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El pensamiento como curación

Hace exactamente veinte años, en la Semana Santa de 1980, días en que me quedé completamente solo, me puse a pensar sobre el tremendo acontecimiento que nos marcó a todos los españoles, y que en alguna medida sigue gravitando sobre nosotros: la guerra civil. No se trataba de un pensar cualquiera, de ese que vuelve una vez y otra desde 1936, sino del que reclamaba algunos requisitos. El primero, veracidad total; no se trataba de defender o atacar, ni siquiera de justificar algo, sino de entender; el segundo, cierta destreza intelectual, hay que saber pensar; el tercero, que suele olvidarse, dosis de valor, para atenerse a los resultados. Recordé que en los primeros días de la guerra, cuando se vio que era eso y no otra cosa, dije: "¡Señor, qué exageración!". Añadí: "Tendremos que elegir entre una Iglesia perseguida y una Iglesia profanada." Tuvimos ambas cosas. Escribí un largo ensayo: "La guerra civil, ¿cómo pudo ocurrir?" Si alguien, en 1933, hubiera dicho que en España podría haber una guerra civil, la respuesta habría sido: "Está usted loco". Después de octubre de 1934, en Asturias y Barcelona, habría parecido absurdo, pero ya no se hubiera dicho que se estaba loco.

Desde hace veinte años he empezado a comprender cómo se llegó a aquella demencia, qué sentido -o sin sentido- tuvo, cómo se hubiera podido evitar. Fue un paso decisivo, que he reimpreso varias veces, la última en la nueva edición de "Ser español".

Recuerdo esto a propósito de la condición curativa que veo en el pensamiento, cuando lo es con rigor y hasta sus últimas consecuencias. Me parece evidente que la mayor parte de los sucesos humanos importantes, prósperos y benéficos o desastrosos y siniestros, tienen su origen en un acierto o un error intelectual, en suma, en la presencia, ausencia o desviación del pensamiento. Y no puedo evitar la convicción de que de ello depende el estado del mundo y de sus partes, y sobre todo su porvenir.

Por eso, el núcleo principal de mis preocupaciones es la consideración del estado del pensamiento en el mundo actual: ante todo, su escasez -nada se ahorra y escatima tanto-; en segundo lugar, su habitual falta de rigor; por último, su frecuente desdén de la verdad, de la fidelidad a lo real.

Se habla incesantemente de los problemas que afectan al mundo entero o a sus diversas partes. Casi siempre, desde posiciones definidas por la ignorancia, por actitudes partidistas, por noticias vagas e interesadas, por simples ocurrencias, sin reflexión, sin análisis de situaciones complejas, sin un examen -y esto es decisivo- de las posibilidades reales, de lo que efectivamente es posible o lo sería si se hicieran antes cosas que no se hacen, por supuesto. Los planteamientos de las más complejas y delicadas cuestiones suelen ser, en el mejor de los casos, de extremada superficialidad y frivolidad. Píos deseos -a veces nada píos, acaso demagógicos.

A veces se lamentan las condiciones de vida de países enteros, comparándolas con las de los que en los últimos tiempos gozan de formas que nos parecen deseables. Se da por supuesto que son posibles, lo que es una inmensa falsedad: estos países han llegado al estado actual al cabo de siglos de trabajo inteligente y esforzado, después de haber creado las ciencias, técnicas y destrezas que permiten su aplicación. Se presentan como lamentables e "intolerables" las formas, costumbres y prácticas que han sido durante siglos -o milenios- las de casi toda la humanidad hasta que en algunos lugares y en épocas recientes han sido sustituidas por las que nos parecen preferibles. Al "exigir" todo eso en el mundo entero y desde ahora, se compromete la posibilidad de que algún día se llegue a esa situación o a alguna análoga. Si se suprimen las condiciones necesarias, se descarta la posibilidad de alcanzarlas.

Esto es absolutamente evidente cuando se trata de economía o técnica, pero no menos acerca de las dimensiones más profundas o íntimas de la vida; las costumbres, los sentimientos, la literatura, el arte, la política. Se olvida enteramente que para que las cosas existan hay que hacerlas. Otra cosa es magia, y es improbable creer en ella de buena fe. Casi siempre, detrás de esa pretensión hay un intencionado engaño. Es igualmente sospechosa la hostilidad, tan manifiesta, a lo que ha traído prosperidad, estabilidad y libertad a grandes porciones de la humanidad. Durante la máxima parte de la historia, las mayorías vivían con grandes dificultades en todos los órdenes, desde el alimento y el vestido hasta el alojamiento, la iluminación, la calefacción, el desplazamiento, el acceso a los refinamientos de la vida, la cultura. En buena parte del mundo, la situación se ha invertido; son los más los que gozan de todas esas cosas, ciertas minorías las que carecen de ellas. En algunos casos, "todavía"; en otros, por su propia decisión, por negarse a los esfuerzos necesarios, por actos de voluntad libre.

Este hecho inmenso no se reconoce: se niega el conjunto, en nombre de lo que se llama "bolsas" de pobreza, sin que se indague su origen. En ocasiones, se las fomenta, dilata y defiende, a la vez que se intenta condenarlas verbalmente. Hay que preguntarse en cada caso qué se busca, qué se persigue, qué interesa, qué modelos se proponen y elogian. No digamos si se entra en lo más profundo y valioso del hombre: su conducta, su condición personal. Se trata de proponer, más aún, de imponer, con todos los fabulosos recursos de la técnica y la organización, una imagen del hombre como cosa, como mero organismo, sin libertad, ni exigencias internas, ni otro horizonte que el de su mera extinción física. A fuerza de silencio acerca de todo lo demás y de incansable repetición, se está logrando una vigencia de una humanidad despersonalizada, en que todo se reduce a la zoología. Se pasa, como si fuese "lo mismo", de las bacterias o, a lo sumo, las ratas a las personas, sin advertir lo más evidente: que la persona es, como forma de realidad, algo absolutamente distinto de todo lo demás que existe, definido por condiciones radicalmente diferentes.

Bastaría pensar que la persona humana es, entre todas las incontables realidades que encontramos, la única capaz de preguntarse por ellas, de intentar entenderlas, y en gran medida lograrlo; que solamente por ella es comprendido el resto de lo que existe.

Desconocer este hecho de los hechos, esta absoluta diferencia, es cerrar los ojos ante la realidad, negarse a ver en qué consisten sus variados ingredientes. Es, simplemente, la deliberada renuncia al pensamiento, que es, a la vez, la peculiaridad del hombre y la condición de que éste pueda saber algo de todo lo demás. Es, ni más ni menos, la inversión de la estructura de la realidad.

El punto de partida para todo lo que el hombre intente es precisamente pensar; por eso es el primer y principal recurso para intentar la superación de sus dificultades, el remedio de sus deficiencias; y, por supuesto, la curación de aquellos de sus males que admiten curación.

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