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Carruajes y chóferes

Durante más de dos siglos, la gran línea divisoria entre los opulentos y los demás fue la posesión de un carruaje. Uno era gente de carruaje o no lo era. Ingresar en la minoría poseedora de carruajes era el signo más obvio de que uno había "llegado". En la novela detectivesca de Jane Austen, Emma, hay un momento admirable en que Frank Churchill, que ha entablado una correspondencia secreta con Jane Fairfax, comenta inadvertidamente que el señor Perry, el acaudalado boticario de Highbury, está a punto de "instalar su carruaje", un importante acontecimiento social para Perry y sus vecinos, y un dato muy informativo. Cuando Churchill repara en su desliz, no sabe explicar cómo lo cometió: "Debió de ser un sueño".

No nos cuentan qué clase de carruaje adquiere Perry. Un birlocho, sobre todo un lando como el que posee la rica hermana de la señora Elton, habría sido demasiado suntuoso. Los faetones y carrocines eran para jóvenes briosos, o caballeros deportivos como el almirante Croft, a quien no le importaba chocar de vez en cuando. Quizá fuera un sociable, con dos asientos enfrentados. Más probablemente fuera un calesín, el carruaje familiar estándar, para tres personas (la silla de posta era una versión más rápida, que sólo transportaba a dos). Lo importante de poseer carruaje propio, sin embargo, no era el costo del vehículo. Podía ser enorme, si uno encargaba un gran birlocho a un elegante cochero de Londres según especificaciones propias, con biblioteca ambulante, mesa, cama plegable y bacinilla. También se podía comprar uno de segunda mano y hacerlo pintar de nuevo.

Lo más costoso era mantenerlo en marcha. Un carruaje respetable necesitaba dos caballos, y cuatro para viajes largos (uno hacía postas después de la primera etapa, es decir, alquilaba caballos en las posadas; si uno conservaba los propios, tenía que darles descanso cada dos o tres días, con lo cual se retrasaba). Se requería, pues, un establo de cierto tamaño, con caballos libres, y un garaje para el carruaje. Eso significaba un palafrenero, tal vez dos. Pero ningún caballero, y mucho menos una dama, conducía su carruaje, así que se necesitaba un cochero. Era un sujeto con cierta dignidad, un criado superior, y en consecuencia costoso de mantener, que no se rebajaba a realizar la tarea de los palafreneros y los mozos de establo. En la ciudad también se necesitaba un lacayo (los muy ricos tenían dos) que iba detrás, meciéndose con elegancia cuando el carruaje giraba en las esquinas. Su trabajo consistía en bajar de un brinco cuando el carruaje se detenía, dar la vuelta, desplegar la escalinata y abrir la portezuela con una reverencia (un carruaje apropiado no tenía picaportes por dentro, pues la nobleza rural no estaba acostumbrada a abrir puertas). Si la dama iba de compras, obviamente a un establecimiento que atendía a los dueños de carruajes, el propietario ya estaría en la acera, inclinándose en un saludo de bienvenida. En cambio, si la dama iba de visita, el trabajo del lacayo consistía en subir la escalinata de la casa y golpear con el llamador. Todos reconocían el golpe del lacayo, y sabían qué esperar. Por tanto, ser gente de carruaje provocaba deferencia. Pero era sumamente caro. Y tener que guardar el carruaje o, peor aún, venderlo, era un signo inequívoco de decadencia o fracaso. Todos lo sabían.

Hoy la distinción entre los ricos y el resto de nosotros es más sutil, aunque todavía tiene mucho que ver con el transporte. No estoy hablando de los magnates (en el siglo dieciocho, sus carruajes iban tirados por seis caballos montados por jinetes, y tenían una escolta de caballerizos). Robert Maxwell realizó un acto muy típico de un magnate en su fatal último viaje. Fue en ascensor privado hasta la pista de su apartamento de Maxwell House, subió al helicóptero que lo llevó a Heathrow y voló en su jet a Gibraltar; de ahí fue a su yate. Lo mejor de todo esto para Maxwell fue que no le costó un céntimo; todo era robado.

Pero la categoría que ha reemplazado a Ingente de carruaje no son los propietarios de helicópteros y jets, sino las personas con chófer, los que no tienen que tocar el volante. Tener un coche no es nada. Muchas familias obreras pueden tener tres o más. Reúnen más caballos de fuerza que el duque más rico en los días del retintín de los arneses y el trepidar de los cascos. La verdadera distinción está entre aquellos que tienen que maniobrar con su coche en medio del tránsito, encontrar aparcamiento (o no), alimentar parquímetros, discutir con policías, cuidadores, porteros, mecánicos y los demás enemigos de todo automovilista que se respete, y aquellos que simplemente se bajan en su destino con un "Gracias, Freddy. Regresa a las dos y media en punto".

¿Cuántas personas entran en la categoría de "gente de chófer?" Unas diez mil. Incluyen a presidentes de compañías y jefes de ejecutivos, y otros que están tan altos en la jerarquía como para que la empresa gaste 30.000 libras al año para suministrarles coche y chófer. Después están los ministros, reconocibles por la caja roja que llevan junto a ellos en el asiento trasero. Los jueces, generales y demás, ex officio. Algunos abogados ricos y algunos médicos ricos. Los ejecutivos de televisión y los directores de periódico, los notables de la publicidad y la farándula. Lo que importa no es el modelo ni el costo del vehículo, sino tener a un fiel conductor que haga todas las cosas difíciles y fatigosas que quitan placer al viaje en auto. Esa es nuestra nueva clase privilegiada.

Pero nada de esto se paga con el bolsillo propio. Todo depende de la empresa, es parte del contrato de servicios, un adicional. Eso es lo más delicioso, pero también el peligro. Lo que llega con un giro de la rueda de la fortuna se puede ir con el próximo. Una vez Malcolm Muggeridge me dio un sabio consejo: "Al pasar el tiempo, muchacho, trata de apañártelas con menos. Aprende a prescindir de los placeres y comodidades antes que te los arrebaten. Ah, y nunca aceptes un puesto con coche y chófer. Cuando lo pierdes, es lo que más echas de menos". Un consejo sensato que he seguido. Frente a los grandes hoteles vemos una larga hilera de coches enormes y oscuros, con chóferes aburridos al volante, esperando que termine la hora del almuerzo. Pero los que salen, abotonándose la chaqueta, arrojando un puro, no pertenecen necesariamente a la cosecha del año anterior, ni del siguiente. Las empresas declinan, los puestos se pierden, los gobiernos caen, las paredes de las salas de reunión se cubren de sangre y, de repente, el fiel chófer ya no está esperando, y hay que trasladarse en metro. La jubilación y el pase para el autobús se aproximan inexorablemente. Más vale conformarse con el taxi.

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