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Capítulo 6.- ¿La era de las diosas?

Para muchos lectores, uno de los elementos más atractivos de El Código Da Vinci es la idea de la «deidad femenina».

Les intriga la intención que mueve a Brown al revelar­les el pasado: que hubo un oscuro período de la historia, muy al principio, en el que la humanidad vivía consciente de la necesidad de mantener equilibrados los elementos masculino y femenino, y que lo conseguían por medio del culto a espíritus y deidades masculinas y femeninas. Y es aún más intrigante que hubiera, como dice Langdon a Sophie, un período en el que un «paganismo matriarcal» regía el mundo.

Los lectores se interesan también por la afirmación de Brown sobre las mujeres y el cristianismo: que Jesús en­señó la unión de los aspectos de la realidad masculina y femenina, y que las mujeres fueron líderes en la primitiva cristiandad hasta que el «cristianismo patriarcal» llevó a cabo una «campaña de propaganda que demonizaba lo sagrado femenino y erradicaba definitivamente a la diosa de la religión moderna».

En esta visión del pasado es fácil detectar una llamada a las mujeres que se sienten apartadas del cristianismo por considerar (acertada o equivocadamente) injusto el concepto que el cristianismo tiene de la mujer y el trato que le dispensa.

Ahora bien, una opinión puede ser atractiva, pero si no es cierta, ¿qué valor tiene?, ¿cómo puede ser una fuen­te de fuerza o de inspiración?

Lo «sagrado femenino»

Brown se inspira en un par de argumentos cuando escri­be (como hace incesantemente) sobre lo «sagrado femeni­no».

En primer lugar está refiriéndose a una escuela de pensamiento que surge en el siglo XIX afirmando que el antiguo culto popular a las diosas había nacido de uno más elemental a la «Madre Diosa», explicado en parte por la antigua y profunda devoción popular por el misterio y el poder del alumbramiento. Para apoyar esta teoría, se basaba, entre otros hallazgos, en descubrimientos ar­queológicos de figuras femeninas embarazadas. Esta teo­ría se desarrolló a finales del siglo XX hasta afirmar, como aduce la escritora Charlotte Allen, que:

«Esta consonancia con la naturaleza, el respeto a la mujer, la paz y la cultura igualitaria prevalecieron en la actual Europa Occidental durante miles de años... hasta que los invasores indo-europeos arrasaron la zona intro­duciendo dioses guerreros, armas diseñadas para matar a seres humanos y una civilización patriarcal» (The Atlantic, enero 2001).

Sin embargo, en los últimos años, debido a la ambi­gua naturaleza de esos artefactos hallados, al descubri­miento de armas y a la patente evidencia del reparto del trabajo basado en la división de sexos en muchos de esos lugares, ha delimitado recientemente el mito de la Diosa Madre. No existen pruebas que indiquen que tal época haya existido alguna vez.

Una de las más extravagantes opiniones de Brown es que incluso el antiguo judaísmo valoraba lo «sagrado fe­menino» como un aspecto distinto del divino, como lo de­mostraban las prácticas de sexo ritual en el Templo de Je­rusalén.

Esto es absolutamente extraño, y resulta difícil averi­guar dónde ha conseguido Brown tal información. Cierta­mente no hay prueba alguna que la apoye, pues está en absoluta contradicción con lo que las Escrituras hebreas requieren para los que están involucrados en los sacrifi­cios y los cultos del Templo: unos ritos escrupulosos para la purificación que implican la abstención de toda activi­dad sexual durante el período anterior al desarrollo del culto. El jesuita experto en Sagrada Escritura Gerald O'Collins refuta tajantemente ese aserto:

