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Algo más que palabras. La buena estrella de los Reyes Magos

Desde muy antiguo, el tema de los Reyes Magos ha sido motivo de literaturas y representaciones por gentes cultivadas en las letras y el arte. Fueron descritos o retratados habitualmente en número de tres; otras veces, cuatro; y, excepcionalmente, en número de dos. La lección importante es que cada uno de ellos, con su libre corazón, decidió ponerse en camino siguiendo la buena estrella. Cuentan los evangelistas, que tuvieron que lanzarse con coraje por caminos desconocidos y emprender un largo viaje nada fácil. Reproduciendo aquellas caminatas, también nosotros hoy en día tenemos esos mismos trotes, somos continuos y constantes viajeros por naturaleza.

Ahora bien, lo fundamental del fascinante viaje es saber mirar y ver, sobre todo con las gafas del alma para coger la auténtica ilusión, no vayamos a tomar un sucedáneo que no es lo mismo. Díganme pues: ¿cuántas veces no vamos a ninguna parte, andamos perdidos o tomamos la dirección contraria a la buena estrella? A mi juicio, pienso que es fundamental poder discernir en libertad, con la poca que a veces nos dejan en la atmósfera, —¡qué difícil se hace en ocasiones respirarla!—, y emprender marchas que no sean sólo vivir para sí, en un mundo de cosas como leones en cautividad, sino para compartir sabidurías que nos lleven a descifrar este mundo de signos y símbolos, al igual que a distinguir las estrellas de los estrellazos.

Los Reyes Magos llegaron a Belén porque se dejaron guiar dócilmente por una estrella que les llenaba de inmenso gozo. Cuando se es consciente de ser guiado por la verdad, al igual que el artista experimenta la alegría tras la obra realizada con lucidez e ingenio, los caminos de la vida también se allanan porque respiran belleza. Quizás más que nunca, o por lo menos igual, necesitamos ser tocados por la luz que nos lleve a encender con buen tino y mejor tono, a esta humanidad de las nuevas tecnologías de la comunicación y de las innovadoras promesas de la genética, lo que puede apagarnos como seres humanos.

Se nos dice, que entraron en la casa —los Reyes Magos— y que vieron al Niño con María, su Madre. ¿Habrá signo de amor más grande? Estoy convencido de que solamente una vida vivida en el amor, es la que merece la pena vivirse. Todavía, a pesar de los avances, necesitamos esa buena estrella que nos abra la puerta del corazón al mundo, porque aún hay gentes que viven en chabolas, que se mueren en la indigencia, en este tiempo de abundancia y de lujosas mansiones, que sufren malos tratos —sobre todo mujeres—, que son esclavizados, explotados y ofendidos en su dignidad. Pensemos, asimismo, qué se puede hacer para dar otra vida a los que engatusados por viciosas luces, a los que se han confundido de lucero. Quizás seamos un poco, o un mucho, culpables todos; toda esta ciega aldea global de reinados y gobiernos que no toma el reino del amor como astro de vida.

Los Reyes Magos abrieron sus cofres y le ofrecieron — al Niño— dones de oro, incienso y mirra. Siguiendo esa misma huella histórica, pienso para el momento presente: ¿por qué no ofrecer el oro de nuestra vida a la vida misma, el incienso del poético beso enamorado para alabanza del amor y la mirra de la gratitud a quienes nos dieron la existencia? Desde luego, necesitamos este baño de esperanza para hacer frente a tantos desconsuelos, porque la vitalidad se revitaliza mucho más que en la capacidad de persistir, en la de volver a empezar. Y en este sentido, nos hace falta recomenzar con buena estrella el 2007. Como siempre, lo tenemos complicado, que no digo imposible. Apremia detener los pasos de los que siembran el terror y retener la furia de agresiones que, en plena calle y a pleno sol, se producen; y con qué descaro se reproducen a diario. Nos merecemos otra seguridad. Por desgracia, nadie está libre de ser asaltado por muy gigante que se crea.

Sólo la buena estrella de los Reyes Magos puede volver a ilusionarnos, convirtiéndonos en el niño que todos llevamos dentro; un sueño que vale un universo, cuando toma de la mano a la realidad. Una vida que será la que nosotros queramos que sea. La solución de los problemas no está en seguir a los falsos mitos del éxito y del poder o en dejarse seducir por la legión de autosuficientes. Hay que escapar de esta canallesca ficción de aduladores que, más pronto que tarde, nos llevarán a otro calvario, el de la desgana, para ganarnos para sí y movernos a su antojo. Yo prefiero el trabajo, el cansancio, el dolor y el entusiasmo, por muy cruz que parezca, pero enseña a vivir. Ya saben: no se vive si no se sabe.

El Evangelio precisa que, después de haber encontrado al Niño, los Reyes Magos regresaron a su país por otro camino. Tal cambio de ruta puede simbolizar la conversión a la que están llamados los que encuentran la buena estrella. Todos podemos hallarla, y sería bueno que la hallásemos, sólo hay que buscarla con el empeño de la paciencia. Una transformación que ahora —entiendo— nos vendría de perlas para hacer el corazón más los unos con los otros, para dar entusiasmo y darlo en abundancia con más orden y menos locuras. Los desórdenes, tan propios del mundo actual, lo único que hacen es generar, en esta galopante mutación que percibimos, contradicciones y desequilibrios de resultados catastróficos; puesto que alimentan hostilidades, alientan conflictos y avivan desgracias, de los que la especie humana, es a la vez, rey y verdugo.

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