conoZe.com » Leyendas Negras » Origen de la Leyenda Negra » Arbol de Odio » PARTE I.- Dimensiones de la Leyenda Negra » Capítulo II

La dominación española en América

El hecho de que España gobernase seriamente y con hondo sentido de responsabilidad una gigantesca parte del Nuevo Mundo, durante unos tres siglos, de ordinario se pasa por alto en nuestros libros de texto y en ía literatura popular. Esta defectuosa perspectiva, nace generalmente de:

  1. Crasa ignorancia;
  2. Atención desmesurada a la Conquista que, con sus episodios novelescos, las crueldades sangrientas, la búsqueda del oro, capta más vivamente el interés;
  3. La atención abrumadora dada al movimiento de independencia hispanoamericano —se parece más a nuestra experiencia histórica, está más cerca a nuestros días y envuelve las emociones de rebelión y guerra, aparte de proveer excelentes oportunidades para sermones sobre la libertad frente a la tiranía española;
  4. El distrayente romanticismo de la piratería, las rivalidades internacionales y las luchas en el Caribe —los Lobos de Mar Isabelinos, Morgan, los bucaneros, etc.;
  5. El cegador efecto del poderío de los Estados Unidos en tiempos más recientes, que desenfoca nuestra visión histórica del hemisferio para hacer que nuestro propio pasado aparezca desproporcionadamente grande e importante, en comparación con cualesquier otro; y
  6. El haber centrado nuestro interés principalmente en las áreas periféricas del Imperio Español que más tarde llegaron a formar parte de nuestro propia nación.

Cuando saltamos, tal como hacen frecuentemente nuestros textos escolares, desde Cortés a Miguel Hidalgo, desde Francisco Pizarro a José de San Martín y Simón Bolívar, o desde Francisco Vázquez de Coronado a El Alamo (*), con sólo alguna que otra frase sobre la tiranía española, el buen padre Junípero Serra, el exclusivismo comercial, la esclavitud de indios o la censura de la Inquisición, perpetuamos una aberración histórica en gran escala. Es más, esto constituye una patente injusticia contra España y un perenne insulto a los hispanoamericanos. Por ello, los puntos de vista de nuestros estudiantes del Mundo Hispánico, están casi siempre caracterizados por un abismo de ignorancia y una corrosiva deformación.

Este no es lugar apropiado para hacer un resumen de la historia imperial de la América española, ni es tampoco el fin que aquí se pretende. Pero serán de ayuda ciertas observaciones sobre los malentendidos más usuales tocantes a este período, para poner de relieve lo mucho que nos ha influenciado la Leyenda Negra. Hecho ésto, podremos comprender mejor el significado del «furor loquendi, furor scribendi» que engendró esta aberración.

La gran cantidad de literatura polémica sobre la Conquista, arroja poca luz sobre la totalidad de la acción española en América. Esta materia controversial se refiere principalmente a las primeras décadas de las relaciones hispano-indias y, desde luego, ésta fue la peor época en cuanto al severo tratamiento dado a los indios. Las Casas trató exclusivamente sobre ésto y, puesto que es el autor más conocido, su discutible versión de la lucha —despiadados buscadores de oro contra inocentes y pacíficos aborígenes— llegó a ser,ipso fació, la base más popular para caracterizar, o simplemente descartar por completo, los siglos subsiguientes de dominación hispana. Esto produjo la impresión de que el largo dominio de España fue, sencillamente, una continua lucha y una matanza sin fin, y esclavitud de indios, falsa perspectiva que ha sido fundamento para un masivo complejo de hispanofobia.

(*) En el fuerte llamado El Alamo en San Antonio, Tejas, un contingente de 200 téjanos, de origen anglosajón en su mayoría, opuso tenaz resistencia a un ejército de 5.000 mejicanos al mando del General Santa Anna. El día 6 de marzo de 1836, los sitiados fueron vencidos y muertos hasta el último hombre. El grito de «Recuerden El Alamo» que siguió a esta derrota, estimuló en no poco la simpatía de los «gringos» por la rebelión tejana contra Méjico, al mismo tiempo que provocó profunda animosidad contra la gente mejicana, animosidad que alimentó el espíritu guerrero en la subsecuente guerra con aquél país vecino (1846-1848).

