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Recordando a J. B. Priestley

¿Quién habla hoy en nombre de la literatura? Lo pregunto, pero no recibo ninguna respuesta. Cuando digo hablar en nombre de la literatura no me refiero a los chillidos y piruetas de los incestuosos que presiden los premios Booker y otros berrinches culturales en el circo publicitario anual, ni a esos pedantes de acento manicurado que dirigen los programas de libros de la televisión. En absoluto. Me refiero a esos genuinos pesos pesados de las letras que, cómodamente apoyados en un estante de logros, alzaban en ocasiones su digna voz cuando los intereses de su arte eran amenazados o cuando surgía un problema público sobre el cual los escritores tenían una opinión legítima.

Así era el doctor Samuel Johnson en sus tiempos, o Dickens, Thackeray y Tennyson a mediados del siglo diecinueve, o Hardy y Kipling un par de generaciones después. Cuando llegué a Londres. T. S. Eliot todavía estaba aquí para que lo consultaran y era escuchado en las raras ocasiones en que el oráculo hablaba. Luego estaba C. P. Snow, no necesariamente para el gusto de todos, pero alguien cuya experiencia en política científica, Whitehall y el gobierno, así como en escritura y publicación, daba resonancia a su voz. Y por supuesto estaba J. B. Priestley.

El centenario del nacimiento de Priestley ha servido para recordarnos que nadie lo ha sustituido en su lugar definido y distintivo. Dos o tres veces al año yo lo veía cómodamente sentado en ese lugar cuando nos invitaban a Kissing Tree House, en las afueras de Stratford. Allí vivía con cierto estilo. Jacquetta Hawkes, su esposa, escogía cuidadosamente los vinos, la atenta servidumbre servía comida deliciosa, las sombras del verano se demoraban en la cancha de croquet y en los aromáticos arbustos, y hondos sofás de cuero nos invitaban a sentarnos en la gran biblioteca, donde los libros reinaban y llegaban hasta el alto techo. Era sorprendente descubrir que algunos de ellos ocultaban la entrada de un bar bien abastecido de donde Priestley regresaba con una bandeja de potentes y helados martinis.

No intentaba jugar al señorito rural, todo lo contrario. Censuraba sin tapujos a los literatos que, en su opinión, intentaban hacerlo, seleccionando a Evelyn Waugh como ejemplo conspicuo, e iniciando así una animada discusión. No, los modelos de Priestley eran aquellos antiguos notables de la escena literaria francesa, que vivían como la cómoda haut bourgeois, en sus castillos campestres, comunicándose con un público respetuoso por medio de un ensayo en la Revue des Deux Mondes, o viajando a París para mecerse esplendorosamente en sus sillas de la Academia Francesa. Opinaba que los hombres de letras francesas salían más aventajados que sus equivalentes ingleses, tenían más peso y eran más escuchados. ¿Por qué, se preguntaba, la gente como él no era tratada como André Gide, Paul Claudel o Francois Mauriac?. "¿Ayudaría si yo llevara un solideo?".

No es que Priestley quisiera honores. Era feliz con su Orden del Mérito, habiendo rechazado la oferta de ser par del reino, hecha por Clem Attlee y Harold Wilson. Tampoco quería dinero. Aparte del espectacular éxito de The Good Companions, hubo un momento en que tres obras suyas se representaban simultáneamente en el West End: me contó que en los años 30 ganaba 30.000 libras anuales tan sólo con el teatro, en una época en que el impuesto a las ganancias era de dos chelines por libra. Entendía, más bien, que la literatura era la auténtica gloria de Inglaterra, que siempre lo había sido, y que sus representantes tenían el deber de hablar y el derecho a ser oídos. Le repugnaba el grosero materialismo del mundo moderno, lo que él llamaba Admass. Pensaba que no sólo los conservadores, sino también los laboristas, estaban demasiado preocupados por recibir y gastar e ignoraban la metafísica de la vieja Inglaterra, las palabras, las rimas, las vistas y sonidos que vibraban en el corazón del país y las profundas y románticas emociones que en ocasiones lo sacudían hasta la médula.

Priestley podía orquestar estas emociones como nadie en su época. Y lo escuchaban, a pesar de sus protestas. Las charlas que dio en la BBC en 1940 y en otros momentos de la guerra, son un buen ejemplo del usode la palabra hablada para elevar el ánimo, sin estridencias sino, en cambio, con una filosofía delicada y penetrante. Causaban la envidia del propio Churchill, y se creía, aunque tal vez injustamente, que el primer ministro había usado su poder para sacar a Priestley del aire.

En esa época, Priestley era un propagandista de la izquierda, y años después llegó a hacer una emisión política para el Partido Laborista, demostrando cómo hacer las cosas. Pero en realidad no era hombre de partido y jamás, en ningún sentido, fue un ideólogo. Inició la campaña a favor del desarme nuclear por una cuestión de sentido común. Los ensayos que escribió sobre asuntos públicos eran totalmente personales. Los llamaba Pensamientos desde el desierto, y se consideraba una voz solitaria, hasta en cierto sentido reaccionaria, que celebraba una Inglaterra mejor, más simple y más noble, que valoraba las antiguas virtudes, vistas y costumbres, que rechazaba las nuevas versiones de la feria de vanidades que se impusieron a partir de los 60.

Falleció en la víspera de su nonagésimo cumpleaños, y el lugar que ocupaba ha permanecido vacío desde entonces. Nadie habla en nombre de la literatura. De Kingsley Amis sólo obtenemos ocasionales ladridos. V. S. Pritchett es demasiado modesto, Stephen Spender e Iris Murdoch demasiado displicentes. El fenómeno de los laureados y los mandarines en desaparición no se limita a Inglaterra. En Estados Unidos nadie ocupa el sitial que antaño ocupaban Edmund Wilson y Lionel Trilling. En Francia, Jean-Paul Sartre, André Malraux y Raymond Aron fueron los últimos de su linaje. La mayoría de estas voces resonantes venían de la izquierda, y es posible que el hundimiento de las viejas causas, como el socialismo, y la actual negativa a creer en toda clase de utopismo, contribuya a explicar la desaparición del intelectual público. Desde luego explicaría por qué hoy no existe un Bertrand Russell.

Pero el mundo de las letras, que no es derechista, izquierdista ni centrista, sólo importante, siempre debería tener una figura ilustre que hablara en su nombre. ¿Quién reclamará el trono, que hoy es también una cama de faquir?

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