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El despertar de las mayorías

Hace tiempo observé un extraño fenómeno iniciado en los últimos tiempos: la opresión de las mayorías por las minorías. Lo contrario ha sido frecuente en la historia: las mayorías dominantes, instaladas en sus vigencias y en el ejercicio del poder, han oprimido muchas veces a minorías «disidentes», a las que se ha visto casi siempre con compasión y simpatía.

La novedad de este siglo, y muy particularmente de los últimos decenios, ha consistido en el enorme desarrollo de las «organizaciones» de todo tipo, apoyadas por el increíble poder de los medios de comunicación. Se ha producido una magnificación de intereses, actitudes, propósitos de grupos muy reducidos, en ocasiones minúsculos, de los que se habla todo el tiempo, que están presentes ante todos los ojos y los oídos, que ocupan una parte desmesurada del horizonte público. Habría que hacer un recuento de lo que realmente significan, y de su comparación con el volumen efectivo de las mayorías casi silenciosas.

Los derechos de las minorías a expresarse y hacer valer sus puntos de vista me parecen esenciales; por lo demás, siempre me he sentido miembro de minorías exiguas, no muy lejanas de lo individual. Lo que me parece indeseable es que ejerzan opresión, porque toda opresión me repugna. Y si los más quedan oscurecidos por muy pocos, esto significa además una suplantación, una desfiguración de lo real, en suma, una falsificación.

Pues bien, advierto un lento despertar de las mayorías, al menos en España, que es lo que tengo más cerca y más me importa, pero sospecho que se va a generalizar muy pronto. La opresión de que se habló se ha ido «exagerando» últimamente, hasta hacerse evidente. Son ya muchos los que se dan cuenta de que la imagen pública de la realidad no se ajusta a lo que viven y sienten; no se reconocen en el retrato que se les presenta en muchos aspectos de la vida política o de los medios de comunicación; empiezan a pensar: no somos así.

La recuperación de la realidad ha empezado por la historia. La conmemoración de algunos centenarios ha hecho que se vuelvan los ojos a diversas porciones del pasado, de muy distintas fechas, y se ha visto que dominaban otras tantas desfiguraciones interesadas, desde algunas muy remotas hasta otras tan cercanas que muchos han vivido. Algunos historiadores han tenido conciencia de ello hace bastante tiempo; a los que son mis amigos los he animado a proyectar sobre el conjunto de la sociedad lo que para ellos era evidente y podían justificarlo con abrumadora eficacia; creo que han conseguido movilizar al conjunto de su profesión para restablecer la visión real y no fantasmagórica de lo que ha acontecido en España en el último milenio o algo más.

Y la historia conduce al presente. La diferencia entre lo que se llamó «historicismo» y la «historicidad» que pertenece a la vida humana es que ésta no se reduce a un repertorio de «formas históricas», sino que nos lleva hasta la actualidad, en la cual va incluido el largo camino por el cual se ha llegado a ella, y que nos enfrenta con el futuro -siempre he pensado que se cuenta desde los proyectos-. Por tanto, la visión histórica remite inexorablemente al porvenir.

Por esta vía, los españoles empiezan a redescubrir cuál es la realidad España, aquella en la que viven y de la que están hechos, sin quedarse en fragmentos que, aislados, son ininteligibles y se convierten en provincianas caricaturas de sí mismos.

Al mismo tiempo ven la insuficiencia de esa evidente realidad nacional, su «parentesco» con el resto de Europa, la convivencia originaria con las otras naciones miembros de ella, de las que España es inseparable, ya que se han nutrido unas de otras -y, desde hace medio milenio, de América, que sin Europa tampoco es comprensible ni viable-.

En pocas palabras, empieza a penetrar en las conciencias una imagen real y no desfigurada del mundo, y son legión los que empiezan a percatarse de dónde están y quiénes son, más allá de diversas fantasmagorías.

Creo que por este camino se ha empezado, pero las consecuencias anuncian ir más allá. Llevamos una larga temporada en que se han expuesto con escarnio, desdén y hostilidad creencias, ideas y estilos de vida en que muchos millones habían vivido instalados. Se ha presentado eso como «antiguallas» en el mejor de los casos, cuando no «aberraciones». Ha habido -hay todavía- una aceptación pasiva de esa manera de ver las cosas, un temor a afirmar aquello a que en definitiva se adhiere, que parece estimable y valioso, en suma, verdadero.

Lentamente, se va cayendo en la cuenta de la ignorancia y el arcaísmo de los que se han encargado de imponer esa distorsión de lo real. Se advierte que detrás del escarnio verbal hay una enorme dosis de desconocimiento, y una falta absoluta de justificación. He llamado invitación a la prehistoria a buena parte de lo que se propone como la última palabra. Es sorprendente el grado de desconocimiento de las fantásticas innovaciones del pensamiento, en todos los órdenes, a lo largo del siglo que va a terminar.

Advierto en grandes números de españoles, en todas partes, y muy especialmente entre los que verdaderamente son jóvenes ahora -más que los que lo han sido en decenios ya pasados-, una sensibilidad para la verdad que me parece esperanzadora.

Todos estos fenómenos son bastante recientes; todavía no son demasiado visibles, pero son manifiestamente perceptibles y, lo que es más, crecientes. Creo que les pertenece el porvenir. Me aventuro a predecir que dentro de unos años serán manifiestos y mayoritarios.

Por supuesto, no enteramente predecibles, porque la vida humana, y con ella la historia, consiste en innovación. Los decenios con que va a empezar el siglo XXI serán distintos de este final del XX; lo que no serán es la regresión que se nos propone a un pasado que ya ahora es arcaico.

Por eso hablo de «despertar». Esto quiere decir enfrentarse con la realidad, dejar atrás el duermevela -o las pesadillas-, recabar el derecho a ser lo que se es, en continuidad siempre cambiante y proyectiva. Y espero que toda novedad propuesta lo sea con buenas razones, con justificación, no de manera arbitraria y gratuita. Confío en que los que vivan en el próximo siglo tengan el horizonte abierto a la creación, a la originalidad, a la sorpresa en que el futuro consiste; cerrado a la suplantación, a toda forma, aunque no sea cruenta, de «terrorismo», que es siempre degradante y peligroso.

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