El episodio de El Alamo vino a simbolizar la inquina, ya de larga vida, que ha existido entre mejicanos y angloamericanos, en la misma forma que, años más tarde, el grito de «Recuerden al Maine» contribuyó al ardor guerrero de los Estados Unidos contra España en 1898 (ver pp. 159-164). Este encono tenía raíces en la Leyenda Negra, que nos legó el tradicional antagonismo inglés hacia el tipo hispano-católico [P. W. P.].

La versión vulgar y simplista del reinado de España en América, como época de tiranía y pillaje, esclavitud, tributación desangrante y obscurantismo, no está de acuerdo con los hechos. El gobierno español, a lo largo de este período, fue generalmente más benigno que lo han sido la mayoría de los gobiernos hispanoamericanos posteriores a la separación de España. De no haber sido así, la dominación española no hubiera tenido tan larga vida.

Una de nuestras distinguidas autoridades en esta materia, el catedrático Lesley Byrd Simpson, escribe:

«Considero que la capacidad media de los virreyes de Nueva España [Méjico] era tanta, que ningún país, a mi juicio, fue más afortunado con sus gobernantes. Nueva España tuvo muchas cosas en su contra ... pero disfrutó una larga vida (¡300 años!) de relativa paz, estabilidad y prosperidad, en marcado contraste con las pendencieras naciones de Europa. Algunos de los hombres que hicieron ésto posible, merecen ser conocidos» [17].

Un erudito inglés, Ronald Syme, dio a entender hace poco algo similar en un enfoque más amplio:

«A pesar de las desventajas geográficas y de las distancias, España fue capaz de mantener sus extensos dominios durante tres siglos, y les dio el sello indeleble de su lenguaje, pensamiento e instituciones. Esa hazaña merece más honor del que comúnmente se le ha otorgado, y una más profunda investigación» [18].

El concepto básico del Imperio Español, no fue lo que nosotros llamamos hoy día «colonial». Más bien puede calificársele como el de varios reinos de ultramar oficialmente equiparados, en su categoría y dependencia de la Corona, con los similares de la Madre Patria. En la práctica, los peninsulares consideraban a los nacidos en América, de sangre hispana, como inferiores, y ésta fue la causa de frecuentes antagonismos entre «coloniales» y «europeos», factor importante en las guerras de independencia.

Al criterio de equiparación responde una transferencia, virtualmente libre, de la cultura europea a la América Española, y del generalmente afortunado esfuerzo para hacer llegar a las posesiones de ultramar la civilización metropolitana. Aún más: se da a veces la curiosa paradoja de que ciertos impuestos en el Nuevo Mundo fueron menos onerosos que en España misma [19]. También se observa el hecho de que la vida en América era con frecuencia más fácil, o más próspera, que en muchos lugares de la Península, donde la pobreza era pan de cada día. Por lo que se refiere a comida, por ejemplo, los hispanoamericanos, de cualquier nivel social, tenían posibilidades tan buenas o mejores que las de sus correspondientes españoles o europeos. Aún sus clases más bajas vivían mejor que muchos de los labriegos de Europa.

Había, naturalmente, abusos por parte de los gobernadores, y gran cantidad y variedad de males característicos de una vasta burocracia, colesterol de todo imperio. Se cometieron crímenes de todas clases, como puede esperarse en un dominio de tal magnitud y tan larga vida, pero también existía una maquinaria judicial y legislativa para castigar tales abusos. Lo más importante, es el hecho de que las normas de legalidad y aplicación de las leyes estuvieran vigentes como en otras sociedades civilizadas. En general, la Corona no intentó imponer en América algo extraño o inferior a lo que regía en la Península. Los impuestos, ordenanzas municipales, estatutos universitarios, legislación criminal y civil, justicia, fomento de las artes, sociedades benéficas, prácticas comerciales, etc. eran, mutatis mutandis, muy semejantes al uso español y a las normas de los estados europeos. Por ejemplo, en prácticas gubernamentales y privadas concernientes al bienestar público, hay abundante prueba de que las acciones de los españoles demostraron una consideración muy avanzada para su época; y este tema merece mucha más atención y honor del que ha recibido. Según un catedrático de Farmacología de la Universidad de Méjico: «Lima, Perú, en los días coloniales, tenía más hospitales que iglesias y, por término medio, una cama por cada ciento un habitantes, índice considerablemente superior al que tiene hoy en día la ciudad de Los Angeles [California]» [20].

