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La raíz del reaccionarismo

No creo demasiado en los genes, salvo la transmisión de los rasgos biológicos y del carácter. Es demasiado frecuente que los descendientes de las grandes figuras no alcancen nada parecido a su excelencia; es igualmente frecuente el hecho de que esas figuras excepcionales hayan nacido de personas muy corrientes, acaso de gran modestia. Creo sobre todo en la condición personal, en la libertad, en la capacidad de descubrir y desarrollar una vocación auténtica, en el esfuerzo.

Pero hay una diferencia inicial profunda, que afecta a pueblos enteros y explica gran parte de la historia universal y del estado actual del mundo. Me refiero a la formación en un ambiente determinado. La situación de los niños y niñas, de los hombres y mujeres que nacen en un ambiente en que se posee y domina la lengua, en que se poseen medios adecuados de expresión, en que hay libros y el hábito de lectura, en que se escribe con ortografía y respeto a la estructura lingüística correcta, en que se habla de asuntos de interés general, que abren amplios horizontes, es distinta de aquellos que se forman en una circunstancia angosta, muy limitada, en que se habla sin esmero, con fonética inadecuada, sin atención a las normas propias de la lengua que se habla, en que no hay libros ni se lee, en que si se escribe se hace sin ortografía ni corrección, en que la conversación se limita a la inmediatez de la vida cotidiana o de la profesión. Las oportunidades para la vida son enormemente distintas, según el punto de partida.

La educación, más concretamente la enseñanza, ha intentado siempre superar esa profunda desigualdad originaria. Enseñar a hablar, a leer, a escribir; los conocimientos elementales que permiten vivir en el mundo en que se está. Desde la Escuela Primaria hasta la Universidad, la enseñanza ha intentado elevar el nivel de lo humano, superar en la medida de lo posible esas desigualdades originarias y decisivas, dar a las personas oportunidades de vida al menos comparables. Los resultados colectivos están a la vista y es lo que explica las inmensas diferencias entre los diversos pueblos y las etapas de sus historias.

Dentro de cada país y época, esas diferencias sociales son evidentes y condicionan a diferentes porciones de humanidad, cuyas posibilidades no son iguales pero se pueden desarrollar y equilibrar. Este es el gran mérito, el valor inapreciable de las diversas enseñanzas en todos sus grados.

Pues bien, en la actualidad existe, y precisamente en medios que se titulan "progresistas", una tendencia manifiesta a que este proceso milenario se interrumpa, incluso se invierta. Lo que se recomienda es el respeto a lo que se llama "espontaneidad", y que es todo lo contrario: la recepción pasiva de presiones sociales inferiores, de situaciones penosas e involuntarias. Se trata de no reaccionar frente a ellas, de hablar como se antoje -en algunos países europeos se está destruyendo hasta la fonética de lenguas que han sido particularmente ilustres-, del desprecio a la ortografía, considerada como una imposición ridícula. Recuerdo muy bien que cuando hice el examen de ingreso en el Instituto, a los diez años de edad, en 1924, no se pasaba con dos faltas de ortografía, una lectura correcta y conocimientos elementales de Matemáticas y Geografía, de que ahora carecen muchos autores. Por supuesto se permite o recomienda el empobrecimiento del vocabulario, la irrupción de palabras groseras, que hasta hace poco no se habían escrito nunca ni se habían oído más que en círculos especialmente deprimidos. No se me oculta que en varios países europeos esta tendencia había sido llevada a la Literatura hacia 1930 por varios autores, aquejados por un lastre que gravitará pesadamente sobre sus obras.

No digamos la exclusión de todo esfuerzo personal. Pedirlo parece una afrenta. Lo que se está intentando es la perpetuación de las desigualdades superables, la negación de la posibilidad de tener oportunidades superiores a las nativas, de llegar a una sociedad más igualitaria, en la cual los grados de excelencia sean individuales y se deban primariamente al esfuerzo.

No puedo recordar nada tan profundamente reaccionario. Se trata de invertir el proceso de mejoramiento de la humanidad, el acceso a formas más altas y justas de la condición humana, a las formas plenas de instalación en el mundo. Al lado de esto, todas las demás desigualdades parecen secundarias, casi desdeñables.

Amplios equipos, con mucha organización y considerables recursos, se aplican a esta empresa. Se encrespan ante todo intento de mejoramiento, ante el reconocimiento de la libertad de cada individuo de ascender mediante esfuerzos inteligentes. Se está llevando a cabo, ante nuestros ojos distraídos o complacidos, una ofensiva contra la condición más profunda del hombre: su capacidad de ascenso, de rectificación, de superación. He dicho muchas veces que ser persona es "poder ser más". Esto es lo que parece inaceptable, lo que hay que atajar e impedir a toda costa.

Mi impresión es que esa tentativa está condenada al fracaso, porque la condición personal, indestructible, inherente a lo humano, marcha en la dirección recta. Pero no se puede aceptar que esa siniestra maniobra se deslice sin que apenas lo advirtamos, con cualquier disfraz que se presente, y amenace lo más propio y profundo de la condición humana. Ahora se habla con demasiada frecuencia de "derechos humanos"; me pregunto si hay otros: los animales no tienen derechos; tenemos deberes para con ellos; y para con las cosas. El principal derecho humano es el de vivir y, naturalmente, ser persona con todas sus consecuencias.

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