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La política como entretenimiento

ALGO que merece la pena subrayar de las comparecencias de Aznar y Zapatero en la comisión parlamentaria del 11-M son los altos índices de audiencia televisiva que han registrado. Sorprendentemente, los avatares políticos despiertan un inusitado interés en la población. En principio, habría que alegrarse de este hecho, porque la atracción de la ciudadanía por lo público es algo que se viene echando de menos desde hace tiempo y es objeto de preocupación por parte de los politólogos, que en ocasiones se lamentan de lo que llaman anemia ciudadana.

Sin embargo, yo no estoy convencido de que los índices de audiencia de que gozan los debates políticos realmente representen un verdadero motivo de celebración. O, por decirlo con más exactitud, no estoy seguro de que el estruendo mediático que acompaña a las intervenciones de la clase política responda a un interés ciudadano por lo público. La impresión que tengo es que la atención que estas comparecencias políticas suscitan no procede tanto de un arraigado sentido cívico, cuanto del hecho de que lo que dicen o hacen los políticos ha pasado a formar parte de la industria del entretenimiento.

Puede parecer una exageración interpretar el interés ciudadano por los avatares de la política en clave de ocio, pero cada vez estoy más persuadido de que es así. Baso mi juicio en la observación de que los ciudadanos que se identifican fuertemente con alguna formación política disfrutan enormemente ensalzando los comportamientos de sus correligionarios o vituperando y denigrando los de sus adversarios; en fin, que se comportan como hinchas de un equipo de fútbol.

Al votante incondicional del PP, por ejemplo, le divierte sobremanera que, tras las elecciones norteamericanas, Bush no se le haya puesto al teléfono a nuestro presidente del Gobierno y que, sin embargo, recibiera pocos días después a Aznar en la Casa Blanca; o que Powell le haya dedicado sólo unos minutos a Moratinos, mientras que Condoleezza Rice ha cenado sin ninguna prisa con Ana Palacio. Por su parte, los socialistas más fervorosos se lo han pasado fenomenal viendo cómo su partido conseguía sacar por fin en el Congreso la reforma de la Ley del Poder Judicial, con el apoyo de todos los grupos políticos excepto el del Partido Popular. Aznaristas y zapateristas, en fin, han vivido las comparecencias de sus líderes ante la comisión del 11-M como acontecimientos épicos, y han otorgado a los oráculos de sus respectivos héroes el asentimiento entusiasmado con que se reciben las verdades definitivas.

En realidad lo que les priva a los forofos políticos es el enfrentamiento de sus héroes; lo que les gusta es, precisamente, los combates que se libran en la arena política. La carga emocional con que los partidarios siguen las vicisitudes de la contienda política se asemeja mucho a la que caracteriza al enfrentamiento deportivo. Lo que tiene de droga el espectáculo deportivo es su dialéctica 'victoria-derrota', o sea, el hecho de que el desarrollo de la acción termine en 'sangre', que el héroe salga victorioso tras 'dar muerte' al contrincante; la adicción deportiva es, sobre todo, emocional y ligada al hecho de que se trata de un enfrentamiento 'a vida o muerte'. El hincha no es, sin más, el aficionado a un deporte, sino aquel seguidor que se identifica vitalmente con unos determinados colores o héroes, en cuya victoria o derrota se cifra un momento personal de gloria o de infierno. El forofismo deportivo tal vez cumpla una saludable función de terapia social, al trasladar a un terreno parcelado y sublimado las tendencias agresivas del ser humano. Más vale que los conflictos estén acotados a un campo de fútbol o a una cancha de tenis que se extiendan a la convivencia diaria entre las personas. La competición deportiva, tal vez, cumpla la función social de desactivar la agresividad humana.

Acepto que comparar la militancia política más o menos intensa con la afición deportiva pueda resultarle insultante a personas con arraigados convicciones o sentimientos políticos. Si alguien lo está entiendo de esta manera es que quizá no he explicado del todo lo que intento decir. Lo que pretendo hacer ver a lo largo de estas líneas es, simplemente, que muchas personas viven la política desde presupuestos, fundamentalmente, emotivos; que para esas personas la política es más una cuestión de pasión que de razón; que esa emotividad es alimentada por algunos medios y profesionales de la comunicación y que la actitud visceral con que se sigue la actualidad política frena el debate racional sobre las ideas, nos hace más manipulables y crea una insana atmósfera de crispación social.

Indudablemente, no tiene nada de censurable que los ciudadanos tengamos arraigadas preferencias políticas, que nos sintamos mejor representados por una determinada formación política y que atri- buyamos a una determinado partido mejores cualidades, bien sea por los ideales políticos que defiende, bien sea por su gestión o trayectoria histórica; en fin, nada hay que reprochar al hecho de que nos identifiquemos más con un partido político.

Es igualmente comprensible que nos alegremos o entristezcamos -que experimentemos sentimientos más o menos intensos- cuando nuestras convicciones políticas se abren paso o retroceden. Pero todo esto no debería llevarnos a la ofuscación y a convertir la actualidad política en un 'remake' de 'Gladiator', con un héroe valiente y bueno que lucha en la arena del circo en un combate a muerte. Lo que a algunos nos resulta irritante es la trivialización del debate público, convertido en una permanente escenificación efectista, sin apenas sustancia política y con el único atractivo del enfrentamiento entre contrincantes. La acción política pasa, entonces, a convertirse en un subproducto de la cultura del entretenimiento; junto a los índices de audiencia suben los índices de crispación y quienes hacen su agosto son los medios de comunicación con su estrategia de exacerbar los sentimientos de un público incondicional.

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