La gran innovación fue, por necesidad, en lo relativo a asuntos indígenas. Tres siglos de tutela je español y de interés oficial por el bienestar del indio americano, es un record no igualado por otros pueblos europeos en el gobierno de gentes de cultura inferior (o considerados como tales) en sus tierras de ultramar. De todas las faltas, de todos los errores, de todos los crímenes cometidos y aún admitiendo los intereses prácticos y hasta egoístas de la Corona, España no necesita, en su comportamiento general con el indio americano, justificación ni excusa ante ningún otro pueblo o nación [21],

A la Inquisición española y a su estructura Iglesia-Estado, se les acusa de obscurantismo opresivo, de haber emponzoñado los tres siglos de dominio español y de haber incubado tantos de los males que aquejan hoy a las naciones hispanoamericanas. El prejuicio anticatólico que existe en nuestro país, hace este mito particularmente atractivo, y muchos latinoamericanos de los siglos XIX y XX han hecho gala de ello. Pero ningún investigador, familiarizado con la educación española y otros logros intelectuales en América —por ejemplo, educación del indio, promoción de la literatura, historia, investigaciones científicas, instrucción universitaria— suscribiría tal enjuiciamiento. El record español de unos veintitrés colegios superiores y universidades en América, con sus 150.000 graduados (incluyendo al pobre, al mestizo y a algunos negros), hace que la conducta de los holándeses más tarde en las Indias Orientales, y por tanto, en tiempos considerados más avanzados y propicios, aparezca, sin duda, con signos de franco obscurantismo. Los portugueses no establecieron una sola universidad en el Brasil colonial, ni tampoco en ninguna otra posesión de ultramar. El total de las universidades establecidas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia durante períodos más recientes de colonialismo afro-asiático, desmerece, sin duda alguna, al confrontarlo imparcialmente con el record anterior de España [22].

Sobre este tema, examinemos algunos comentarios del catedrático John Tate Lanning, de Duke University, nuestra primera autoridad sobre la cultura colonial hispanoamericana:

«Hasta hace una generación, la teoría de que todo producto intelectual europeo fue excluido de América por un celoso monarca y por la Inquisición, se aceptó sin discutirla. Pero ahora, ningún investigador de prestigio se pronunciaría sobre la abundancia de libros que existían en América, basados exclusivamente en la apre- ciable «Recopilación de Indias» o en el «Indice de Libros Prohibidos». La llegada de la Ilustración europea a Hispanoamérica, nunca fue tan obstaculizada como se deduce de los reglamentos y catálogos».

Continuando:

«Un intercambio literario, efectivo y relativamente sin trabas, con todo el mundo cultural, aparece ya en las tesis defendidas en las universidades [hispanoamericanas] hacia finales del siglo XVm. La censura de la Inquisición, bien arraigada y en vigor fue, todavía más que muchas otras aletargadas instituciones coloniales, esencialmente burocrática e ineficaz».

Asimismo dijo:

«Una grandiosa y tenaz injusticia, que brota de las tradiciones y emociones de los primeros historiadores nacionales [de Hispanoamérica], es la arrasadora condenación de la cultura colonial española calificada como tres siglos de teocracia, obscurantismo y barbarie» [23].

Incidentalmente, observemos que fueron ejecutadas en Hispanoamérica poco más de un centenar de personas como resultado de los procesos de la Inquisición, durante unos 250 años de existencia formal. A mi juicio, ésto resulta bastante favorable (si me perdonan la palabra) en contraste con la tortura y ejecución de católicos en la Inglaterra de Isabel (1558-1603): 130 sacerdotes y 60 seglares, cifra que se eleva a 250 si incluimos los que murieron en prisiones del Estado. El cálculo de muertes de los acusados de brujería en los estados alemanes, durante los siglos XVI y XVII, alcanza sobradamente a varios millares [24].

Este puede ser un momento tan adecuado como cualquier otro para añadir algo sobre la Inquisición española, en su faceta de actuación en América. No porque esta institución fuese acusadamente significativa en la historia total de estos territorios —en realidad no lo fue— sino por haber sido, durante tanto tiempo, punto de partida para prejuicios antiespañoles y porque ni fue, ni es hoy, cabalmente entendida.

