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Lo que se sabe

Las diferencias cuantitativas en el saber son enormes. Entre individuos, por supuesto; entre grupos sociales, edades, países, épocas. La diversidad es todavía mayor si se piensa en la cualidad, en qué cosas se saben. En la actualidad se saben por casi todos, al menos en los países occidentales, innumerables «cosas», hechos referentes a cosas, en suma, datos.

Esto puede ser conciliable con una aterradora ignorancia, casi incomprensible; una joven amiga, profesora universitaria, suele contarme las «perlas» que recibe de sus alumnos. Marx era del siglo XVIII y escribió «La riqueza de las naciones»; fueron ministros de Franco Aznar y Narváez; durante la Restauración alternaban en el poder Sagasta y el cardenal Cisneros... Todo esto, por cierto, sin salir de lo próximo; imagínese lo que puede pasar con la imagen del mundo en su conjunto.

He dicho a veces que nuestros contemporáneos corren el peligro de ser «primitivos llenos de noticias». Ese riesgo se acentúa con los nuevos, y admirables, descubrimientos técnicos. En estos últimos pocos años, la atomización del saber ha avanzado prodigiosamente; y a la vez se están evaporando las «conexiones» entre los conocimientos, lo cual significa la desaparición en las mentes de las conexiones de la realidad.

Las consecuencias de esto apenas son previsibles, y ni siquiera se imaginan. El resultado puede ser la volatilización de la cultura. Claro es que ahora se llama cultura a cualquier cosa:desde la del «pelotazo» hasta la «cultura de la violencia». La palabra «civilización» está más bien en desuso; ha habido una preferencia lingüística germánica por el término «cultura», en detrimento de «civilización», más usado en inglés y francés.

Ambas voces son preciosas, a condición de usarlas con el rigor posible. Cuando yo era niño -ya dentro de este siglo declinante- los libros de texto distinguían entre países «salvajes, bárbaros y civilizados». Nadie se atrevería a decir hoy tal cosa, pero un examen de la realidad llevaría a no olvidar esa sumaria calificación, unida a no pocas sorpresas.

Si se quiere evitar la decadencia que indudablemente nos amenaza, que apenas ha comenzado y en la que se puede entrar con extremada dificultad para salir, es menester pensar con rigor en el saber, sus formas y posibilidades reales.

Creo que es necesario imaginar y conseguir «niveles de instalación en el saber», cuya primera condición es que sean posibles. Durante milenios las grandes mayorías en el mundo entero, incluida Europa, han sido de campesinos, que vivían con escasos conocimientos teóricos, pero sólidamente instalados en una visión del mundo nacida de la experiencia de la vida cotidiana, del espectáculo de la naturaleza, humanizada por la forma primaria de cultura -la agricultura-, con la intervención inquietante y liberadora del azar.

El número de campesinos ha disminuido enormemente en algunos países, bastante en los demás, y se ha introducido en los que quedan la mezcla con otras formas de saber, no tradicional, oral e inmemorial, pero que tampoco es conceptual ni histórico. Valdría la pena estudiar esta situación compleja y de largas consecuencias.

En Occidente al menos existía hasta hace poco una instalación muy difundida, que podríamos llamar «escolar». He conocido a una mujer, ya muerta, de origen muy modesto y que sabía muy pocas cosas. Tenía, exclusivamente, una buena «escuela». Sabía muy bien lo que en ella le habían enseñado, y lo aplicaba con seguridad y acierto. Era una persona«civilizada», en un nivel accesible a todos y suficiente para una forma de vida digna y plenamente humana.

Un peldaño más arriba estaba el bachillerato o sus equivalentes. Lo experimenté, admirablemente, en el tercer decenio de este siglo, y me proporcionó una visión inteligible de lo real, bastante completa y duradera, ya que ha llegado hasta hoy. Son muchas las cosas que sé «desde entonces», y que me permiten moverme con elemental holgura en campos que no han sido cultivados personalmente por mí después. De vez en cuando me asaltan recuerdos de mi niñez o mi adolescencia, y renuevo una «instalación» de que carecen muchos universitarios -acaso profesores- del mundo actual.

Las formas necesarias de instalación en los niveles superiores son más complejas, y reclaman un examen detallado, que no es posible aquí. Creo que sería urgente la relectura de «Misión de la Universidad», de Ortega, conferencia de 1930, y ni siquiera me atrevo a recordar mi «Nueva misión de la Universidad», de 1980, medio siglo después.

Adelantaré dos facetas que me parecen de extremada importancia, de las cuales habría que partir en todo caso. La imagen física del mundo se ha complicado tanto, que en su detalle no es accesible más que a los especialistas, y estos lo son de parcelas minúsculas de la realidad estudiada. Lo que se llamó largo tiempo «divulgación científica», apenas es posible. Creo, sin embargo, que si los científicos pensaran más sobre el conjunto de sus disciplinas, serían capaces de transmitir una figura comprensible de ellas, que hiciera posible la vida civilizada.

El segundo aspecto es todavía más importante: la historia. El hombre es histórico hasta su raíz; sin esta condición no se le entiende, y por supuesto no se entiende. La razón histórica «da razón» de la realidad. Sin ella, no se sabe dónde se está, y por tanto quién se es, y adónde se quiere y puede ir. La ignorancia de la historia significa la más radical «desorientación», y por tanto la posibilidad de «manipulación». De esto se trata. Precisamente cuando se han descubierto los más inteligentes y certeros instrumentos de conocimiento de la historia, se ha llevado a cabo el mayor asalto a ella. Con diversos pretextos, desde varios «métodos», se ha conseguido que el hombre medio occidental tenga una pavorosa ignorancia histórica.

Sobre todo, que desconozca la «secuencia» en que consiste. Se saben «hechos», datos, estadísticas, pero nada está localizado en el tiempo, no se sabe por qué sucedió, de dónde viene cada ingrediente, adónde va, qué significa. El hombre desarraigado de lo «inmemorial», desprovisto de sus raíces históricas, está a merced de lo que dicen -y se le dice incansablemente, por los poderosos medios de comunicación-, y se hace con él lo que se quiere. Cree tener muchas libertades, pero está en peligro de «dejar de ser libre», y por tanto de poder usarlas.

¿Será posible que nuestros contemporáneos se den cuenta del terreno movedizo en que están, y que es el peligro máximo que los acecha? No se olvide que precisamente «darse cuenta» es la forma primaria y más urgente de saber.

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