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El Sur de Andalucía

Hace unos días, en un pueblo andaluz presencié una riña -no muy agria- entre un niño español y un morito, ambos de nueve o diez años. Jugaban a la pelota y el indígena, para chinchar un poco, espetó la consabida pulla: «Vosotros habéis venido de África», a lo cual replicó el otro, sin duda bien aleccionado, «Nosotros no hemos venido de África, hemos venido del sur de Andalucía». Por fortuna, el lance no pasó a mayores, ellos siguieron con su juego y yo con mis reflexiones sobre lo que está sucediendo en la comarca, tan lejano y tan ajeno a las preocupaciones de los políticos. La pregunta inmediata es: ¿de dónde sacó el chico inmigrante una respuesta tan elaborada y cargada de una intención que, probablemente, el español ni olió? Tal vez de las nostalgias de al-Andalus que se martillean en las escuelas árabes, en caso de que fuese a la escuela en su país; muy posiblemente de sus mayores, que realimentan la quimera de su propiedad moral sobre el sur de España; quizás de algún maestro hispano con el pecho henchido a reventar de sueños morunos de guardarropía; o un poco de todos. Pero que ellos sean los verdaderos propietarios de la tierra entraña un corolario automático: luego nosotros somos usurpadores, con las consecuencias previsibles y merecidas por quien obra mal.

ABC de 7 de julio pasado recogía en un reportaje el adoctrinamiento a sus hijos de un emigrante marroquí, de paso para el Estrecho. Al parecer, el hombre «con voz temblorosa les explicaba que los olivos que veían en la colina habían sido plantados por sus abuelos. ¿Ves, Suhail? Todo esto que vemos fue nuestro». Como no es fácil que alguien llamado Abd el-Jaleq tenga abuelos -verdaderos, no metafóricos- de La Carolina, Bailén o Campotéjar, debemos admitir que el emocionado viajero se iba por el lado de la lírica, en espera de que llegue el tiempo de la épica. Y es por completo inútil explicarle que el acebuche es planta autóctona de la Península, que el cultivo racional del olivo lo introdujeron y desarrollaron los romanos o que las plantaciones masivas -y el consumo generalizado- son posteriores a la Reconquista. Y mientras el asunto permanezca en términos de melancolías y ensueños, bien va la cosa, hasta que se empiece a dar el paso hacia conclusiones prácticas y acciones concretas, un paso que ya han comenzado a dar los islamistas.

Sin embargo, no podemos responsabilizar tanto a los árabes por querer cumplir su papel y buscar su interés, como a quienes desde nuestra sociedad ríen y jalean estas gracias. A principios de los ochenta se puso de moda en medios institucionales y progres andaluces referirse a Marruecos como «Andalucía Sur», con vistas, sobre todo, a realizar negocietes allende Gibraltar: «Los franceses se están poniendo las botas con la construcción en este país», me comentó en Marrakech, con envidia admirativa, un dirigente socialista sevillano. Naturalmente, si se les retrucaba que, entonces, Andalucía era Marruecos norte, la broma ya no les parecía tan divertida. Y es que están arando en el mar, pero lo saben y no les importa nada. Es un secreto a voces que ni al-Andalus fue un paraíso ni las menguadísimas pervivencias musulmanas en España dan para el carnaval mediático y propagandístico que sufraga -es decir, sufragamos- la Junta de Andalucía: penúltima estación, por ahora, la Fundación Barenboim. Y querrían que a quienes denunciamos estos abusos conceptuales y prácticos se nos amordace y postergue, o que asumamos y aceptemos lo que yo llamaría el «síndrome de Pármeno». Sabido es el enojo de Calixto contra su servidor cuando éste intenta alertarle sobre el riesgo de andar en la pésima compañía de Celestina: «¡Palos querrá este bellaco! Di, mal criado, ¿por qué dices mal de lo que yo adoro?». Porque el amo, cegado de mal de amores, sólo escucha a Sempronio, que le dice cuanto él quiere oír. Entre nosotros abundan los Sempronios, especialistas en lisonjear los oídos de la gente, y hasta han presentado la fuga de Iraq como un acto heroico cuando sólo es una muestra de irresponsabilidad colectiva bien interpretada y aprovechada por Rodríguez. Aquí y ahora, la figura de Calixto está encarnada en nuestro país, y podemos -o no- defender los derechos humanos, civiles y políticos y la convivencia en libertad de aborígenes y recién venidos, y mantener la lucidez suficiente que nos permita informar a nuestra sociedad y difundir unas nociones mínimas de respeto sobre nosotros mismos.