Como antes se ha dicho, el número total de los ejecutados en nombre del Santo Oficio, fue pequeño. El empleo de la tortura física era relativamente infrecuente si se compara con el cuantioso número de los procesos, y se aplicaba bajo estrictos reglamentos, con garantías y condiciones más humanitarias que la mayoría de semejantes procesos judiciales requería en la Europa de aquellos tiempos. Gran parte de la jurisdicción del Tribunal se refería a asuntos que ahora corresponden a los juzgados civiles, tales como: bigamia, blasfemia, falso testimonio y otras inmoralidades como la perversión sexual. Debe también recordarse que en los siglos XVI y XVII, el período de mayor actividad de la Inquisición, la práctica de religiones disidentes era virtualmente sinónimo de traición, y ésto era cierto no sólo en España y sus posesiones, sino también en gran parte del resto de Europa. Así, los cripto-judíos, crípto-musulmanes y protestantes, eran vistos por las autoridades como traidores o agentes subversivos. A este mismo tipo de delincuentes pertenecían muchos de los que fueron ejecutados en las Américas [25].

El Santo Oficio, tanto en España como en América, estaba subordinado a la Corona. Salvo pequeñas excepciones, no tenía jurisdicción sobre los indios americanos. La censura de libros se ejercía principalmente en lo concerniente a literatura religiosa, sin que afectara de forma destacada a las principales corrientes por las que discurrían las bellas letras, obras científicas, etc. Como varios investigadores han demostrado, la censura, en general, no fue muy estricta ni exigente, y por ello su influjo sobre la totalidad de la cultura hispanoamericana fue relativamente ligero. Aun varios reconocidos enemigos de la Inquisición admiten que dicha institución trató el problema de la brujería con tino esclarecido, mientras en ciertas regiones de Europa se desencadenó una saña homicida en contra de la hechicería [26]. Una de las principales actividades de la Inquisición se desarrolló en la disciplina de eclesiásticos (por ejemplo, procesos sobre solicitación en el confesionario), actuando así como pantalla protectora del pueblo contra comportamiento tan dañino.

El famoso auto de fe, ceremonia de alta popularidad, fue literalmente un acto de fe público, proyectado para exaltar el patriotismo, como diríamos hoy en día. Lealtad hacia la fe era sinónimo de lealtad hacia la Corona, al Estado, al Imperio y a la Cristiandad. El catolicismo romano era en la España Cristiana una universalidad más aceptada que el protestantismo en la Inglaterra Isabelina o en las rebeldes provincias holandesas en tiempo de Guillermo el Taciturno. De esta misma forma, aunque algo más moderada, la celebración de nuestro 4 de julio (*), especialmente cuando tenía el fervor patriótico de tiempos pasados, o las más recientes reuniones llamadas «I-am-an-Amerícan Day» (día de proclamarse americano), colmaban de modo similar nuestros deseos de reafirmación patriótica.

(*) Fecha en que celebran los Estados Unidos su separación del Imperio Británico.

La Inquisición española, como veremos más adelante, soporta en gran parte el peso de la Leyenda Negra, por las siguientes razones:

  1. Sus pretensiones, métodos y poder, fueron fiera y escandalosamente exagerados, dentro de la general propaganda antiespañola de los siglos XVI, XVII y XVIII;
  2. El interés de la institución en la censura y en el ataque a la herejía protestante, ha sido aireado en forma desmesurada, si se compara con el resto de sus actividades;
  3. Los escritos sobre el Santo Oficio, casi siempre han sido de carácter sensacional, careciendo de objetividad y, sobre todo, son parcos en el uso de criterios comparativos tan necesarios para el justo entendimiento y comprensión del pasado;
  4. La práctica en boga, en especial desde el siglo XVIII, de condena automática o dogmática de la Inquisición española, basada no en el conocimiento, sino en el tendencioso prejuicio, en la santificada propaganda y el injusto, aunque popular, hábito de utilizar cánones de la post-Ilustración —en materias moralísticas, religiosas, racionalistas, políticas y humanitarias— para enjuiciar sucesos y hechos pre-Ilustración. De forma similar, la Ilustración condenó el «obscurantismo» de la Edad Media y calificó al «medievo» y «feudalismo» en términos de oprobio y pulverizó la religión revelada y la ley natural; así también los términos «Inquisición española» e «inquisidor», vinieron a ser sinónimos modernos para definir las más crueles opresiones. Quizás el más revelador de los estigmas, teniendo en cuenta el concepto iluminado de la Inquisición española en materias de brujería, sea nuestro hábito actual de emplear los términos «witch-hunting» (caza de brujas) e «inquisición» indistintamente.

