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Función política del racismo

Así el gran tabú tiene por función legitimar el totalitarismo «de izquierdas»... ya que aún se le califica de ese modo. En teoría, los guardianes del tabú velan por la equidad del reparto de los juicios qué emitimos sobre los dos totalitarismos. En la práctica, esta imparcialidad aparente presupone la fabricación previa de un totalitarismo; de derechas que, en el contexto de la segunda mitad del siglo XX, es una pura creación del espíritu, lo que en la filosofía antigua se denominaba un «ente de razón». Se entendía por ello no que ese «ente» fuera racional o razonable, sino que era un producto de nuestra facultad cogitativa, un concepto al cual no correspondía ningún objeto real. Ciertamente, los regímenes contemporáneos que no son comunistas no son todos democráticos, ni mucho menos, pero los regímenes no democráticos y no comunistas no constituyen una potencia política y estratégica homogénea construida según un mismo principio, provista de una misma estructura de poder e inspirada por una misma ideología. En otras palabras, no hay en 1988, año en que aparecen estas líneas, un nazismo mundial que sería la antítesis melliza del comunismo mundial. La pretendida igualdad de tratamiento entre los dos aprovecha, pues, al comunismo. Éste se ve absuelto gracias a ese subterfugio o, en el peor de los casos, condenado con la sentencia en suspenso bajo el pretexto de que no tenemos derecho moral a declararlo enemigo del género humano mientras el fascismo internacional no haya sido también extirpado. Como el fascismo internacional no existe, no hay riesgos de extirparlo pronto, lo que confiere una duración eterna a la inmunidad de que goza el comunismo. Además, ni siquiera en el plano puramente formal, verbal, es respetada la igualdad de tratamiento. No reprobamos los crímenes contra la humanidad cometidos en Afganistán con la milésima parte del vigor cotidiano que volcamos en nuestras diatribas contra el apartheid sudafricano. En el plano económico, las firmas occidentales se retiran de África del Sur, mientras multiplican sus ofertas de servicios a la Unión Soviética. En el plano político, ningún dirigente político de ningún país democrático recibe al general Pinochet ni le visita. En cambio, el presidente de la República Francesa y el presidente del Consejo italiano han recibido al general Jaruzelski, y el presidente del gobierno español ha visitado a Fidel Castro. El primer ministro griego (socialista, como los tres precedentes) ha tomado, por su parte, durante los años ochenta, aún más categóricamente posición en favor del comunismo internacional y del terrorismo cada vez que se le ha presentado la ocasión. En la práctica, igual que en teoría, la igualdad de los dos peligros totalitarios es, pues, un mito dispuesto de tal manera que mecánicamente funciona en provecho del comunismo.

He tratado en otro lugar de ese comportamiento absolutorio que he llamado «no dar la razón a ninguno».[13] Si vuelvo ahora a ocuparme del tema es bajo el aspecto de la información. En efecto, en esa esfera, más particularmente, el proceso de no dar la razón a ninguno juega regularmente en favor del comunismo. La preocupación por evitar toda condena unilateral del comunismo «mientras subsistan regímenes fascistas» ha llevado, desde hace mucho tiempo, a una censura masiva o, por lo menos, a una atenuación de la información sobre el mundo comunista y sus aliados oficiales u oficiosos, así como a un hábito de aceptar el carácter crónico de las violaciones de los derechos del hombre inherentes al sistema comunista. De los regímenes autoritarios de Chile después de 1973, de las Filipinas hasta 1986, de Corea del Sur hasta 1987, de África del Sur, se puede decir todo lo que se quiera, salvo que nos falta o nos faltaba información sobre ellos. Nadie sospechará que los medios de comunicación occidentales tienden a dejar pasar en silencio los crímenes y fechorías de esos gobiernos o a subestimar la amplitud de las protestas y manifestaciones populares de que son el blanco. Cuando esbozan reformas que van por el buen camino, es raro que nuestros medios de comunicación nos informen de ello, si no es con medias palabras y, en general, para subrayar su insuficiencia. En cambio, todo anuncio de reforma liberal que aparece en un país comunista es acogido con simpatía y confianza, detallado y machacado. No podría pasar inadvertido. El anuncio ya equivale a la realización. Dudarlo sería señal de mala voluntad. Cuando se trata de hombres de Estado occidentales es una exigencia del espíritu crítico, para un periodista, no confundir las declaraciones de intención con los actos. Cuando se trata de hombres de Estado soviéticos, es una actitud tendenciosa y parcial no tomar las primeras por los segundos. Según el Neue Zürcher Zeitung, los redactores en jefe de los principales diarios alemanes han llamado al orden varias veces a algunos de sus corresponsales en Moscú, en 1987, reprochándoles mostrar demasiado escepticismo y tibieza ante el programa de reformas de Gorbachov. Se les pedía hablar de ello de manera más constructiva, con más entusiasmo y fe en el porvenir.