«A propósito del judaísmo, Brown introduce algunos errores increíbles sobre Dios y la práctica ritual del sexo. Los estudiosos del Antiguo Testamento coinciden en que, en algunas ocasiones, se empleaba la prostitución para obtener dinero para el templo. Pero no hay evidencias sobre la pros­titución sagrada o ritual, y ningún hombre israelita que acu­diera al templo para encontrarse con la divinidad y alcanzar su plenitud espiritual, practicaría el sexo con las sacerdo­tisas (ver El Código Da Vinci, p. 384). En la misma página, Brown explica que 'el Sancta Sanctorum albergaba no solo a Dios, sino también a su poderosa equivalente femenina, Shekinah'. Una palabra que no aparece en la Biblia, pero en los escritos rabínicos antiguos, Shekinah se refiere a la pro­ximidad de Dios con su pueblo y no a una consorte femeni­na» (America, 15 de diciembre del 2003).

O'Collins niega también la afirmación de Brown que aparece en el mismo párrafo, según la cual, YHWH se de­riva de Jehováh, lo que, por supuesto, es algo absoluta­mente ajeno a la realidad:

«Es también una pasmosa insensatez asegurar como un "hecho" que el tetragrámaton judío, YHWH se "deriva de Jehová, una andrógina unión física entre lo masculino Jah y el nombre prehebraico que se le daba a Eva, Havah".

YHWH se escribe en hebreo sin vocales. Los judíos no pro­nuncian el nombre sagrado, pero "Yahvé" era aparentemen­te la vocalización correcta de las cuatro consonantes. En el siglo XVI, algunos escritores cristianos introducen "Jehová" debido a la errónea creencia en las vocales empleadas. Jeho­váh es un nombre artificial creado hace menos de quinien­tos años, y ciertamente, no es un antiguo nombre andrógi­no del que se deriva YHWH».

Por supuesto, hubo deidades femeninas en las culturas antiguas, como las hay hoy en los sistemas animista y poli­teísta (tales como el Induismo). La mayoría de las deidades femeninas eran consortes de las masculinas. Los sistemas antiguos reflejan una conciencia de los principios masculi­no y femenino en el tejido de la realidad, pero no manifies­tan un particular conocimiento o veneración por lo «sagrado femenino», como Brown lo describe insistentemente.

Una mirada hacia el cristianismo católico y ortodoxo tal y como ha sido practicado durante dos mil años no ex­presa exactamente una espiritualidad impregnada de una imaginería patriarcal a expensas de la femenina. Pero ha­blaremos de ello más tarde.

Por último, podríamos suponer que esas sociedades ali­mentadas por el sistema espiritual sugerido por Brown se­rían profundamente igualitarias. Sorprendentemente, no encontramos ejemplos de tal igualitarismo en cualquier cul­tura antigua que diera culto a dioses y diosas, ni tampoco. en los que practicaban el sexo ritual (no tan cercano ni uni­versal como sugiere) que, en opinión de Brown, unía la masculinidad y la feminidad en un extático todo vivificante.

Herejes y brujas

Aún la siguiente etapa de este panorama, después de que la era matriarcal fue reemplazada, la devoción a lo fe­menino pasó a la clandestinidad.

En cuanto al cristianismo, Brown, aprovechando el tra­bajo de varios escritores contemporáneos sobre las mujeres y el cristianismo primitivo, insinúa que hubo una rama del movimiento de Jesús centrada en la mujer. Esto es lo que vemos, según Brown, cuando leemos los documentos gnós­ticos que ponen al frente y como centro a María Magdalena.

En realidad, ciertos sistemas se apartaron de la co­rriente principal del cristianismo. Usaban la figura de Cristo y algunas de sus enseñanzas para difundir esencial­mente las ideas gnósticas. No tuvieron relación directa con los testigos del primitivo cristianismo, ni, por otra parte, estaban centrados en la constante tradición antigua de lo «sagrado femenino».

Según El Código Da Vinci lo están. Después de que el cristianismo ortodoxo «venciera» en Nicea -y sigue con su tema-, continuó suprimiendo o seleccionando las pruebas de las creencias paganas, a las que equipara con la devoción a lo «sagrado femenino». Asimismo destruyó con saña a las que persistían en sus ideas, como en el caso de las brujas.

