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Berrinches académicos

Una palabra de protesta contra el culto de la rudeza gratuita. Quiero ser claro en lo que digo. La réplica aguda, el reproche justificado, el dardo certero en las visceras de los vanidosos, los pedantes, los mojigatos y los obtusos siempre han ocupado un sitial de honor en el discurso inglés civilizado. El doctor Johnson era el maestro, aunque en ocasiones sus rayos fulminaban a incautos inocentes. Pero muchos otros, en la época de la buena conversación, eran capaces de merecidas admoniciones verbales. Hasta el moderado Bennett de Orgullo y prejuicio en ocasiones lanzaba lo que su esposa llamaba "amansadores". No me refiero a eso.

Me refiero a la grosería gratuita. En la actualidad hay personalidades agresivas, sobre todo en los medios, que se empeñan en mostrar los puños. No se sirve a ninguna causa en particular. A menudo no hay auténtica animadversión, y es como cuando un maleante le dice "nada personal" a la víctima que acaba de aporrear para impresionar a sus risueños camaradas. Detrás de estos garrotazos verbales hay habitualmente una pizca de rencor de clase, un aire de política seudorradical, pero no es el auténtico motivo. El objetivo es informar a la sociedad, sobre todo a los pares del truhán, "Tengo talento para la maldad".

Hace poco fui atacado por un hombre del Guardian, de nombre Cunningham. Dijo que estaba escribiendo un perfil del director de esta publicación y me preguntó si lo ayudaría. Parecía cortés. Tras asegurarme que no era un especialista en chismes, acepté responder sus preguntas. Algunos dirán que yo me lo busqué. Pero en la vida es grato dar por sentado que todos, aun los periodistas, son inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Cuando yo era joven y me estaba abriendo camino, recibí gran cantidad de favores y ayuda de muchas personas atareadas, entre ellas periodistas mayores que se tomaron mucho trabajo para asesorarme. Así que ahora hago lo mismo, especialmente con los jóvenes, respondiendo el teléfono tan cortésmente como el trabajo lo permite y recibiendo en mi casa a gente de todo el mundo. Considerando que tengo un temperamento irritable por naturaleza, soy asombrosamente paciente con ellos, como mi esposa Marigold observa maravillada, a menos que me aburran en exceso, en cuyo caso me voy de la habitación.

Así que respondí las preguntas de Cunningham tan justa y sinceramente como podía y le pasé algunas citas buenas. Parecía efusivamente agradecido. Cuando apareció su perfil, lo leí para asegurarme de que no me hubiera citado mal y no tengo quejas en ese sentido. Pero quedé pasmado al verme descrito, sin que viniera al caso -ya que yo no participaba en la nota salvo como mero testigo-, como un "sapo en chaleco". El hombre nunca me ha visto. Parece haber usado la frase tal como un joven matón patea a una anciana inofensiva, sólo para demostrar que puede hacerlo.

No obstante, Cunningham no es un joven matón sino una persona más o menos alfabeta empleada por un periódico célebre. Por cierto no ha asimilado esta grosería en un estadio de fútbol. Sospecho que la culpa es del entorno académico. Ciertos profesores resentidos parecen haber iniciado el culto de la grosería en los años de entreguerra para distinguirse del tradicional encanto de Oxford y Cambridge. Se consideraban forasteros dispuestos a aniquilar el establishment y expulsar a la guardia vieja. Lewis Namier era uno de ellos, un hombre realmente mal educado, y el "profesor" Lindemann otro. Pero el ejemplo sobresaliente, como nos han recordado sus espantosas celebraciones del centenario, era el viejo Leavis. En las últimas semanas sus ex alumnos se han preocupado por capturar su singular mezcla de insulto demoledor con amargura gruñona. La admiran y la copian cuando se atreven. Lo que les gusta es que los ataques verbales de Leavis contra todo el que estuviera a la vista, vivo o muerto, no tenían pretensiones de agudeza, elegancia o felicidad de expresión. Asombrosamente, por tratarse de alguien que se pasó la vida enseñando crítica literaria, Leavis no sabía escribir ni hablar en inglés. Una larga remembranza en el suplemento literario del Times lo mostraba, a los setenta y siete años, sin haber olvidado ni perdonado nada, lanzando escupitajos de rencor contra colegas, rivales, ex amigos -no, no tenía amigos- ex simpatizantes o aliados. Su odio por la literatura, y por quienes la practicaban, era absolutamente sincero: no había subterfugio en ese rostro adusto y huesudo y en esa calva reluciente, calzada sobre el cuello como un pedúnculo que nace de una camisa de desafiante cuello abierto, al estilo de veterano político israelí. Leavis enseñaba rencores culturales disfrazados de erudición. Un alumno suyo, cuando le preguntaron qué poetas le gustaban, replicó con pedantería: "La poesía no es para disfrutar, sino para evaluar".

Las piezas celebratorias de los devotos de Leavis expresaban particular admiración por su tosca polémica con C. P. Snow. En su momento pensé que no había captado el meollo del argumento de las "dos culturas" de Snow, y que era tan innecesariamente venenoso que sugería una antigua ofensa personal. Sin duda Snow le hizo un favor -como a muchas otras personas- pero Leavis era la huraña encarnación del adagio: "Ninguna buena acción queda impune". La respuesta de Snow al injustificado ataque de Leavis fue un dechado de contención caballeresca. Eso debió de enfurecer aún más al viejo cascarrabias. Sin embargo, desde su sitial, debe de sentirse satisfecho de que sus patadas y puñaladas literarias se hayan propagado, al menos entre académicos. Por ejemplo, hay un personaje de la London School of Economics, un hombrecillo feroz, una especie de enano alto, que se ha hecho de una minirreputación nacional siendo grosero con la gente en The Moral Maze.

Como cada vez hay más jóvenes que van a la universidad en vez de trabajar, quizás haya testigos suficientes para justificar una telenovela académica sobre un profesor malhumorado que anda por ahí repartiendo puñetazos verbales a diestro y siniestro. John Cleese, que una vez interpretó brillantemente a un director de escuela loco, podría servir para representar al personaje de Leavis. Y Simón Gray, ahora que ha terminado de ensañarse con el pobre Stephen Fry, podría escribir el libreto: nadie sabe más que él sobre el punto de ebullición. Se pueden disfrutar buenas carcajadas con los escándalos académicos y los berrinches profesorales. Incluso estoy dispuesto a sugerir gratuitamente el título: Cátedras deletéreas.

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