Tales son algunas de las razones por las cuales, en un libro en que planteo la cuestión de saber si los hombres de nuestro tiempo utilizan efectivamente y desean verdaderamente utilizar todas las informaciones de que disponen, los ejemplos de disimulación flagrante o de negligencia voluntaria de la verdad que encuentro con más frecuencia se sitúan casi todos, inevitablemente, del lado comunista y, de manera más general, a la izquierda. Durante mucho tiempo la falta de honradez intelectual ha estado en la derecha o, por lo menos, equitativamente repartida. Desde 1945, ese elemento esencial para la felicidad humana está siendo egoísticamente monopolizado por la izquierda. Entre las dos guerras, los partidarios de Hitler y los de Stalin podían rivalizar en un pie de igualdad, en la picardía, consciente y cínicamente practicada en honor de los inocentes demócratas, a su juicio tan fáciles de engañar. Desde la desaparición del nazismo, y sobre todo desde que los socialistas europeos y los «liberales» norteamericanos, en su práctica del debate público, empezaron a copiar los procedimientos comunistas, la falta de probidad intelectual está en la izquierda. No es que la derecha haya perdido las ganas de utilizarla, sino que ha perdido el talento preciso para ello. Ya no tiene ni los recursos filosóficos ni la virtuosidad dialéctica necesarios. Incluso cuando dice la verdad, ya no la creen. En cuanto a los liberales, caen en las celadas de la izquierda aceptando sus postulados con la esperanza de reanudar un diálogo de buena fe. Los desgraciados no comprenden que esos postulados son construidos de tal manera que contienen en su esencia su inevitable condena.

Un buen ejemplo de uno de esos postulados envenenados nos lo da la noción de racismo, tal como se la emplea en nuestros días, noción tan vaga y tan vasta que ningún demócrata, por sincero y escrupuloso que sea, puede evitar caer bajo el peso de esa acusación.

La primera etapa de la utilización del racismo en la construcción del gran tabú consiste en reducir el múltiplo a la unidad, es decir, en reducir toda clase de comportamientos, sin duda criticables, pero de gravedad, de nocividad y, sobre todo, de orígenes diversos, a un solo concepto fundamental: el racismo. La segunda etapa tiene por objeto asimilar ese racismo unificado, obtenido por fusión en un solo bloque de una miríada de extractos de conductas discriminatorias o despreciativas, al racismo ideológico, doctrinario y seudocientífico de los teóricos del Tercer Reich. En una tercera etapa, en fin, se calificará de discriminatoria y se reducirá, pues, al racismo, y por eso mismo al nazismo, toda medida que tenga por objeto clasificar a seres humanos y distinguirlos los unos de los otros, aunque sea por razones puramente prácticas, de orden escolar, sanitario, profesional o estrictamente reglamentario. Por ejemplo, imponer un examen de selección para la entrada en la universidad puede ser una medida buena o mala. Se puede discutir desde un punto de vista pedagógico y social. Pero en las manifestaciones de alumnos de segunda enseñanza que tuvieron lugar en Francia en diciembre de 1986 y en España poco después, la argumentación técnica no desempeñó ningún papel. La retórica de la protesta estaba entresacada de la metafísica antirracista. Condenaba el principio del examen en como «comportamiento de exclusión». El eslogan era «no a la discriminación». Dicho de otra manera, el aspirante a la universidad cuyos conocimientos se querían comprobar se comparaba a sí mismo al negro de África del Sur o al judío perseguido por Hitler. El gobierno que proponía la selección resultaba, pues, ser fascista, a causa de un proyecto que no podía interpretarse más que con la ayuda del paradigma racista, puesto que selección universitaria implica separación, exclusión, discriminación y, ¿quién sabe?, tal vez deportación...