Al llegar a este punto se me ocurre que, para rectificar algunos de los errores de la Leyenda Negra, uno de los mejores servicios que los investigadores podrían prestar, sería el hacer un estudio historiográficamente documentado y sin prejuicios, sobre la Inquisición española, estudio que fuera fácilmente accesible al mundo occidental. Como ejercicio de verdadera ilustración, no puedo imaginar una tarea más provechosa [27].

Próximo ya el fin del llamado período colonial, las universidades e institutos hispanoamericanos, tanto en el campo científico como en el de humanidades, se vieron muy influenciados por las corrientes del cambio intelectual en Europa. Por ello, entre los educados en tal ambiente, se fraguaron ideas y conceptos que en muchos casos condujeron o coadyuvaron al subsiguiente predominio de los movimientos independistas. Este ambiente cultural nació y se desarrolló bajo la égida y con el apoyo del gobierno español.

La extensa y culta literatura sobre el desarrollo americano bajo el dominio español, continúa incrementándose, hecho que de ordinario sorprende a los estudiantes universitarios y a los intelectuales de los Estados Unidos. Resulta increíble para algunos de ellos, que logros culturales, dignos de consideración intelectual en tiempos posteriores, hubieran podido ocurrir en un ambiente inquisitorial hispano-católico; sin embargo, si se observa la situación con un mínimo de lógica, no hay lugar para asombrarse. España, como debiera ser bien conocido, disfrutó de su Edad de Oro durante la mayor parte de los dos primeros siglos de su imperio en América, y no había razón para obstaculizar la transferencia de este incremento intelectual a los territorios coloniales. Y la verdad es que no lo hizo. Los españoles de América y sus descendientes, tuvieron acceso a los grandes avances intelectuales de España, y lo que es más, las universidades americanas fueron réplica de la de Salamanca, una de las más famosas de Europa. A través de la Madre Patria, les llegaron las corrientes intelectuales del resto de Europa, hecho que se produjo tanto en el siglo XVIII como en el XVI y XVII.

Casi toda la historia de España y de Hispanoamérica es un testimonio viviente de que los pueblos de origen español, tradicionalmente, no consienten una tiranía, que la mayoría, o al menos una gran minoría, considera insoportable. España gobernó en América durante más de tres siglos sin soldados profesionales o fuerzas militares establecidas, excepto en algunas plazas donde eran necesarias principalmente para repeler ataques extranjeros o protegerlas contra ataques indios. Durante este tiempo, no hubo rebeliones que indicasen un sensible grado de descontento con el gobierno de la Corona. Había, como era de esperarse, disturbios locales, conspiraciones y levantamientos que dejaron su marca en esta historia; pero, a excepción de algunas rebeliones estrictamente indígenas, se podían encontrar Peninsulares y Americanos en ambos bandos, y se limitaban a ámbitos de carácter regional, casi sin rastro de espíritu separatista. Aún cuando Napoleón invadió la Madre Patria, usurpó el trono y «agitó el árbol de la independencia», impulsando a los de América a tomar excepcionales medidas de tipo autónomo, la mayoría de ellos no intentó, en un principio, separarse de la Metrópoli. La idea de independizarse de la Corona creció con lentitud, a pesar de la desintegración de los valores tradicionales que caracterizó a esa época. La independencia vino a ser casi un hecho accidental, y hubo en ello factores de mayor importancia que la idea de una rebelión popular contra la tiranía y el obscurantismo. La fuerte propaganda antiespañola, nacida en círculos relativamente limitados, no obtuvo amplia popularidad en el comienzo. Después de varios años de ella, sazonados con sangrientos combates, cristalizó el odio dogmático y estimuló el entusiasmo por la independencia. Durante el período de la guerra y subsiguientes décadas, se produjo una abundante literatura de justificación con intenso colorido hispanofóbico.

En resumen, la evidencia presentada hasta ahora en eruditas monografías, artículos y publicaciones documentales, no permite que un observador imparcial califique aquellos tres siglos como de una tiranía singularmente opresiva o de un régimen de especial crueldad y obscurantismo. Hay todavía mucho que aprender y descubrir en la historia de aquellas centurias, pero ya está claro que eran demasiado complejas para encasillarlas en epítetos tan generalizados. Sobre todo, es absurdo el considerarlas como una simple continuación de la Conquista. Aun si aceptáramos como ciertas las atrocidades conocidas a través del Obispo Bartolomé de Las Casas y si se admitiesen como usuales en aquella época, seguiría siendo un error imperdonable el estimarlas como imputables a la totalidad de dichos tres siglos, como frecuentemente se hace. Y tal error se duplica al aceptar sin crítica la versión de Las Casas sobre la Conquista.

