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Sin proyecto

El primer programa del año 2000 de la admirable serie "¡Qué grande es el cine!" nos ha permitido ver una vez más la inolvidable película "Queen Christina" o "La Reina Cristina de Suecia", dirigida en 1933 por Rouben Mamoulian. Toda la película era Greta Garbo, que encarnaba a la Reina que fue amiga de Descartes, a quien oía hablar de filosofía en las glaciales madrugadas de Estocolmo hasta que una pulmonía le arrebató la vida en 1650. En la película hay una fugaz aparición del embajador francés Chanut, con una alusión a Descartes, cuya presencia se echa de menos. La historia se extiende hasta la abdicación de la Reina, que había de tener una larga y azarosa vida. Todo está centrado en el amor que surge por azar entre Cristina y el Conde de Pimentel (John Gilbert), embajador de España, enviado por Felipe IV, que habla con la Reina de Velázquez y Calderón, y de las ciudades y paisajes de España. Todo ello está sostenido por la prodigiosa presencia de Greta Garbo, acaso en la cima de su esplendor. He escrito hace muchos años sobre esta película y su protagonista. He sugerido que quizá Greta Garbo no tuviera propiamente vocación de actriz, a pesar de haber sido probablemente la cumbre de esta posibilidad. La genialidad de Greta Garbo era como mujer; tuvo que ser actriz para "expresarla" públicamente. Esa genialidad, infrecuente como todas, casi siempre se realiza privadamente, casi en secreto, y gozan de ella algunos hombres privilegiados. Su manifestación pública requiere condiciones que nunca habían sido plenamente posibles hasta el descubrimiento del cine.

La culminación de "La Reina Cristina de Suecia" y probablemente de toda la obra de Greta Garbo es el plano final, aquel rostro inmóvil, sin una lágrima ni un pestañeo, en la proa del barco que va a levar anclas, después de haber visto morir al hombre amado, muerto en duelo en el momento en que iban a partir juntos.

No recuerdo nada semejante. Nunca el cine ha mostrado tan profundo dolor, tal desolación, sin una palabra ni un gesto, en la inmovilidad de una expresión congelada. Cuando comenté esta película dije que era un rostro "sin futuro". Es cierto, pero hay algo más, que no dije porque todavía no lo había pensado a fondo.

El amor es una realidad misteriosa, fascinante, en algún sentido pavorosa. Esta palabra y sus derivados llena el Nuevo Testamento, y si se lo toma absolutamente en serio es "la realidad" suprema y sin más. Una de sus acepciones, aquella que nos resulta más accesible e inteligible, desde la cual creo que se pueden entender las demás, es el amor entre varón y mujer. Por su convivencia y confusión con otras cosas, rara vez se ha visto con claridad en qué consiste, su alcance, su profundidad. En las mentes de muchas personas, en épocas enteras, ha experimentado una lamentable degradación, de la cual se salva en momentos de reconocimiento de su consistencia.

Recuérdense los versos de Calderón en "La vida es sueño", cuando Segismundo, después de su breve y lamentable experiencia en la corte de Polonia, ha vuelto a la cueva que es su prisión y cree haber soñado todo aquello:

Sólo a una mujer amaba. Que fue verdad veo yo en que todo se acabó y esto sólo no se acaba.

Amaba a Rosaura; todo se ha acabado: su padre el Rey, el palacio, la corte, la misma Rosaura; todo menos el amor: sigue amándola; es la realidad que se ha salvado del universal naufragio.

Amar es proyectarse amorosamente hacia otra persona; entre varón y mujer ese amor es sexuado y puede ser sexual, aunque no siempre. En él se realiza lo que es la condición varonil y la femenina, determinadas por la recíproca referencia. Así alcanzan actualidad y expresión las dos formas esenciales de la persona humana, el varón y la mujer.

Pero hay una forma particular y excepcionalmente intensa de amor, que en nuestra lengua dispone de un nombre adecuado: el "enamoramiento". No es solo la actividad de amar, de proyectarse hacia la otra persona; es que esa persona "se convierte en mi proyecto". Este es el infrecuente y misterioso prodigio en que puede culminar la condición amorosa propia del hombre.

Si el hombre o la mujer rigurosa y radicalmente enamorados pudieran ser analizados en toda su profundidad, se vería que en la misma realidad de cada uno de ellos está incluida la otra persona, en esa extrañísima "interpenetración" de las personas, que se opone estrictamente a la "impenetrabilidad" de los cuerpos, principio fundamental de la física. Lo que es válido para las cosas, no lo es para esa otra realidad, tan distinta, que son las personas, capaces de ser "habitadas" por otras.

La forma de amor que Greta Garbo presenta en esta película es de "enamoramiento" en el sentido pleno de la palabra. La muerte del amado la deja "sin proyecto". Esto es lo que muestra su rostro inmóvil, vacío y lleno de expresión a la vez.

Esto es lo sobrecogedor, fascinante, aterrador, que por obra del cine se puede "ver" y en alguna medida vivir. Ningún hombre es una isla, "no man is an island", como dijo magistralmente John Donne. Cada campana que dobla, dobla por ti. Algunas muertes, las de las personas amadas, nos afectan profundamente, nos hieren y en muchos casos nos dejan malheridos para siempre. Nos disminuyen, nos mutilan, van despoblando nuestro mundo privado, nos van rodeando de soledad. Hay un momento en la vida en que el "nosotros" está compuesto de muertos más que de vivos.

Pero seguimos siendo "nosotros", ese "yo" irreductible que cada uno es. Y nuestro proyecto personal, aquel en que consistimos, el que propiamente somos, sigue en pie. Salvo en el caso del enamoramiento, porque lo arrebatado es el proyecto mismo. De ahí el carácter incurable de esta forma de pérdida. Y sin embargo, la muerte no suele ser la consecuencia; y como la vida es una operación que se hace hacia adelante, su condición proyectiva no puede desaparecer. En algún momento se volverá a proyectar, se trasladarán las esperanzas a otro plano, a otra dimensión; será alguien distinto el que proyecta. Paradójicamente, en la medida en que el enamoramiento sea auténtico, se conservará la mismidad, porque el enamorado no habrá dejado de estarlo. El conocimiento de lo que es la persona humana apenas ha empezado, pero ya se entrevé en qué consiste.

Ese rostro impasible, sereno, ilimitadamente triste, de Greta Garbo es una maravillosa ilustración de lo que puede ser esa realidad contradictoria: una persona sin proyecto.

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