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Individualismo

La mujer y el hombre son socios de una comunidad y deben potenciar su libertad

Cuando te encuentras en el fondo de un agujero, lo primero que tienes que hacer es dejar de cavar. Si te dedicas a asegurar las paredes, mientras sigues profundizando con pico y pala, el problema se hace cada vez mayor. Y esto es lo que acontece con la crisis. Casi nadie se atreve a intentar diagnosticar la enfermedad que aqueja a la economía de los países avanzados. Aunque algunos vislumbren de dónde viene la patología, no se arriesgan a identificarla, porque hoy día decir la verdad resulta peligroso.

Recuerdo que, hace quince años, uno de los economistas y empresarios más sólidos de este país nos explicó a los componentes de un grupo interdisciplinar cuáles eran los peligros que acechaban al mundo de los negocios. Apuntó resueltamente al desequilibrio entre la economía especulativa y la economía real. Los números que exhibió eran, ya entonces, de vértigo. Y empezaba a configurarse toda esa parafernalia de ficciones financieras que acaban de hacer implosión. Cuándo, harto inquietos, le preguntamos por el modo de evitar el cataclismo social que el colapso económico traería consigo, no dudó en hablar de la concepción misma de la economía y en denunciar el olvido de su fundamentación ética.

Por aquellos años, el entusiasmo neoliberal estaba en su cenit, y recurrir a la ética y a la responsabilidad ciudadana sonaba a música celestial. Lo peor es que, después de que se estén cumpliendo con creces tales predicciones, la mayoría de los economistas y empresarios siguen en la luna. Continúan haciendo juegos de palabras con la desregularización y el intervencionismo, sin advertir que son las dos caras de una misma moneda. El Estado y el mercado forman una única tecnoestructura cuya sobrecarga produce un exclusivismo que es la clave del problema. Hay que salirse de ese discurso convencional, agotado y agotador. Cuando las cosas se ponen tan feas y no se ve el final del túnel, hay que ser radicales. Y lo más radical para el hombre es el hombre mismo.

La herida vieja de nuestra sociedad es el individualismo. Se concibe al ser humano como un fragmento de carne curvado sobre sí mismo, cuya única comunicación con sus semejantes responde al principio del placer y de la utilidad. Es el pragmatismo y el utilitarismo que marcan los angostos límites del actual modo de pensar, complementos decorativos aparte. Se ha olvidado que la socialidad no consiste en emitir pseudópodos al exterior, hacia ese conjunto de consumidores, fabricantes e intermediarios que integran la sociedad de consumo. La mujer y el hombre no es que sean sociales, es que son socios natos de una comunidad en la que han de potenciar su libertad solidariamente. El individualismo es una ficción. Y esa ficción se ha tornado inhabitable. Y cada vez será menos vividera.

En la base del individualismo se encuentra el egoísmo, que es el único posible resultado del materialismo. Si lo que rige es la ley de la selva, por la que se puede liquidar a los más débiles, fabricar y eliminar seres humanos por procedimientos arbitrarios, para —según se dice— respetar a la ciencia, el abismo está muy próximo y nos encontramos en disposición de dar un decidido paso hacia delante.

¿Cuál es la solución? El realismo: aceptar las cosas tal como son. Lo cual no equivale a olvidarse del progreso. Significa avanzar por tierra firme en lugar de lanzarse al vacío. Volvamos a la verdad, que localiza la plenitud humana en el conocimiento y el amor, no en la acumulación de riquezas. El economicismo es un error de bulto, fácilmente reconocible por su carácter autodestructivo.

Lo más brillante que se les ha ocurrido últimamente a las luminarias del Gobierno y de la oposición ha sido repetir el tópico de ajustar el modelo económico para encaminarnos decididamente hacia la sociedad del conocimiento. Para ello, la primera medida visible ha sido dar un espectacular corte —y no sólo en la Comunidad de Madrid— a los presupuestos de las universidades, mientras siguen proliferando los festivales de músicas disparatadas y las auto-subvenciones a la cultura oficial. Sugiero modestamente abrir una moratoria al vocerío y ponernos a pensar. Es gratis y no hace daño.

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