Todo sistema totalitario tiene por resorte una ideología cuya función es justificar un plan de dominación planetaria, que realiza, entre otros medios, por la eliminación, física si es preciso, de grupos hostiles o molestos. En la ideología comunista, esos grupos son sociales; en la ideología nazi, eran raciales. Fundada sobre la tesis de la desigualdad biológica de las razas humanas, de la superioridad de ciertas razas sobre otras, y sobre el pretendido derecho de las «razas superiores» a someter, o incluso hacer desaparecer a las razas llamadas «inferiores», impuras o molestas, la metafísica racista del nazismo inspiró, como se sabe, un programa de exterminio de los judíos y gitanos de Europa, de sojuzgación de los latinos y los eslavos. Lo absurdo de la teoría procede, además, entre otras pruebas, del hecho de que -ningún antropólogo lo ignora- no existe una raza judía. El judaísmo y la judaidad (este último término ha sido introducido por Albert Memmi para designar el sentimiento de pertenecer a una tradición cultural y consuetudinaria de los judíos no religiosos)[14] se encuentran en casi todas las razas humanas. Es cierto que la contradicción en los términos es casi una de las condiciones del sectarismo ideológico. ¿Qué marxista piensa en constatar que en el curso del siglo XX las injusticias sociales se reducen en las sociedades capitalistas y se agravan en las sociedades socialistas?

El racismo nazi constituyó, pues, una monstruosidad bien definida, netamente localizada en el espacio y en el tiempo, una clasificación ideológica fundada sobre una obsesión por lo puro y lo impuro, que por otra parte no es ajena, según otros criterios, a la mentalidad segregativa comunista, con sus «ratas viscosas», sus «víboras lúbricas» y otros «chacales» o «hienas», con los que no se termina más que «liquidándolos» con las «luchas». Del mismo modo, bajo la Revolución francesa, durante la guerra civil de la Vendée, la Convención proclamó su firme propósito de «exterminar a los bandoleros de la Vendée», incluida la población civil, para «purgar completamente el suelo de la libertad de esa raza maldita». Se apreciará la lógica del razonamiento que preconiza el genocidio en nombre de la libertad. Los «comportamientos de exclusión» aliados a una ideología totalitaria conducen, en efecto, a una lógica.

