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III.- Los Milagros o el Sello del Rey (II)

5. Sin embargo es cierto que nosotros los modernos preferiríamos que Cristo no hubiera utilizado los milagros para hacerse creer. ¿Cómo resistir a las palabras de un hombre que resucita los muertos? Eso tiene algo de violación de las conciencias; se ve ahí un chantage indigno de Dios, y también indigno de la criatura racional y libre. Pues bien, tratemos de ver más de cerca lo que fueron los milagros de Cristo. Se les puede clasificar en tres categorías.

La primera categoría puede representarse con la resurrección del hijo de la viuda de Naín. "El mes siguiente, iba Jesús a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando estaba cerca de la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima, y le dijo: -No llores-. Se acercó al ataúd (los que lo llevaban se pararon), y dijo: -¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!-. El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos sobrecogidos, daban gloria a Dios diciendo: -Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo-."(Lc, 7,11 ss)

Todos nosotros, en circunstancias semejantes, hemos percibido cruelmente nuestra impotencia. Más aún: todos nosotros hemos deseado algún día, en lo secreto del corazón, tener poder para cambiar una suerte cruel, devolver un hijo a su madre, detener el sufrimiento de un inocente, disponer, clandestinamente y durante un breve minuto, del don de los milagros, para reparar una injusticia del destino demasiado clamorosa. Todos nosotros sabemos que en ciertas circunstancias decir a otro "no llores" y no poder acompañar ese consejo con un milagro, es una impostura, y por eso ciertas desgracias sólo producen silencio.

Jesús podía decir "no llores" y acompañar con un milagro su orden. Habiendo pedido a esa mujer que no llorara, y, por otra parte, pudiendo hacer el milagro, si no lo hubiera hecho, se habría deshonrado. Es decir, no es este género de milagros, de pura misericordia, los que reprocharíamos a Cristo, más bien se los envidiaríamos. Son preciosos, pues revelan en Cristo, además de su poder sobrenatural sobre la vida y la muerte y la naturaleza, una ternura de piedad que hace de él un ser humano muy cercano a nosotros. Las mismas emociones que nos agitan le agitan a él también. En muchas ocasiones de su vida, parece que ese hombre tan heroico, tan lanzado hacia su objetivo, no hubiera podido resistir sin embargo a la compasión.

Una segunda categoría está representada por la curación de un paralítico. "Y al entrar otra vez en Cafarnaum, días después, se supo que estaba en una casa. Y se reunieron muchos, de tal modo que ya no había sitio ni delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra. Y vinieron a traerle un paralítico llevándole entre cuatro, y, al no poder presentárselo, por la mucha gente, levantaron el tejado, por donde estaba él, y haciendo un agujero, bajaron la camilla en que estaba acostado el paralítico. Jesús, al ver la fe que tenían, dijo al paralítico -hijo, se te perdonan tus pecados-. Había allí sentados algunos sabios, y reflexionaron para sus adentros: -¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados, sino solamente Dios?- En ese mismo instante, Jesús, conociendo en su espíritu que reflexionaban entre sí de ese modo, les dijo: -¿Por qué discurrís eso en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Se te perdonan tus pecados", o decirle: "Levántate, toma tu camilla y vete andando"? Pues para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados en la tierra... -dice al paralítico-: -A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa-. Y se levantó y tomando enseguida la camilla se marchó a la vista de todos, de modo que todos se admiraron y daban gloria a Dios diciendo: -Nunca hemos visto tal cosa-."(Mc. 2,1 ss)

Si se cree que sólo se trataba del milagro, no es verdad que los judíos nunca hubieran visto tal cosa. Habían visto muchos milagros en su historia. Pero todo lo que rodea este milagro es lo que no tiene par. Este relato es lo que mejor representa un método, propio de Jesús, que él utiliza constantemente, y que es más importante que el milagro.

He aquí la estructura de ese método:

  • hacen una pregunta a Jesús,
  • en su plano propio, él responde alusivamente, haciendo otra pregunta,
  • crea así un suspense,
  • finalmente, en un movimiento hacia delante, reúne las dos preguntas, la que le han hecho y la que ha hecho él, y responde al mismo tiempo a las dos preguntas en los dos planos a la vez, pero haciéndolo estallar todo, de tan cargada como está su respuesta definitiva de revelaciones asombrosas.

Aquí le presentan un paralítico, evidentemente para que le devuelva el movimiento. La pregunta de la asistencia, muda pero clara, es: "¿Curará? ¿No curará?". Jesús deja en el aire esa interrogación, solamente perdona sus pecados al enfermo, cosa que nadie le ha pedido. Así provoca en la concurrencia una nueva interrogación, también muda, pero más importante que la primera: "Siendo Dios el único que puede perdonar los pecados, ¿con qué autoridad pretende éste perdonar los pecados?"

Jesús comprende muy bien toda la extensión de la puesta en juego. No retrocede, sino que, por el contrario, avanza atrevidamente hasta el límite extremo del desafío, que hace retroceder aún más. De nuevo pregunta: "¿Qué es más fácil: perdonar los pecados o curar a un paralítico?" Igual que cuando había dicho a la viuda de Naín "no llores", se obliga solemnemente al milagro. En efecto, el milagro cerrará la demostración de una manera irrefutable. Ha curado a un hombre, pero sobre todo ha demostrado que tenía el poder de perdonar los pecados.

Pero en su respuesta, Jesús lleva el desafío aún más lejos: hasta reivindicar para sí mismo la igualdad con Dios, con el "Anciano de los días". Según los dos Evangelios de Marcos y Lucas, en efecto, ahí es donde, por primera vez, Jesús se atribuye el título de "Hijo del Hombre" cuyas prodigiosas prerrogativas hemos visto. Personalmente, en efecto, creo que fue en esa circunstancia precisa cuando Jesús tomó solemnemente por primera vez ese título, afirmando así su naturaleza divina. Por eso, más aún que por el milagro, los judíos se sintieron llenos de estupefacción.

