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El fracaso de la voluntad

El evento revitaliza el debate existente entre modernización y modernidad

Todos nos hemos estremecido recientemente ante las imágenes de la agresión sufrida en el metro de Barcelona por una joven ecuatoriana. La actuación del agresor fue absolutamente impulsiva. Le apeteció pegarla y lo hizo. Pocas cosas causan tanto malestar e inquietud como aquellas crueldades cometidas de forma innecesaria e inexplicable. Una acción dañina producida sin motivo alguno debería ser, en principio, reflejo de algún tipo de patología. La capacidad de autocontrol tiene su origen en una parte del cerebro que desempeña un papel central en la autodisciplina, en el control ejecutivo, en el aplazamiento de la recompensa, en la capacidad de planear a largo plazo y en poner freno a los impulsos repentinos: la corteza frontal. Lo hace enviando proyecciones inhibitorias a los estimulantes inputs del sistema límbico, un sistema cerebral más profundo y antiguo que tiene que ver con la emoción y la impulsividad. El neurólogo Sapolsky nos muestra cómo una persona con la corteza frontal destruida (por ejemplo, por un accidente) se transforma en un ser sexualmente desinhibido, hiperagresivo y socialmente inoportuno.

Pero, por desgracia, la realidad nos muestra cómo cada vez son más los jóvenes que, aun estando perfectamente sanos, tienen esta forma de actuar. No hay mediación entre el deseo y la acción. Su actuación es compulsiva. Si me apetece romper algo, lo rompo; si me apetece pegar a alguien, lo hago; si quiero insultar a mis padres, les insulto... Jóvenes incapaces de controlar su conducta impulsiva, lo que les trae constantes problemas en su casa, en la escuela y en la sociedad en general. Este asunto tiene una enorme relevancia social y personal, ya que muchos expertos coinciden en que la impulsividad es un factor que aumenta la probabilidad de comportamientos delictivos, antisociales o criminales.

Nos encontramos sencillamente ante lo que José Antonio Marina identifica como un «fracaso de la voluntad». La educación de la voluntad debería empezar desde el momento en que nuestros hijos llegan al mundo, frustrando muchas de sus apetencias y deseos. Sin embargo, como afirma Levi-Strauss, «nuestros hijos nacen y crecen en un mundo hecho por nosotros, que se adelanta a sus necesidades, que previene sus preguntas y les anega en soluciones». Tienen de todo sin necesidad de esfuerzo y cambian sus cosas a la misma vertiginosa velocidad que sus gustos o aficiones. Los malcriamos en la cultura del zapping; acostumbrados a picotear aquí y allá un poco de todo sin que nada les satisfaga, sin ser capaces de acabar lo que comienzan, de leer un libro por completo, escuchar una canción o ver una película de principio a fin. Actúan impulsivamente en busca de satisfacciones que nunca llegan.

Varias experiencias científicas demuestran que los niños con temprano dominio de sí mismos más adelante son jóvenes de mayor éxito académico y personal. Es conocido el estudio realizado por el doctor Mischel en la Universidad de Columbia con niños de cuatro años a los que se les dio un bombón que no debían tocar mientras el profesor se ausentaba unos minutos. Los niños que resistieron tan apetecible tentación luego se convirtieron en adolescentes felices y brillantes en sus estudios. Es preciso aprovechar al máximo los años de la infancia y adolescencia, ya que, como muestran recientes investigaciones, en esta etapa, el cerebro todavía se está desarrollando, es adaptable y necesita ser modelado, resultando un momento óptimo para el fortalecimiento del control interno. Los niños necesitan aprender a controlar conductas impulsivas y a inhibir reacciones emocionales ante determinados sucesos. Pero, para ello, de nada sirven las terapias, medicamentos o mágicas asignaturas teóricas de educación cívica. La única vía realista para tener éxito es, como enseñó Aristóteles a Nicómaco, la adquisición de virtudes hoy en desuso y desprestigiadas, como: la fortaleza y la templanza, una palabra que en griego significa literalmente «protección de la inteligencia». Éstas implican, entre otras cosas, la capacidad de restringir las propias apetencias en aras de las de los demás y aplazar o templar la satisfacción de algunos placeres inmediatos en vistas al cumplimiento de objetivos recomendables a largo plazo. Y todas ellas requieren para su adquisición ser ejercitadas habitualmente, es decir, mediante la repetición de las mismas.

Los hábitos son la única forma razonable de convertir a un niño en un hombre virtuoso y con dominio de sí mismo. Las habilidades adquiridas con el esfuerzo reiterado día tras día, acaban por quedar integradas en su conducta y son realizadas ya de forma espontánea, sin apenas sufrimiento o esfuerzo. Para ello, el niño, desde la cuna, necesitará que los adultos le impongan normas de conducta, obligaciones y prohibiciones claras que le indiquen por dónde ir. Como afirma el pediatra Aldo Naouri: «Los bebés llorarán si no se quedan saciados. Es cierto. Pero seguro que no por mucho tiempo. Esta frustración formará para ellos la base de su educación futura. La ecuación (educar=frustrar) se verifica siempre y desde la más tierna infancia».

El pequeño disgusto que representan las frustraciones diarias merece la pena a largo plazo al instaurar, mediante capas sucesivas que se añaden unas a otras, una percepción mucho más segura del mundo y en absoluto traumatizará a los muchachos, antes al contrario, ayudará a la correcta configuración de su carácter como personas maduras, responsables y, en consecuencia, libres, pues, como nos recuerda Baltasar Gracián,«no hay mayor señorío que el de sí mismo».

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