¿Se deduce de ello que todo comportamiento xenófobo, aunque se limite a una cierta condescendiente desconfianza hacia el extranjero, como se ve en todos los países, deriva de la ideología nazi o conduce hasta ella? Si es así, entonces toda la humanidad ha sido siempre nazi y continúa siéndolo. Incluso diría que es incurable. Una sola solución: exterminarla. La desconfianza, el miedo o el desprecio hacia el individuo diferente, que viene de una comunidad diferente, practica una religión diferente, habla una lengua diferente, tiene una apariencia física diferente, son sentimientos antiguos y universales. Dan lugar a conductas de exclusión. En el mejor de los casos, de distinción; en el peor, de segregación, que son las conductas espontáneas, populares, ¡ay!, de los hombres entre sí. No es una opción razonada: es un dato antropológico. Para superar estos sentimientos y corregir estas conductas, cada uno de nosotros necesita una educación, una filosofía política, fruto de una larga participación en la civilización democrática, de una larga impregnación de las mentalidades por una moral humanista y universalista. «Es el racismo lo que es natural -escribe Albert Memmi -, y el antirracismo lo que no lo es: este último no puede ser más que una conquista larga y difícil, siempre amenazada, como lo es toda experiencia cultural.»[15] Conseguir que todos hagan suya esta experiencia cultural es un resultado que no es fácil de obtener, rápidamente, en todas partes, y que ciertamente no se logrará tratando de verdugo nazi a todo individuo cuya alma contiene resabios de prejuicios xenófobos o racistas, y que no mantiene con su vecino mogrebí o negro unas relaciones tan fraternales y corteses como sería de desear. En Francia, la asociación SOS Racisme ha llevado a cabo a menudo campañas cuyo mensaje principal era menos la obligación moral de la comprensión mutua entre franceses y africanos que la excomunión de los franceses como infames racistas, sólo aptos para inscribirse en las tropas de asalto hitlerianas. Es evidente que una generalización tan injuriosa no puede más que hacer enloquecer de rabia a toda clase de personas que no se sienten en absoluto racistas y que no tienen intención de llegar a serlo. Se opone al objetivo buscado, si éste es realmente mejorar las relaciones entre grupos de orígenes diferentes y no envenenarlas para explotarlas políticamente.

Un error nefasto, yo diría incluso que criminal cuando es voluntario, asimila al racismo ideológico y exterminador las actitudes de rechazo provocadas por fuertes aflujos de trabajadores inmigrados. Sin duda tales actitudes son indeseables, sin duda es preciso hacerlas desaparecer, pero esto sólo se puede conseguir mediante la educación, la explicación, la persuasión y, sobre todo, remediando las condiciones concretas que causan las fricciones entre recién llegados y antiguos residentes. No es insultando a estos últimos y tratándolos de fascistas como habrá una posibilidad de hacer surgir en ellos buenas disposiciones ante los inmigrados que, según su punto de vista, vienen a invadirlos. No es con la intolerancia como se enseña la tolerancia. ¿Cómo pretendéis, en verdad, inculcar a vuestra sociedad el respeto por la persona humana con relación a los inmigrados, si practicáis el desprecio cuando habláis a vuestros propios conciudadanos? Los mismos que denuncian los «comportamientos de exclusión» con relación a los inmigrados o a los enfermos del SIDA lo hacen ellos mismos, sin pudor, cuando precipitan en el abismo infame del racismo nazi y quieren herir, de hecho si no de derecho, de muerte política a aquellos de sus conciudadanos que se equivocan, sin duda, cuando son hostiles a los inmigrados, pero a los que valdría más convencer que excomulgar.

