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Oídos sordos a Dios

Hay personas creyentes que sostienen que, aunque oren y recen no escuchan nada de lo que, se supone, Dios les está diciendo. Esperan, a lo mejor, que una voz venida del más allá, les comunique lo que tienen que hacer o que, en todo caso, les censure lo que no deberían llevar a cabo.

Tal forma de pensar es, además de curiosa, un poco ilusoria porque Dios, el Creador, el Omnipotente se dirige a cada uno de nosotros de muchas formas pero no, como es lógico, de viva voz como si se tratara de alguien con quien platicamos amigablemente.

En el Salmo 85, el salmista se dirige a Dios con lo que muy bien podemos entender como un intento de escuchar al Creador dirigiéndose al mismo al reconocerle poder sobre su persona y sobre toda la creación. Dice el mismo lo siguiente:

«Tiende tu oído, Yahveh, respóndeme, que soy desventurado y pobre, / guarda mi alma, porque yo te amo, salva a tu siervo que confía en ti. Tú eres mi Dios, / tenme piedad, Señor, pues a ti clamo todo el día; / recrea el alma de tu siervo, cuando hacia ti, Señor, levanto mi alma. / Pues tú eres, Señor, bueno, indulgente, rico en amor para todos los que te invocan; / Yahveh, presta oído a mi plegaria, atiende a la voz de mis súplicas.»

Nos dirigimos, pues, a Dios porque pedir siempre está en el horizonte de los hijos que saben que su Padre los escuchará. Sin embargo, a la hora de escuchar lo que quiere de nosotros y, sobre todo, lo que espera de su descendencia, no hacemos otro tanto.

A este respecto, Benedicto XVI, en la Audiencia General del 7 de marzo de 2012, nos insta al silencio para escuchar a Dios porque «La primera es la disposición para acoger la Palabra de Dios. Es necesario favorecer el silencio interior y exterior para que dicha Palabra pueda ser escuchada. Con frecuencia, los Evangelios nos presentan al Señor que se retira solo a un lugar apartado para orar». Además, «el silencio tiene la capacidad de abrir en la profundidad de nuestro ser un espacio interior, para que Dios habite, para que permanezca su mensaje, y nuestro amor por Él penetre la mente, el corazón, y aliente toda la existencia"».

Habla y escribe el Santo Padre sobre «disposición» para acoger lo que Dios quiere de nosotros porque es en su misma Palabra donde podemos encontrar respuesta a nuestras peticiones y a lo que, en realidad, queremos del Creador.

Aquellos, por lo tanto, que buscan donde, en realidad, nada van a encontrar, sólo se hacen daño a sí mismos y a la fe que tienen en Dios. En realidad, les bastaría con escuchar la voz del Creador en su Palabra para darse cuenta de que siempre ha estado ahí y que nunca ha abandonado, el Padre, a sus hijos.

Tiene, además, para quien así actúa, muy malas consecuencias de cara a su vida definitiva, la eterna. Esto es así porque muchas son las veces que Jesucristo habla de la importancia de llevar una vida adecuada a la voluntad de Dios con vistas a lo que tiene que venir tras el paso por este valle de lágrimas.

Pero no vaya a creer nadie que no tenemos, digamos, «pista» alguna sobre cómo debemos escuchar a Dios e, incluso, qué tenemos que tener en cuenta.

Ya en el Génesis (17, 1) Dios dice a Abraham «Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto» que era una forma bastante evidente de expresar cuál debía ser el comportamiento de aquel padre en la fe. La perfección estaba, según aquello, en escuchar a Dios que hablaba, por ejemplo, a través de sus profetas.

Pero luego, ya entrado en último tiempo, el final de los tiempos, cuando Jesús, a los pocos días de haberse presentado al mundo, es invitado a una boda en Caná, y, como sabemos, se dio la circunstancia de que los novios se quedaran sin vino. Su madre, la Madre de Dios, dijo aquello tan conocido (Jn 2, 5) de «Haced lo que Él os diga» porque sabía que sólo así el camino escogido sería el correcto. Hacer lo que Cristo quiere que hagamos es una forma más que adecuada de escuchar a Dios porque el Cristo es Dios hecho hombre.

Pero como Jesús siempre sale en nuestro auxilio y en esta necesidad, la de escuchar a Dios y la de tenerlo en cuenta en nuestra vida, no podía ser menos. En el Evangelio de San Mateo, en el marco de las Bienaventuranzas y en lo mucho de lo bueno y magnífico que recoge quien fuera recaudador de impuestos en el capítulo 5 de su Evangelio, dice en un momento determinado (48) lo que es, realmente, definitivo: «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Entonces… en la perfección de Dios está el verdadero sentido de nuestra escucha. Oír y escuchar al Creador a través de su Obra y de su Palabra es, verdaderamente, el único sentido que tiene una vida de creyente en el Todopoderoso.

Hacer otra cosa como, por ejemplo, mirar para otro lado cuando nos habla a través de Él mismo o de su Hijo Jesucristo es hacernos un favor muy flaco y es, además, querer manifestar una querencia menguada por la vida eterna.

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