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La Iglesia: expansión en el mundo, decantación en Europa

Es Europa, no la Iglesia, quien sufre una crisis del sentido de compromiso.

Lo que sucedió el 8 de abril en Roma, presidido por una liturgia de una belleza conmovedora que buscaba propiciar el sentido de Dios, muestra la grandeza del pontificado de Juan Pablo II. Es el reconocimiento de los hombres y mujeres de buena voluntad. Pero ese alud popular recibe una crítica de fondo: el Papa ha fracasado porque ha congregado a millones de personas, sí, pero las iglesias están más vacías que cuando inició su pontificado.

¿Es cierto este fracaso? En relación con Cataluña parece evidente, también en España en menor medida, si bien en este caso el inicio del pontificado coincide con la liquidación del estado oficialmente católico. El bajón debía producirse necesariamente acercando la formalidad externa a la realidad de las conciencias. En Europa, con excepciones, la evolución también ha sido a menos.

Pero sería un error confundirlo con lo que sucede en el mundo. Aquí en Europa el compromiso religioso está en crisis y el catolicismo recibe este efecto, aunque menos que la mayoría de las iglesias protestantes, pero en el ámbito mundial la cosa es bien diferente. La Iglesia ha crecido y mucho. De hecho está en su mejor momento histórico, el de su real universalidad. La fotografía del sacerdote africano dando la comunión en la Plaza de San Pedro a un policía romano es un gesto visible de ello. El papable cardenal Francis Arinze de Nigeria es otro gesto más categórico.

La expansión católica en el mundo es un hecho y se ha producido precisamente en estos 26 años de pontificado, porque el problema no es de la Iglesia, sino de la crisis europea provocada por la ideología de la desvinculación que lo contamina todo. Confundir este bajón con las tendencias mundiales es ceguera eurocéntrica.

Charles Taylor en su magnífico y brevísimo, Las variedades de la religión hoy, señala el origen más próximo en la revolución cultural de los años sesenta del siglo XX. Es una revolución individualizadora que se añade a un cierto individualismo propio de la cultura de la modernidad. Lo que denomina "el individualismo expresivo", que promueve un cultivo desaforado del Yo convertido en cultura de masas en el seno de una sociedad que califica de "fracturada".

Es la eclosión de la desvinculación, caracterizada por la ruptura de todo compromiso, de todo vínculo, y con ellos la pérdida del sentido de la responsabilidad. Es la crisis de la modernidad sobre la que escribió Alain Tourain en 1993 , "La sociedad despolitizada" de Tenzeri, "La tentación de la inocencia" de Bruckner. Es la sociedad que describo con cierto detalle en "El desafío cristiano", porque el problema es Europa, no la Iglesia.

Es más, en ella hay semillas de renacimiento, porque es el único intelectual orgánico de la humanidad que tiene capacidad de recuperar los ideales del pensamiento ilustrado. La libertad, no de supermercado -entendida como multiplicidad de opciones fútiles-, sino como condición necesaria para la búsqueda de la verdad. La igualdad no sólo para los opulentos -los occidentales hoy, la nobleza ayer- sino para toda la humanidad. Y la fraternidad, imposible sin compromiso. Todo lo contrario de lo que predica la cultura de la desvinculación que impulsa la fugacidad interpersonal y comunitaria y el cultivo de la realización personal, entendida sólo como satisfacción del deseo. Si Europa quiere salir del callejón sin salida al cual se acerca, tendrá que beber, una vez más, de la Iglesia, incluso sin necesidad de creer.

Esta crisis europea ha producido una decantación católica, que no sucede en el resto del mundo, pero en un sentido diferente del que querría una determinada progresía católica": núcleos menos numerosos pero más fieles y coherentes. Estos, sin embargo, han surgido de la fuerza de los nuevos movimientos grandes y pequeños, potenciados por Juan Pablo II, del Opus Dei, de determinados movimiento parroquiales. Tenemos un ejemplo reciente en Barcelona: nunca, ni en los grandes momentos previos a la Guerra Civil se había producido un mítin con 5.000 cristianos como el del pasado 6 de marzo.

Es aun así la integración de la excelencia, como cuando el Hermano Roger, fundador de Taizé y originariamente calvinista, comulgaba de manos del prefecto de la ortodoxia, el Cardenal Ratzinguer. Expansión al mundo y decantación en Europa, dos resultados del pontificado de Juan Pablo II.

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