Todas las mezclas de población, sobre todo en medios urbanos pobres, engendran fricciones entre comunidades, las cuales tienen por origen mucho menos el racismo que las dificultades de la vida. La mejor prueba de ello es que tales fricciones surgen, por ejemplo, en los Estados Unidos, entre hispanos y negros, entre negros americanos y negros haitianos; en la India, entre bengalíes residentes en Bengala y bengalíes procedentes de Bangladesh; en Italia, a principios de los años sesenta, entre italianos del sur, llegados en masa a Lombardía y Piamonte, para aprovechar los empleos creados por la expansión industrial, e italianos del norte, que trataron a sus conciudadanos meridionales a menudo mucho peor que los franceses han tratado a los mogrebíes, o los alemanes a los turcos, o aun los noruegos a los pakistaníes. El gobierno socialista español de Felipe González no ha cesado, durante los años ochenta, creyendo luchar contra el paro, de erigir diques contra la inmigración de procedencia hispanoamericana, aunque esos inmigrantes no fueran diferentes de los españoles de la península, ni por la lengua, ni por la religión, ni por la raza (los indios puros no quieren nunca emigrar a Europa). Es interesante subrayar que Felipe González ha justificado su política con las mismas razones que Jean-Marie Le Pen en Francia: los inmigrados quitarían el trabajo a los españoles. Se ha demostrado ampliamente que ese cálculo era casi siempre falso en los países desarrollados, en los que pueden coexistir un paro elevado y una necesidad de mano de obra. En ciertos casos, es exacto que el inmigrante puede arrebatar el lugar de trabajo a un candidato autóctono, pero sólo cuando es más cualificado que este último, hipótesis que concierne a la inmigración que va de un país más desarrollado a otro menos desarrollado, y no a la inversa. Las denegaciones de permiso de residencia, las molestias y las expulsiones que sufren, después de 1982, en España, los hispanoamericanos por parte del gobierno socialista son tanto más chocantes cuanto que millones de españoles han encontrado continuamente y siguen encontrando empleos en América Latina, adonde afluyeron tras la guerra civil y donde, en elevado número, han conservado la costumbre y la facultad de instalarse después. Felipe González creyendo, sin duda, proteger los intereses de los trabajadores españoles ha cometido, sin embargo, a mi juicio, en este punto, un error económico y una mezquindad moral. Pero, ¿habría por tal motivo derecho a tratarle de émulo de Eichmann?

Cuando las tensiones raciales inherentes a la inmigración comenzaron en Francia a hinchar los efectivos del Frente Nacional, la izquierda entonces en el poder no se molestó en absoluto de tratar en profundidad las causas de esas tensiones. Vio en el ascenso de Jean-Marie Le Pen una ganga política. Por una parte, hizo cuanto pudo para acreditar la idea de que el Frente Nacional de Le Pen era el resurgimiento de la extrema derecha totalitaria de la anteguerra. Por otra, modificó la ley electoral francesa de manera que permitió a esa extrema derecha obtener una representación parlamentaria y, en consecuencia, una legitimidad. Finalmente, ella acusó... a los liberales de complicidad con el Frente Nacional, es decir, por extrapolación histórica, con el fascismo y el racismo. En suma, se había rizado el rizo infernal, la aplastante demostración se había consumado, y a establecerlo tendía el tema propuesto a la comisión de encuesta de la Asamblea Europea: el Frente Nacional no era nada más que la reencarnación del partido nacionalsocialista, y la derecha liberal no difería en su esencia del Frente Nacional, ni, a escala europea, de la corriente fascista y racista. Volvemos a encontrar ahí una vieja obsesión de los socialistas, que no les impide, por otra parte, proclamarse campeones de la tolerancia y del pluralismo: el que no es socialista no puede ser un verdadero demócrata.

