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Versos

Nuestros contemporáneos, especialmente los relativamente jóvenes, los que tienen cincuenta años o menos, saben pocos versos. Anteriormente era frecuente que las personas recordaran muchos versos, por lo menos en su propia lengua. A veces, memorizados, "aprendidos"; en otros casos, de manera espontánea, aquellos que por haberlas conmovido o estimulado se habían fijado en su memoria. Yo pertenezco a este último grupo; recuerdo muchos versos en español, también algunos en catalán -Maragall sobre todo, también Verdaguer-, en gallego, en portugués; muchos en francés, en alemán, en italiano, en latín, alguno que otro en griego. Son una riqueza inapreciable, algo que se lleva dentro y de lo que se suele carecer en las últimas generaciones.

La poesía fue enormemente popular durante todo el siglo XIX: Espronceda, Zorrilla, incluso -a pesar de los pesares- Campoamor, Bécquer; después la popularidad disminuyó; la alcanzaron algunos poemas de Rubén Darío, pero no el conjunto de su obra; fue menor en la admirable generación española del 98: Unamuno, los dos Machado, tampoco excesivamente Juan Ramón Jiménez; los admirables poetas posteriores, Guillén, Salinas, Gerardo Diego, Alberti, Lorca, fueron populares parcialmente, entre amplias minorías nada más; y en los últimos decenios ese alejamiento de la popularidad se ha intensificado.

Quiero decir que se ha producido un empobrecimiento poético, creo que en todas las lenguas europeas que conozco, compensado parcialmente por un incremento de la música, sobre todo de canciones, de indudable valor pero que significan otra cosa. Encuentro que en mi realidad personal, y en la de tantas personas de mi edad y no digamos de los que vivieron en el siglo XIX, cuenta como un ingrediente esencial, y que no se puede pasar por alto, innumerables versos. Vienen inesperadamente a mi memoria, con cualquier estímulo, a veces hexámetros de Virgilio procedentes de mi época, tan remota, de estudiante, de lenguas extranjeras, que permanecen vivas gracias a esos versos, que me hacen sentir perteneciente a una comunidad europea, con sus raíces griegas y latinas. Sin esos versos no sería comprensible, no podría sentir, pensar, escribir.

Creo que aparte de causas sociales que afectan a las más recientes generaciones europeas, han influido en este cambio de situación motivos procedentes de la poesía misma. Tradicionalmente, desde el griego y el latín, y en las lenguas derivadas de ellos, la poesía ha contado permanentemente con elementos rítmicos. Pies, diversas formas de metro, rima, articulación en estrofas, todo ello ha sido esencial en la comprensión, retención, repetición de la poesía. No se olvide que esta ha sido, a lo largo de casi toda su historia, verbal, auditiva, no leída sino oída, rememorada. Unamuno, al corregir unas pruebas de imprenta, leyó una advertencia del impresor: "ojo"; él anotó en la página: "oído". Esto se olvida demasiado. Toda la poesía a través de los siglos se ha mantenido fiel a ciertas formas métricas y rítmicas que la han caracterizado: el octosílabo español, el metro del romance, el paso de andar de nuestra lengua; el endecasílabo italiano, transmitido a los demás idiomas, el alejandrino francés, la herencia alemana de todo ello, son las señas de identidad de la poesía milenariamente.

Una tradición europea ininterrumpida había conservado las formas establecidas dentro de las cuales se creaba originalmente. En la segunda mitad del siglo XIX se desarrolló en todas las artes y en el pensamiento una voluntad de "originalidad" que me lleva preocupando mucho tiempo. La originalidad existe cuando no se la busca, especialmente si no se la busca; el que crea desde sí mismo dentro de un estilo le añade algo nuevo y lo modifica; he calificado de devastadora la busca de originalidad por sí misma. En la poesía hubo un momento en que se sintió un deseo de "liberación" de las formas admitidas durante siglos, en evidente recreación y modificación. La tendencia a "liberarse" de metro o rima, o de ambas cosas, dificultó la comprensión, sobre todo la retención, la circulación de los versos como moneda acuñada. Esta tendencia no carecía de justificación: un acercamiento a la intimidad, una flexibilidad mayor, una libertad de la espontaneidad creadora. Pero no sin pérdidas. A medida que se fue generalizando esta actitud se fue convirtiendo en licencia, en mera facilidad, en olvido de ciertas formas de rigor que habían parecido necesarias y que no habían impedido la espléndida variedad de formas en todas las lenguas. No se olvide que el teatro se ha compuesto en verso, con abrumadora mayoría, en toda Europa. En épocas en que no se leía demasiado, en que muchas personas no sabían leer, el teatro había sido el vehículo principal de la poesía; los espectadores del teatro español del siglo XV al XVII, y análogamente en otros países, habían recibido la poesía en forma auditiva, apta para la memoria, fecundadora del uso de la lengua, de su dignificación, de su pulimento y esmero. Esto se mantuvo durante gran parte del siglo XIX. Todo el teatro romántico, muy especialmente Zorrilla, con la inmensa popularidad de "Don Juan Tenorio", "El zapatero y el Rey", "Traidor, inconfeso y mártir", habían esparcido la simiente de la poesía en innumerables personas que sólo en parte la leían; y lo mismo se podría decir de las demás lenguas europeas. Sería interesante precisar lo que la admirable y difícil poesía inglesa debe al teatro del siglo XVII, especialmente a Shakespeare, y la poesía alemana a Goethe y Schiller.

Sería deseable que los hombres y mujeres de nuestro tiempo volvieran a conservar en su memoria versos de cualquier época. Y digo mujeres porque tradicionalmente han sido lectoras y conservadoras de poesía, incluso la han esperado, exigido, de los varones. Se me ocurre que acaso la escasez de versos sea una causa del mal estado del amor en las sociedades actuales, de su sustitución por otras cosas, de la profunda inestabilidad que se advierte en las relaciones entre varón y mujer. Temo que a los sociólogos no se les ocurra, al indagar las causas de estos fenómenos, recordar el papel que en ellos puede tener la ausencia de versos.

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