciones, los errores a que se adhiere tenazmente -«sostenella y no enmendalla»-, todo eso provoca una anormalidad estrictamente biográfica. Sobre todo cuando se combina con algún valor o cualidad real, que se magnifica y aísla. La inferioridad mezclada con alguna superioridad suele ser detonante.

Y esto se traslada de los individuos a las colectividades; toda la historia está llena de ejemplos, pero nuestro siglo, y no por casualidad, representa un máximo. Hay un concepto decisivo, casi siempre restringido a la patología somática, pero que hay que generalizar: el «contagio». Los poderosos medios de comunicación lo han incrementado increíblemente. Pero ese fenómeno se ha dado en etapas sucesivas: la Imprenta, la Prensa diaria, la radio, la televisión; y estamos empezando.

Un solo individuo, o un pequeño grupo de ellos, contagian a otros muchos su anormalidad biográfica. Grupos enteros, clases sociales, países, se vuelven «locos» en este sentido de la palabra. Grandes porciones de la historia, remota y cercana, no se entienden de otro modo.

Empleo a veces esta fórmula: un virus que ha prendido. Por supuesto no se trata de nada biológico, ni siquiera psíquico, sino -y es lo más grave- personal. Puede haber elementos de astucia, de egoísmo, de bellaquería, de deliberada manipulación de los demás, para conseguir influjo, poder, a veces riqueza. Pero no es suficiente. Hay algo más hondo, una anormalidad que importa descubrir y, si es posible, curar.

Sobre esto se ha pensado muy poco. Seguimos en la superficie, en manifestaciones externas de fenómenos que afectan radicalmente a lo humano. La prueba de que no se han entendido las cosas, de que su realidad se nos escapa, es que nos preguntamos, tantas veces: ¿Cómo ha sido posible? ¿Cómo hombres inteligentes, cultos, valiosos, han admirado y elogiado y seguido a algunos monstruos? ¿Cómo pueblos ilustres se han embarcado en locuras atroces de las que luego se avergüenzan o, lo que es peor, no se avergüenzan? El único remedio es la verdad. Se entiende, la verdad de la vida, la mirada atenta sobre la propia, con afán de acertar, sin concesiones ni confusiones. Creo, contra la opinión dominante, que nos conocemos bastante bien; pero con frecuencia no queremos ver lo que vemos. Si hay algún medio de curar un virus social, es poner ante los ojos de cada persona la realidad. Su fulgor es lo único que puede abrir los ojos.

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