Nuevamente, lo que llama la atención en la comparación puesta de moda entre el «fenómeno Le Pen» y el nacimiento de la oleada hitleriana durante los años veinte y treinta, es la indigencia del análisis y la negligencia en el estudio de las informaciones. Cuando Michel Rocard declara: «Hitler también, en sus principios, no tenía detrás de él más que una débil porción del electorado», tiene razón, en el sentido de que más vale cuidar un mal en sus principios que más tarde. Pero comete una grosera falta de lógica, porque, si es verdad que todo lo que ha llegado a ser grande empezó por ser pequeño, en cambio todo lo que es pequeño no está destinado a convertirse en grande. Todo escolar sabe, o sabía en todo caso en la Edad Media (aunque parece que hemos retrocedido, en lógica formal, desde ese período), que un solo elemento común entre dos realidades no convierte en comunes a todos los demás. Si es exacto que Louis Renault no era más que un pequeño garajista antes de llegar a ser uno de los más grandes constructores del siglo XX, de ello no se deduce que todos los pequeños garajistas vayan a convertirse en grandes constructores. Si Van Gogh, que era un genio, casi no vendió ni un cuadro en el curso de su-corta carrera, no se puede deducir que todo pintor que no venda sus cuadros sea un genio. Reconozco, y lo deploro, que la izquierda, y los liberales aterrorizados por la izquierda, se las ingeniaron para hacer prosperar al Frente Nacional. Pero no estoy seguro de que su innegable capacidad para transformar los inconvenientes en catástrofes baste, no obstante, para izar el FN hasta el poderío que tuvo en su tiempo el partido «socialista nacional de los obreros alemanes» de Adolf Hitler. En lugar de ocuparse de las causas reales de la subida electoral de Le Pen a partir de 1983, en lo que tenían de inédito, para aportar los remedios específicos que se imponían, nos abalanzamos sobre analogías históricamente ridículas y, por añadidura, muy halagadoras para Le Pen. Porque Hitler encarna para nosotros el genio del mal, pero un genio del mal que es, a pesar de todo, un genio. Comparar a Le Pen con Hitler, es colocarle al nivel de un hombre que ha sabido hacerse dueño absoluto de una nación de 80 millones de habitantes, primera potencia industrial de Europa, que ha engañado a los más finos diplomáticos y a los más grandes políticos de su tiempo, construido, en menos de diez años, el primer ejército del mundo y el más moderno, conquistado, en menos de un año, la totalidad del Viejo Continente con la ayuda benévola, lograda súbitamente en el instante decisivo con turbadora virtuosidad, de la Unión Soviética. En el terreno de la fuerza pura - ¡y la fuerza pura ejerce una gran seducción sobre los seres humanos!- es hacerle mucho honor a Le Pen al colocarle en la misma categoría que el canciller del Tercer Reich, como personaje histórico. Yo diría incluso que es de una insigne torpeza y de una extraña necedad. ¡Qué «imagen» se le proporciona, y gratis! ¡Le Pen, considerado como capaz de cambiar el curso de la historia mundial, aunque fuera para desgracia de la humanidad!... ¡Qué promoción!

Hay para preguntarse para qué sirven todos los instrumentos de conocimiento de que disponemos: los sondeos, los estudios de opinión, las encuestas sociológicas, las estadísticas económicas, la exploración de las mentalidades... El Frente Nacional, en cambio, escrutó muy bien y muy juiciosamente, en su génesis, su reclutamiento electoral, su base social. Por ejemplo, una encuesta de 1984[16] muestra claramente que el crecimiento del electorado de Le Pen procede principalmente de reacciones negativas ante la inmigración, el paro, la delincuencia, pero que la opinión, en su conjunto, continúa rechazando la ideología racista, sigue manteniéndose firme en su antirracismo de principio y, salvo una muy pequeña minoría, aprueba las diligencias judiciales contra los comportamientos racistas. Aún más, a propósito de la delincuencia, «si es verdad -comenta el autor del análisis del sondeo- que la presencia de inmigrados es considerada como una amenaza para la población francesa, los inmigrados no son considerados como una causa primera de la inseguridad». El deber de las élites políticas, en vez de insultar a sus conciudadanos y de entregarse a divagaciones históricas tan estúpidas como intrépidas, era investigar por qué «la presencia de inmigrados es considerada como una amenaza»; cuáles son las condiciones de vida y las conductas colectivas, tanto por parte de los inmigrados como de la población autóctona, que hacen brotar ese sentimiento, y, por fin, qué rectificaciones se pueden proponer a los unos y a los otros para disipar las desconfianzas y mejorar las relaciones. Algunas horas, tal vez sólo unos minutos, de un trabajo intelectual poco fatigoso habrían bastado a nuestros timoneles políticos y a nuestros tribunos moralizadores para advertir, echando una ojeada a esa encuesta y algunas otras, que la hostilidad a la inmigración se explica muy poco por la ideología, las convicciones políticas o la filiación socioprofesional, y que en cambio disminuye con el nivel de instrucción. ¿Hay que ser un gran hechicero para adivinar (continúo citando) que «las mayores prevenciones ante los inmigrados son expresadas por personas que sufren el contacto de los inmigrados en su trabajo o en su vecindad»? He aquí por qué el electorado del Frente Nacional comprende una importante proporción de obreros y por qué se «beneficia de una transferencia específica de la izquierda hacia la extrema derecha», como nos demuestra Jérôme Jaffré, director de estudios políticos de la SOFRES. Esta transferencia no deja de acelerarse con el tiempo. En 1987, el mismo autor, analizando diversos sondeos, concluyó que el electorado de Le Pen comprende cada vez más electores de las categorías modestas y medias -obreros, empleados, profesiones intermedias-, y de jóvenes, en proporción superior a la que atraen los demás partidos. Este electorado cuenta con tantos electores que habían votado por Mitterrand como electores que habían votado por Giscard en 1981.[17] Los simpatizantes lepenistas tránsfugas de los partidos liberales del centro y del centro-derecha no llegan más que al 12 %. Es un mentís a un tema de propaganda y de polémica favorito de la izquierda: es, en efecto, falso que el movimiento Le Pen sea la prolongación y una especie de endurecimiento natural del liberalismo. Su electorado se ha «separado progresivamente de la derecha clásica».[18]