Concretando, cinco millones.

Sí, has oído bien. Brown afirma que esa hostilidad hacia las mujeres, que borboteaba durante siglos, por fin salió a la superficie cuando la Iglesia católica ejecutó a cinco millones de mujeres durante los trescientos años de la caza de brujas (Brown no concreta de qué siglos se trata, pero podemos su­poner que se refiere a los años 1500 a 1800, el período en el que tuvo lugar con mayor rigor la caza de brujas en Europa).

Esto lo tienes que haber oído antes: es una cifra que sueles encontrar en los coloquios de Internet sobre los ho­rrores de la Iglesia católica. Pero eso, como tantas cosas en este libro, es falso.

Charlotte Allen, en su artículo de la revista Atlantic, reúne las investigaciones más recientes sobre el tema (que es importante) y dice que la mayoría de los expertos han fijado en unas cuarenta mil las ejecuciones relaciona­das con la brujería durante este período, algunas por orden de organismos católicos, otras por protestantes y la mayoría por los gobiernos. y, a propósito, alrededor de un treinta por ciento de las acusaciones de brujería se hicie­ron en contra de hombres.

«El estudio más completo sobre la brujería es Witches and Neighbors (1996), de Robin Briggs, un historiador de la Oxford University que ha estudiado detalladamente los documentos sobre los juicios europeos a las brujas, lle­gando a la conclusión de que la mayoría de ellos tuvieron lugar durante un período relativamente corto, de 1550 a ­1630, Y que se limitaron a la actual Francia, Suiza y Ale­mania, que ya estaban sacudidas por la confusión política y religiosa causada por la Reforma. La mayoría de las acusadas lejos de ser un grupo de mujeres librepensado­ras, eran principalmente pobres e impopulares. Sus acu­sadores solían ser ciudadanos corrientes (a menudo, otras mujeres) y no autoridades clericales o seculares. De he­cho, a las autoridades les disgustaba, generalmente, juz­gar casos de brujería y absolvían a más de la mitad de los demandados. Briggs ha descubierto también que ninguna de las brujas que fueron encontradas culpables y conde­nadas a muerte fueron acusadas específicamente de prac­ticar una religión pagana» (Allen, «The Scholar and the Goddess», Atlantic Monthly, enero 2001).

¿Es el Malleus Malleficarum (El martillo de las bru­jas) un documento auténtico? Sí, y, aunque importan­te, no es el manual universal para juzgar a las brujas, como afirma Brown. Está escrito por un dominico, Heinrich Kramer, que afirma haberlo basado en su experiencia tras juzgar un centenar de casos. En reali­dad, los documentos indican que solamente juzgó a ocho mujeres y que fue expulsado por el obispo de la siguiente ciudad en la que trató de trabajar.

Realmente es trágico y, desde nuestro punto de vista, in­justo que hombres y mujeres fueran ejecutados por dichos motivos. Sin embargo, a lo largo de la historia humana, la mayoría de las sociedades no han protegido la libertad de pensamiento, de religión o de expresión. De hecho, se da exactamente el caso opuesto. Muchas de ellas han implan­tado serias restricciones sobre lo que sus miembros pueden manifestar en público y sobre el modo de animar a actuar a los demás, y frecuentemente han hecho retractarse a los transgresores por medio de duros castigos. Esto no lo ha in­ventado la Iglesia católica ni la protestante. Por supuesto, eso no hace menos desafortunado el hecho de que, en ese periodo de la historia, las Iglesias cristianas no fueran unos testigos firmes del Evangelio.

¿No estamos olvidando algo?

En El Código Da Villci, Brown insiste en que, aproximada­mente, en los dos mil últimos años, el cristianismo ha sido ferozmente patriarcal, y está dispuesto a honrar todo indicio de lo «sagrado femenino» en cualquier lugar que surja.

