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El espíritu de la época

Es éste en muchos aspectos un tipo muy curioso. Tiene en común con el espíritu del vino y del amoníaco que se volatiliza muy rápidamente sin dejar ninguna huella. Pero mientras vive, afirma siempre tener razón, característica ésta que rápidamente se transmite a todo aquel que queda captado por él; casi me atrevería a decir que poseído por él.

El hombre poseído por el espíritu de la época es supermoderno. Acepta con gran entusiasmo las obras de arte de determinadas escuelas, ofrece explicaciones inspiradísimas para el hecho de que la «Mujer con flor» tenga los dos ojos al mismo lado dé la nariz, y por qué los cuadros de un chimpancé ligeramente neurótico merecen ser preferidos a las antiguallas de un Rembrandt o un Tintoretto. No le molesta en absoluto que su cuadro favorito podría haber sido pintado fácilmente por un chaval de seis años, todo lo contrario, lo considera una alabanza objetiva. También en literatura se entusiasma por los productos de escritores de siete años, y un autor de más de quince años sólo tiene interés si escribe con suficiente indecencia. Los autores mayores de veintitrés años son demasiado rancios y tradicionalistas para resultar interesantes. Constituyen una excepción —por lo menos en algunos países— los primeros cuatro o cinco libros de la lista de «bestseller». La base de su filosofía es: «Hay que marchar con el tiempo», y sentimos la tentación de respirar con alivio, pensando que efectivamente se marchará con el tiempo para no volver nunca más.

En política generalmente está más o menos ligado a la izquierda, y como por la lógica no siente más que desprecio (suponiendo que tenga conocimiento de que ésta existe), ignora que el caminar con perseverancia en la misma dirección le devolverá más pronto o más tarde a su punto de partida y, por el contrario, considera que su caminar en círculo es progreso.

El progreso es su ideal, y así continúa progresando cada vez más, alejándose de todo lo experimentado, estable y verdadero. Entiende tan poco del futuro como del pasado. Vive en un presente inclinado en constante desliz por el que se mueve como un mono domesticado sobre una gran pelota de goma. Pero por muy grave que parezca este cuadro clínico, estos pacientes tienen curación en la mayoría de los casos. Es asombrosa la paciencia de Dios. ¡Gracias a Dios!

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