También es sustancialmente distinto de los movimientos fascistas de la primera mitad del siglo XX, y los ciudadanos que se le han incorporado piensan muy poco -está muy claro- en buscar sus directrices en Mein Kampf, salvo, evidentemente, si se les induce a ello. A fuerza de oírse tratar de proveedores de los hornos crematorios, pueden acabar por experimentar la curiosidad de ir a ver en qué consiste la Weltanschauung nacionalsocialista que se les atribuye. En realidad, como ha visto y descrito muy bien uno de los historiadores más competentes de ese tipo de corrientes, Michel Winock, el movimiento de Le Pen se relaciona más bien con la antigua tradición del «nacional-populismo», que no es, por otra parte, exclusivo de Francia, pero que en nuestro país tuvo por prototipo, en el siglo XIX, el boulangismo,[19] que, por lo demás, fracasó. El nacional-populismo encuentra su campo abonado en los ambientes modestos (blancos pobres, pequeños empleados en los Estados Unidos, por ejemplo), posee una indiscutible propensión al racismo y a la xenofobia, pero como conducta irracional y no como ideología argumentada; finalmente constituye, o ha constituido, cuando menos en Europa, una amenaza para las instituciones democráticas. Las lecciones de la segunda guerra mundial han descalificado para siempre los programas de la derecha tradicionalista, así como la derecha revolucionaria de la anteguerra, abiertamente favorables una y otra al establecimiento de regímenes autoritarios y orientados a la destrucción de la democracia. Esas derechas habían efectuado un trabajo de argumentación histórica y teórica de una amplitud por lo menos igual a la de la literatura marxista y que, por otra parte, iba en el mismo sentido que ésta en ciertos puntos esenciales, particularmente la condenación del capitalismo, del liberalismo, del parlamentarismo, del sufragio universal como modo de designación de los gobernantes. Cincuenta años más tarde, Jean-Marie Le Pen, o cualquier otro, aun cuando lo quisieran, no podrían permitirse, so pena de desaparecer, inscribir crudamente la destrucción de la democracia en su programa... lo que no impide, según los sondeos antes mencionados, que una mayoría de franceses consideren a Le Pen como «un peligro para la democracia». Esto demuestra, y es tranquilizador, que la vigilancia continúa siendo grande, incluso si el FN se abstiene de una retórica antidemocrática explícita.

