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Pablo Cabellos Llorente
Para ser católico
Parece obvio que ser católico es confesarse y vivir como seguidor de Jesucristo. Las diferencias comenzarían al explicar cada uno en qué consiste tal tarea, es decir, qué debe creer, qué debe vivir, de qué manera, con qué medios. En una de sus obras de tema litúrgico, el cardenal Ratzinger evocaba una conferencia pronunciada —1989— en los cursos de verano de la Complutense sobre el tema «Jesucristo hoy». Es cierto que Jesús de Nazaret vivió una época concreta de la historia, pero no lo es menos que la fe católica enseña que Cristo resucitó y vive. Como dice la Escritura Jesucristo es el mismo hoy y ayer y siempre. No obstante, el cardenal hizo el esfuerzo de sintonizar con las sensibilidades del momento: el Cristo liberador, el de la opción por los pobres y el pacificador reclamado por un mundo de guerras y muerte. Narra que encontró esa trilogía en las palabras recogidas por el Evangelista Juan con las que Cristo se proclama Camino, Verdad y Vida.
Cristo camino hacia la liberación implica el seguimiento del que es verdadero Dios y verdadero hombre en el éxodo hacia la única libertad. La pérdida de la divinidad sumergiría en una especie de arrianismo, que podría conducir a negar la plenitud de la revelación que hace Cristo precisamente por ser Dios, sería superflua la fe y se abre la posibilidad de una religión a la carta, que no ve la necesidad de vivirla en la Iglesia y de seguir su función magisterial. La fe expresada en el Credo sería relativizada como algo inaccesible porque un Dios que no es Dios no sirve para nada, no revela nada ni libraría de nada, y menos del pecado, objetivo de su venida al mundo. Y sin la liberación del pecado, cualquier otra es vacía, banal. Ese es el error de la teología de la liberación, enraizada en el marxismo, que pierde la perspectiva trascendente y queda en un mero empeño humano, con frecuencia promotor de lucha de clases. Ser cristiano es creer plenamente en Cristo Dios y hombre y, por tanto, seguirle buscando la identificación con Él. Sólo eso libera. Un Cristo reducido o mutilado no es camino.
Pero si descuidamos su dimensión humana, incurriríamos en el error del monofisismo, consistente en negar al Redentor una naturaleza humana propia. Si la postura anterior podría llevar a la pérdida de fe y a reducir al cristianismo a un humanismo, la que resta a Cristo su Humanidad conducirá a un espiritualismo desconectado de las pequeñas o grandes realidades cotidianas, que la Encarnación ha asumido e integrado en la Salvación. Con Cristo hombre, podemos amar el trabajo y el descanso, la alegría y las lágrimas, la salud y el dolor, la familia y la amistad; y todas las virtudes humanas que Cristo diviniza. Lo deja claro, en el siglo V, el Concilio de Calcedonia con la fórmula de las dos naturalezas de Cristo unidas «sin separación ni fusión» en la persona del Verbo. Tampoco un hombre que no es hombre habría padecido y muerto realmente por nosotros en una locura de amor.
Cristo Verdad. «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la ti