conoZe.com » bibel » Otros » Julián Marías » Breve tratado de la ilusión » V.- Ilusión y vocación

Vocación total y vocaciones parciales

La vocación ha solido identificarse con alguna de sus formas particulares. El Diccionario de Autoridades da como definición principal: «La inspiración, con que Dios llama a algún estado de perfección, especialmente al de Religión. » Y sólo al final añade: «Por extensión se llama el oficio, la carrera que se elige para pasar la vida, por armas, letras u mechánica. Es del estilo familiar. » Todavía hace pocos años, «tener vocación» quería decir tener vocación religiosa. Y hasta en su edición de 1970, el Diccionario de la Lengua Española de la Academia define así: «Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión. » Y en una cuarta acepción, familiar: «Inclinación a cualquier estado, profesión o carrera. »

En todos los casos, y aun en la tardía ampliación profana, se entiende por vocación algo genérico, esquemático. Vocación religiosa, o de médico, abogado, militar, escritor, explorador, pescador, lo que se quiera. Son siempre cauces con una significación «profesional» o muy próxima a ella. En inglés, vocation quiere decir primariamente «profesión», y cuando se quiere significar más propiamente «vocación» hay que decir avocation o calling. En alemán, Beruf es «profesión», «oficio», y solamente Ruf, entendido como innere Berufung o innere Stimme (llamada o voz interior), se aproxima a «vocación».

A esto llamo vocaciones parciales, que afectan a aspectos, facetas o porciones de la personalidad; que por eso pueden ser comunes a muchos, y por consiguiente tienen un carácter genérico. Sea cualquiera su contenido, y por excelso que pueda imaginarse, son formas secundarias de la vocación, en la medida en que no envuelven a la persona en su totalidad y no tienen carácter singular, único.

Este es el sentido más hondo y radical de la vocación, que la filosofía de nuestro tiempo ha puesto de relieve como nunca en el pasado. Casi todos los filósofos plenamente actuales y que merecen ese nombre se han enfrentado con la significación de la vocación; sobre todo, Ortega y Heidegger; pero también otros menos creadores o de menor alcance e influjo. Y esa exploración hacia lo más personal y a la vez total ha sido lenta, ha avanzado por sus pasos contados. Permítaseme comparar el planteamiento que hice en la Introducción a la Filosofía (1947) con el que se encuentra en la Antropología metafísica (1970).

En el primero de estos libros, la cuestión de la vocación aparece en el contexto de las posibilidades que el hombre encuentra en su contorno social: «Por ser ya social e histórico, encuentro en mi circunstancia o mundo posibilidades de ser hombre, esquemas genéricos, figuras de vida que no he inventado yo, aunque siempre las ha inventado originariamente un hombre individual; y en todo caso, para que esas posibilidades recibidas puedan ser mías, para que puedan ser las de mi vida, necesito yo hacer algo: concretamente, elegir entre ellas, decidir cuál voy a adoptar entre las que me son presentadas por el contorno; y esto, a su vez, por un esquema de mi vida, más vago y general, del cual soy irrenunciable autor, y que se llama, con un nombre cargado de resonancias y del que tendremos que hablar más adelante, vocación» (VI, 54). Más adelante se habla de «lo personal y lo histórico en la vocación»; se parte de «una figura de vida determinada, que nos da voces y nos provoca a realizarla». La vocación, lo más personal, tiene contextura histórica; y a la vez supone una transformación de la circunstancia para alojar en ella la forma propia y personal de la vocación: «Esto explica la esencial conexión y alteración, al mismo tiempo, que la vocación supone respecto de la circunstancia del que se siente llamado» (IX, 76).

En el segundo libro se encuentra una aproximación mayor al núcleo irreductible de la vocación total, de la vocación de ser yo: «La entrega libre y necesaria al enamoramiento auténtico es la forma suprema de aceptación del destino, y eso es precisamente lo que llamamos vocación (cap. XXIII). Más adelante: «Oscilamos, pues, entre el azar y la necesidad; a la combinación de ambos se llama desde hace milenios destino, pero no se ha solido entender bien, porque se lo ha interpretado casi siempre desde una mentalidad de 'cosas', no como destino personal. Y quien gobierna esa pareja inseparable y enemiga azar-necesidad -que habita en la imaginación- es la libertad. El destino tiene que ser adoptado, aceptado, apropiado, hecho 'mío'; no es objeto de elección, pero tiene que ser elegido; sólo así es rigurosamente destino personal o, con otro nombre, vocación. En rigor, nunca me siento más 'yo' -yo mismo- que frente a un contenido azaroso que irrumpe en mi vida, cuando reacciono a él de una manera que brota de la raíz de mi persona; cuando descubro en él el destino que no se elige, y elijo hacerlo mío, serle fiel; con otras palabras, elijo ser yo ese azar inelegible» (cap. XXVI). Y un poco más claramente aún: «El destino, libremente aceptado pero no elegido -es decir, elijo que sea 'mi' destino, lo 'adopto', pero no elijo su contenido- es mi vocación, y la realidad de esta es lo que llamamos felicidad» (cap. XXVIII).

Dicho con otras palabras, se ha ido descubriendo que la vocación que he llamado genérica o esquemática no afecta más que a una u otra dimensión de la persona, y es más o menos abstracta. La vocación concreta, en cambio, es única, rigurosamente personal; es la vocación en que cada uno consiste más propiamente, y coincide con el yo de cada cual, entendido programáticamente. Pero no se olvide que las vocaciones parciales o genéricas, en la medida en que se concretan, se realizan de una manera individual, participan también de ese carácter personal. Veremos cómo esto es decisivo para comprender las relaciones entre la vocación y la ilusión.

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