Bartolomé de Las Casas, héroe de los hispanófobos desde mediados del siglo XVI hasta nuestros días, es la persona más responsable de nuestros deformados puntos de vista sobre los españoles y su papel en América. Este obispo español, tan a menudo santificado en la literatura durante cuatro siglos y colocado hoy en un nicho de «santo» de la propaganda antiespañola, hizo más que cualquiera otro individuo para manchar el nombre de un pueblo y de una nación, la suya propia. Seguramente no fueron éstas sus intenciones, ya que no podía adivinar cuánto su trabajo iba a favorecer los propósitos extranjeros; pero sus escritos permanecen cerca del corazón y centro de la denigración de España. El es, entre otras cosas, un magnífico caso de estudio para valorar el daño que a largo plazo puede hacer un exaltado irresponsable, cuando es explotado por los fabricantes de propaganda dirigida contra su propia casa.

Notas

[17] Simpson, Many Mexicos, al principio del capítulo 6, titulado «Don Antonio de Mendoza».

[18] Colonial Elites: Rome , Spain and the Americas(The Whidden Lectures). London: Oxford University Press, 1958, p. 42.

[19] Por ejemplo, cuando el rey español introdujo la alcabala en México en la década de 1570, fue a un porcentaje mucho más bajo que en la madre patria (véase mi «Portrait of an American Viceroy: Martín Enríquez, 1568-1583», The Americas, XIV, p. 11). Arnoldsson, en suLa Leyenda Negra (pp. 40-41), indica que en el Reino de Castilla la norma de los impuestos era mucho más pesada que la de sus dominios en Italia. «Menos de una cuarta parte de los ingresos anuales del estado [mitad de 1590] venían de remesas en plata americana; el resto, lo pedían prestado, o eran pagados por los impuestos levantados originalmente en Castilla» (Elliott, Imperial Spain, p. 279).

[20] Véase arriba, p. 25 y también la nota 9.

[21] La monumental Recopilación de leyes de los reynos de las Indias, la gran colección de la legislación de España para América, se puede consultar en casi todas las bibliotecas universitarias y puede ser comprada sin grandes dificultades. Este solo trabajo, aun si es leído ligeramente, puede ilustrar tal punto. Además, hay muchas otras colecciones de correspondencia virreinal, edictos reales y ordenanzas (locales e imperiales) que apoyan esta afirmación; juntamente con varios buenos estudios monográficos, ahora disponibles en inglés. He incluido en mi Bibliografía, Sección III, algunas de las autoridades de habla inglesa en estas materias, que más fácilmente pueden ser consultadas.

[22] Tomemos sólo el ejemplo de los holandeses: «Holanda ha decidido recientemente impartir educación superior. Tres siglos después de la fundación de Batavia (1619) no había aún nada de esta naturaleza en sus Indias» (Georges H. Bousquet, A French View of the Netherlands Indies, London: Oxford University Press, 1940, p. 95). Amry Vandenbosch, The Dutch East Indies: Its Government, Problems and Politics(Berkeley: University of California Press, 1944) y Bernard H. M. Vlekke, The Story of the Dutch East Indies(Cambridge: Harvard University Press, 1946) confirman la misma impresión de que no había prácticamente nada de tipo universitario aún en tiempos recientes y que el récord holandés era débil incluso a nivel secundario.

[23] Lanníng «A Reconsideration...», The Americas, I, pp. 166-178.

[24] Meyer, pp. 163-164 y Janssen, XVI, especialmente los capítulos 5, 7 y 8.

[25] Para diversas lecturas que confirman y elaboran los puntos indicados, véase la Bibliografía, Secciones I y III. Véase también el capítulo III, pp. 75-77, concerniente en particular al establecimiento de la Inquisición, relacionado con el problema de los cripto-judíos. Véanse los Capítulos IV, pp. 89-92, y V, p. 122, referentes a la propaganda anti-inquisitorial.

[26] Por ejemplo, Cecil Roth, Marranos, p. 84.

[27] El esfuerzo de Henry C. Lea, en el único tratado de importancia en inglés, con alguna pretensión de responsabilidad escolar, está ahora fuera de época y malamente desfigurado por errores y prejuicios. Véase la Bibliografía, Sección I, y el trabajo de Richard Greenleaf citado en la Sección III.

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