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Qué cruz

Un apetito de autodestrucción se enseñorea de nuestra época. Como los alacranes que se clavan su propio aguijón y agonizan víctimas de su propio veneno, diríase que los europeos hubiésemos decidido aniquilarnos, renegando de nuestras raíces, marginando y olvidando la herencia histórica que nos constituye. Este apetito autodestructivo halla su más triste y contumaz expresión en el afán por borrar de nuestra memoria el legado moral y cultural cristiano, que de vez en cuando propicia episodios tan chuscos como el que hace un par de días asaltaba los titulares de prensa. A requerimiento de un padre que se negaba a que sus hijos asistieran a clase mientras las paredes de las aulas ostentaran símbolos cristianos, una circular de la Junta de Andalucía ha ordenado retirar los crucifijos de una escuela de Baza, erigida paradójicamente bajo la advocación de San Juan de la Cruz. Quizá mañana ese mismo padre, u otro cualquiera, reclame que le cambien el nombre a la escuela; y quizá la autoridad incompetente acceda a la petición, evacuando otra circular que prohíba a las escuelas públicas cualquier mención o referencia al cristianismo.

Mientras leía esta noticia han acudido a mi memoria aquellos emocionantes versos de León Felipe, que desde luego no era el prototipo del poeta meapilas: «Más sencilla, más sencilla. / Sin barroquismo, / sin añadidos ni ornamentos, / que se vean desnudos / los maderos, / desnudos / y decididamente rectos. / Los brazos en abrazo hacia la Tierra, / el astil disparándose a los cielos. / Que no haya un solo adorno / que distraiga este gesto, / este equilibrio humano / de los dos mandamientos. / Más sencilla, más sencilla: / haz una cruz sencilla, carpintero». En la belleza elemental y escueta de un crucifijo León Felipe descubría algo más, mucho más, que un mero cachivache religioso. Ni siquiera necesitaba la luz de la fe para entender que en esos dos maderos cruzados se compendia la historia del género humano, con toda su genealogía de debilidad y grandeza, dicha y dolor. La cruz, epicentro de la iconografía cristiana, es también un emblema formidablemente humano: en ella quedan compendiadas todas las barbaries que el hombre ha perpetrado, desde el asesinato de Abel hasta cualquiera de las matanzas de inocentes que hoy diezman la humanidad. En el símbolo de la cruz queda expuesta la odiosa capacidad del hombre para asesinar lo mejor de sí mismo; y también su feroz anhelo de rebelarse contra la muerte.

«Los brazos en abrazo hacia la Tierra, / el astil disparándose a los cielos». En estos dos versos de León Felipe se cifran las dos vocaciones más nobles del hombre: una vocación de piedad, de entrega y donación al que sufre; una vocación de trascendencia que nos empuja a levantarnos siempre sobre el barro del que estamos hechos. La cruz se erige así en un aldabonazo para nuestras conciencias, tan olvidadas con frecuencia del sufrimiento humano, tan olvidadas también de ese soplo misterioso que cada día nos invita a resucitar. Durante veinte siglos, la cruz ha sido el refugio de la belleza, el trampolín que ha impulsado las más perdurables creaciones del arte y el intelecto; también, es cierto, el espantajo que algunos ha enarbolado para justificar sus crímenes. Veinte siglos de cultura occidental se resumen en esos dos maderos «desnudos y decididamente rectos»: veinte siglos de conquistas que enaltecen la historia humana; veinte siglos de crueldad que un hombre entreverado de Dios nos invita a detestar. En la cruz, «equilibrio humano de los dos mandamientos», está todo lo que somos, todo lo que anhelamos ser, todo lo que nos avergüenza haber sido.

Al retirarla de una pared sólo afirmamos un afán suicida de caminar hacia la desmemoria, hacia la disgregación, hacia una nada voraz y suicida.

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