Aparentemente, Brown nunca ha oído hablar de Ma­ría, la Madre de Jesús.

Si realmente deseas apreciar la distancia que hay entre las afirmaciones de esta novela y la realidad del cristianis­mo, reflexiona un momento sobre esta patente y extraña omisión. Y pregúntate por la razón. Y solo podemos llegar a la conclusión de que la enorme importancia de María en el pensamiento y las manifestaciones cristianas socavan a los argumentos de Brown sobre el temor que el cristianismo siente por lo «sagrado femenino»; en consecuencia, Brown decide que lo mejor es pretender que nunca sucedió.

Pero sucedió. El estudioso Jaroslav Pelikan escribe:

«...si pudiéramos permitir que los miles de mujeres del medioevo recuperaran sus voces perdidas, las pruebas que encontramos en los escasos documentos escritos que nos dejaron demuestran que muchas de ellas se identifi­caban plenamente con la figura de María: con su humil­dad, sí, pero también con su fortaleza y con su victoria. Por el papel que ha desempeñado en la historia de los veinte siglos pasados, la Virgen María ha sido el tema de más pensamientos y discusiones sobre lo que significa ser una mujer que cualquier otra de la historia occidental» (María a través de los siglos).

Cuando los seres humanos intentan conocer a Dios y re­lacionarse con Él, la misma humanidad que hace posible la intimidad con Dios -porque los humanos están hechos a su imagen- también les limita. Nuestro lenguaje no llega a tan­to, nuestra idea de Dios no puede alcanzar más allá de nues­tra existencia de criaturas encarnadas en el espacio y en el tiempo, y nuestra experiencia personal nos tiene apresados.

Sin embargo, es dentro de este mundo, y a través de las cosas que Él mismo ha creado donde Dios se encuen­tra gratuitamente con nosotros y se nos da a conocer.

Brown dice que las imágenes de la diosa Isis alimen­tando a Horus eran un «boceto» de las imágenes de María y Jesús. Pues bien, en lo que se refiere a madres e hijos, existen, obviamente, unas cuantas escenas clá­sicas comunes a cualquier iconografía, como en este caso. Sin embargo, Brown establece una conexión causal: El culto a María es una imitación del culto a Isis. No: en el mundo romano, Isis estaba fuertemente asociada a la promiscuidad y la «milagrosa» concep­ción a la que alude el personaje de Teabing en la nove­la tuvo lugar bien por la reconstrucción de las partes del cuerpo de su marido muerto, bien por arte de ma­gia. Ambas tienen muy poco en común.

La experiencia de los cristianos a lo largo de la histo­ria ha consistido en que, aunque María no es Dios, porque es la Madre de Dios, a través de su papel en la salvación -al decir «sí» a Dios, su fiat-, su vida nos revela la fideli­dad de Dios, su compasión y, sí, la magnitud de su amor, como se manifiesta a través del amor de una madre.

La figura de María, la Madre de Jesús, no es monolíti­ca, está llena de facetas. Algunos cristianos se sienten in­cómodos por el culto a María, pensando que interfiere en el campo de la devoción y de las manifestaciones que de­ben reservarse únicamente a Dios. Este, por cierto, es el argumento que necesitamos contra las afirmaciones de Brown sobre la tradición cristiana.

No importa lo que pienses sobre María o sobre la de­voción a ella: la única cosa en la que coincide cualquiera que tenga ojos para ver, es en que, durante cientos de años, ha desempeñado un papel vital, casi central, en el pensamiento cristiano, en la oración y en la piedad.

En este sentido, Brown se equivoca de nuevo. El cris­tianismo no ha reprimido la atención a lo «sagrado feme­nino». En María, la cristiandad católica y ortodoxa lo ha celebrado y alimentado.

Además, ignorar eso es ignorar la verdad. Si la verdad interesa, esta es la verdad.

Ahora en...

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