No podemos cambiar la Geografía, pero sí ser conscientes de que la buena vecindad no tiene por qué lograrse a cualquier precio. Unas relaciones en las que sobran mamarrachadas como el referéndum sobre el Sahara promovido por Chaves en 2001 y que precipitó la retirada del embajador de Marruecos, aunque el eterno presidente andaluz y su partido corrieron a ponerse del lado marroquí contra nuestro gobierno central. Pero también están de más exposiciones de dibujitos que nada resuelven y a nadie interesan y tantas buenas palabras de condolencia cuya sinceridad sólo Dios conoce. Seguimos en las piruetas folklóricas que suplantan al entendimiento y el respeto mutuo a largo plazo: mandar tropas a Haití -de donde salieron los colonos españoles expulsados por los bucaneros franceses ¡en el siglo XVII!- en alegre compañía con marroquíes sólo es un triunfo de Francia, olvidarse del Polisario (y del referéndum de 2001) y de los tiernos fuegos de campamento en Tinduf, también. De Marruecos debemos esperar acciones muy concretas: cortar el tráfico de drogas y emigrantes ilegales por la parte que les toca, que es mucha; renunciar de modo expreso y con garantías a la anexión de Ceuta, Melilla y las aguas territoriales canarias; acordar de manera satisfactoria la explotación de la pesca en las aguas que se adjudicaron unilateralmente..., porque es más expresiva de la realidad de las relaciones entre ambos países una sola imagen de los pescadores de Barbate en paro que todos los llantos por al-Mu ´tamid y su cadena en Agmat, lo cual tampoco fue como para cubrirse de gloria.

Pero volvamos a Marruecos norte. Rodríguez y su ministro de Exteriores van a erradicar las tensiones mediterráneas y como primer paso proponen una conferencia sobre el antisemitismo para el 2005 en Córdoba, por aquello de haber sido la cuna de Maimónides y conmemorarse los ocho siglos de su muerte. Que Dios nos pille confesados ante tal tabarra y, al tiempo, que mejore las bibliotecas de estos próceres. No ya porque el gran rabino falleciera en 1204, sino porque él y su familia fueron forzados a islamizarse, a escapar a Fez, donde también sufrieron malos tratos y, finalmente, a refugiarse en El Cairo, donde Maimónides retornó al judaísmo siendo procesado por ello. Sus epístolas a los judíos del Yemen y sobre la apostasía reflejan bien sus sufrimientos en el darislam. La elección del lugar y el momento parece, pues, perfecta, porque Moratinos y su corte de sabios incensadores no van a permitir que unas realidades históricas inoportunas vengan a estropearles sus festejos. El pasado no fue como fue sino como ellos quieren -y les conviene- que fuese. Por tanto, prepotencia y desprecio para las opiniones contrarias o, simplemente, ajenas.

Y terminamos con palabras de Pármeno, el de la lealtad frustrada: «Por ser leal padezco mal. Otros se ganan por malos; yo me pierdo por bueno. ¡El mundo es tal! Quiero irme al hilo de la gente, pues a los traidores llaman discretos, a los fieles necios». El criado fiel acabó doblegándose ante la inconsciencia de su señor y beneficiándose de ella. Tampoco faltan de esos entre nosotros, pero está por ver que lo hagamos todos.

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