En cuanto al racismo elemental, a los «comportamientos discriminatorios», declarados o latentes, a veces asesinos, lo más a menudo recusados severamente por la mayoría de la población, es el racismo típico de los conflictos creados por la inmigración. La hostilidad hacia los inmigrados no puede explicarse por un racismo previo. Es un racismo derivado, no doctrinal, que se explica por las malas relaciones con los inmigrados. A partir del momento en que se rehusaba mirar cara a cara la realidad de tales conflictos, una realidad social de todos los tiempos; a partir del momento en que se consideraba reaccionario darse cuenta y proclamar que todo aflujo importante de inmigrados en una comunidad urbana alumbra inevitables malentendidos; a partir del momento en que se prohibía considerar que los errores y las torpezas no eran, tal vez, siempre obra de la población autóctona, se escurría el bulto ante el problema humano, económico, social, político, escolar, cultural, religioso, de la inmigración. Ya no se era un gobernante, sino un demagogo, que no quería ver la situación más que bajo el ángulo de la requisitoria que de ella iba a sacar contra sus adversarios, y que así preparaba el camino a otro demagogo, el cual no tenía más que alargar la mano para recoger los beneficios de la incompetencia y de la cobardía de nuestras autoridades políticas y religiosas ante la realidad histórica. Cuando no se tiene la valentía y la honradez de abordar y tratar una dificultad en lo que es, cuando no se piensa más que en extraer de ella temas de discursos beneficiosos para sí mismo, se transforma la dificultad en carroña y, a partir de entonces, se pierde el derecho moral de taparse la nariz cuando empiece a heder y a atraer a los buitres. He oído personalmente, en un suburbio de Marsella, a un maestro tratar, en términos apenas velados, de racistas a padres de alumnos porque se inquietaban al comprobar que sus hijos eran inscritos en unas clases en las que casi la mitad de los niños no hablaban corrientemente el francés. Parece que la sugerencia de crear clases especiales de recuperación para hijos de inmigrados hablando mal o no hablando en absoluto el francés es indicio de un «comportamiento discriminatorio». Para mí el no hacerlo así es lo que me parece más bien indicio de tal comportamiento. El arte pedagógico debe concebir la enseñanza en función de las necesidades del alumno, es decir, sus necesidades de progreso: no en la adaptación a su ignorancia presente. A semejanza de sus mentores políticos, el maestro, muy orgulloso de sí mismo, se imaginaba probablemente que gracias a él el fascismo no pasaría: pues bien, acababa de fabricar dos nuevos electores del Frente Nacional.

Notas

[13] Cómo terminan las democracias, capítulo XXIV.

[14] Albert Memmi, Portrait d'un Juif, París, 1961.

[15] Albert Memmi, Le Racisme (description, définition, traitement), París, Gallimard, 1982.

[16] Les Français et les Immigrés, por Muriel Humbertjean, cap. V de la colección anual SOFRES-Opinion publique, París, Gallimard, 1985.

[17] Op. cit., capítulo X. Se puede leer también un modelo de reportaje por Christian Jelen (Le Point, 20 de julio de 1987) sobre el ambiente inmigrado y las reacciones a tal medio ambiente en la ciudad de Aix-en-Provence. Jelen describe notablemente dos barrios de esa ciudad que desde hacía mucho tiempo votaban en su mayor parte comunista y que se han convertido, entre 1981 y 1986, en feudos electorales del Frente Nacional. Para precaverse del racismo, sería mejor diagnosticar y erradicar las causas profundas de estas evoluciones que organizar, a costa de los contribuyentes, en la plaza de la Concordia, para el gran mundo, conciertos de música pop que no sirven más que para promover la imagen publicitaria de algunos narcisistas de la política-espectáculo y para irritar aún más a las poblaciones afectadas por el neorracismo plebeyo.

[18] Jérôme Jaffré, «Ne pas se tromper sur M. Le Pen», Le Monde, 26/5/1987.

[19] Del nombre del general Georges Boulanger (1837-1891), que fue muy popular durante algún tiempo, y que la derecha antirrepublicana creyó capaz de provocar un cambio de régimen. Paradoja clásica: Boulanger fue una «criatura» de Clemenceau, entonces líder de la extrema izquierda en el Parlamento.

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