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La libertad y su ejercicio

En esta época, la libertad suele darse por supuesta. Se considera que es la única forma política aceptable, lo que se expresa con el nombre de democracia. Con esto se desliza un grave error en la interpretación de la historia. La libertad ha existido en gran parte de ella y en diferentes formas, en condiciones ajenas a la democracia. Por el contrario, bajo este nombre se ocultan formas que niegan el ejercicio de la libertad. Existen afrentosas dictaduras que pueden perpetuarse durante más de cuarenta años, que gozan de la benevolencia o el entusiasmo de amplias fracciones de la opinión mundial, que circulan bajo la protección de la palabra democracia, una vez despojada de todo su contenido real.

Hay algunas circunstancias en las que, por fortuna, existe una libertad ilimitada. No solamente ésta es aceptada y reconocida, sino que están dadas las condiciones de su ejercicio. En gran parte del mundo, esto no ocurre. Se trata de una aspiración, un deseo, tal vez una meta difícilmente alcanzable; muchas veces, un disfraz o un mero engaño. Hay una pregunta decisiva: en una situación dada, ¿qué se puede hacer? En tal otra situación, ¿qué no se puede hacer? Las respuestas reflejan el estado real del ejercicio de la libertad. ¿Existe claridad respecto de estas dos cuestiones decisivas? Temo que no.

Es difícil establecer las condiciones efectivas de la libertad. Es menester conseguir las estructuras legales que la hacen posible, la posesión de los recursos que aseguran su cumplimiento, su continuidad, su normalidad. Pero también es posible su destrucción, la dificultad de su ejercicio, el entorpecimiento de su funcionamiento habitual y seguro. Una versión atenuada y más fácil de esa destrucción es su negación. Si se pone en duda o cínicamente se niega la existencia de la libertad, se desanima de su ejercicio.

Se da por supuesto que no existe o es precaria, a pesar de que no se pueda señalar nada que esté vedado a los individuos, que éstos no tengan que renunciar al ejercicio de ningún derecho o aspiración, de toda acción que esté abierta a su iniciativa. En casos extremos, y a pesar de los riesgos que ello encierra, no existe ni siquiera el límite establecido por las leyes; quiero decir que son lícitas las acciones en que se propone o defiende algo que va contra las leyes establecidas, con la única limitación de que no se pase a vías de hecho que encierren violencia: se pueden proponer y defender formas que van contra las normas legítima y democráticamente establecidas, siempre que no se recurra a la violencia para intentar imponerlas. Esta situación, infrecuente en la historia, admirable a pesar de los riesgos que lleva consigo, abre un horizonte amplísimo, una posibilidad de libertad que puede crear un ámbito de acción humana rara vez conocido y que promete formas nuevas más ricas de convivencia.

Importa mucho hacer el balance del estado teórico de la libertad, de su aceptación y reconocimiento, y no menos de la posibilidad de su ejercicio, de su realización concreta y efectiva. Le doy enorme importancia al reconocimiento de la situación real en cada caso. Por eso considero capital la vigencia mayor o menor de la verdad y la mentira. La primera es condición absolutamente necesaria de que la libertad exista y no se pierda. La falsificación, la negación verbal de la libertad existente, atenta decisivamente contra ella, puede significar algo muy parecido a su violenta destrucción.

Siempre me ha interesado mucho lo que cada grupo, partido o fracción de la sociedad propone, espera, desea. Durante la discusión de la Constitución Española fijé la atención en lo que cada partido proponía y defendía. Unas veces lo conseguía, otras no. Era lo que llevaba dentro, lo que pretendía imponer. Que lo consiguiera o no dependía de su fuerza real, pero esa propuesta era lo más significativo, aquello en que propiamente consistía, lo que se podía esperar o temer. Una norma aconsejable era ésta: por sus propuestas, realizadas o no, los conoceréis.

Durante el período de la llamada transición me orienté, entre las posibilidades iniciadas, por esas propuestas. A lo largo de un cuarto de siglo, esa orientación me ha ayudado enormemente a no equivocarme, a no dejarme extraviar ni engañar.

Temo que la mayoría de los ciudadanos no tiene presentes esos criterios. La falsificación, la negación de la evidencia, la formulación de diagnósticos interesados y que no responden a lo real, todo eso circula entre la falta de percepción o la indiferencia de los que reciben esas deformaciones. Lo que debería ser una descalificación inmediata y automática, una retirada de todo crédito, de toda estimación política, resulta muchas veces inoperante. Basta con la adopción de una visión positiva y favorable de lo evidentemente falso para que esto tenga circulación libre y, lo que es más grave, efectos que pueden ser duraderos y destructores.

La garantía de la verdadera democracia, de la libertad real y la posibilidad de su ejercicio, todo eso depende de una vigilancia constante por el estado de la verdad. No se trata solamente de una preocupación por el rigor intelectual, por la significación moral de las conductas veraces o que violen las exigencias del rigor, sino de la garantía de la libertad efectiva, de su ejercicio normal, de la continuidad que es garantía de la normalidad política, de la apertura del horizonte. La mentira, especialmente si es impune, es un gravísimo atentado a la efectividad de esa libertad, absolutamente necesaria y difícil de mantener.

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