Esta segunda serie de milagros es muy importante para nuestra enseñanza: proyectan una claridad decisiva sobre la personalidad misma de Jesús que reivindica para él las prerrogativas divinas, la omnipotencia sobrenatural de Dios, el poder directo de desligar las almas igual que los cuerpos. En segundo lugar, proyectan una claridad no menos decisiva sobre la misión misma de Jesús.

Jesús no vino en primer lugar para curar los cuerpos, sino para liberar las almas, para perdonar los pecados. Nosotros, por naturaleza, somos muy sensibles a los males que afligen nuestros cuerpos, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte. Jesús trata de convencernos de que hay un mal más grave, y es el pecado que aflige al alma, la hiere y la mata. Sobre todo para curar ese mal del alma es para lo que vino entre nosotros, menos para los justos que para los pecadores. Su poder está siempre abierto, disponible, dispuesto, si es para curar las almas. Curar el cuerpo nunca será sino secundario, y no siempre es oportuno, en el mismo plano en que se sitúa Jesús. Pero siempre es oportuno, necesario, urgente y posible que el alma sea liberada de sus pecados, y que reconozca, con la fuente de su perdón, la fuente de su vida.

Finalmente, hay una serie de milagros contra los cuales se rebelan fácilmente nuestros espíritus modernos, porque tienen el aire de haber sido hechos sólo para el aturdimiento del espectador. Este género de milagros nos choca sobre todo por cierto aire, que fácilmente les atribuimos, de charlatanismo. Entre ellos, el más famoso sin duda es el de la Transfiguración. ¿Para qué sirven esos milagros, pues? Para nada, aparentemente. A menos que no estén profundamente entretejidos en la trama misma de la aventura temporal de Jesús y que no sean muy necesarios para la revelación del sentido mismo de esa aventura en todas sus dimensiones.

Es lo que pienso yo. Verdad es que la aventura temporal de Jesús tiene un sentido no sólo humano, sino cósmico. Se puede no comprenderla (¿quién puede jactarse de comprenderla completamente?), pero al menos adivinar y respetar todas las dimensiones, con tal de que no se la limite por adelantado a las fronteras del tiempo. El que dijo con la mayor naturalidad: "Yo existo desde antes que naciera Abraham", podía y debía hacer cosas que sólo tienen sentido supratemporal, es decir, profético.

Cristo realiza las profecías muy conscientemente, y la mayor parte de las veces es el único que lo sabe. También hace profecías. En cada instante, su presente se inserta fácilmente en una trama ya dibujada, o dibuja una trama para un acontecimiento aún por venir. Y la realidad, una vez sobrevenida, siempre es sorprendente, como la flor abierta siempre es sorprendente en relación con el capullo que, sin embargo, era su promesa y su profecía. Pero Jesús dispone con la misma facilidad de su porvenir, y a veces lo prefigura. Sólo con posterioridad se puede establecer la relación y admirar una vez más la realización perfecta de una figuración enigmática.

Nosotros progresamos en nuestras vidas como hormigas, en horizontes estrechamente limitados por la vida cotidiana, sus deberes, sus trabajos, sus placeres, sus penas, su organización a menudo tan vana como meticulosa. Es muy raro que tengamos una visión de conjunto de nuestro pasado y que imaginemos nuestro porvenir. Además ¿qué podemos sobre nuestro propio destino? Nuestro pasado está colmado de "habría podido, habría debido": estas palabras, que en efecto son temibles, no tienen ningún sentido aplicadas a Jesús, privilegio inmenso entre todos los hombres. Se puede estar seguro de que ese hombre nunca se dijo a sí mismo, ni aun a propósito de Judas, ni aun a propósito de Jerusalén, la ciudad santa que tanto amó, "habría podido, habría debido"; no, lo que debía hacer, siempre pudo hacerlo y lo hizo siempre. Lo que dice, siempre a su manera y haciendo una pregunta: "¿Quién de vosotros me convencerá de pecado?" no tiene otro sentido.

La misma libertad soberana respecto al porvenir. Cuando lo prefigura, es sin temor de verse desmentido por los acontecimientos. Solamente dice a aquellos testarudos que eran sus apóstoles y que un día habían de ser sus testigos: Acordaos bien de lo que acabáis de ver. No habléis de ello todavía, sino cuando se realice el acontecimiento correspondiente, que entonces eso sea para vosotros la prueba de que yo sabía por adelantado lo que iba a pasar, que lo quería así y que siempre he dominado los acontecimientos.

Entonces, ¿por qué escandalizarnos de los milagros de Jesús, aun los más soberbios, los más gratuitos? Como todos los demás hechos y gestos de Jesús, como todas sus palabras, están lanzados en el gran movimiento de su vida, que va de la eternidad a la eternidad, hacia el cumplimiento integral de su destino, flotilla alegre que baja por el curso de un gran río, hacia su desembocadura, y que nada detendrá. Por otra parte, ¿por qué dar a los milagros de Jesús mayor importancia de la que él mismo les daba? En su pensamiento, en sus palabras y en su acción, están siempre firmemente subordinados a una significación más alta. Como dice santo Tomás de Aquino, son el sello del Rey que marca con el signo de la omnipotencia el mensaje soberano. A veces ocurre que los sellos del Rey caen en manos de coleccionistas que los admiran por sí mismos, pero no es ese su destino primario, el único que cuenta a sus ojos: el verdadero destino del sello del Rey es ser roto para que podamos leer el mensaje autentizado por tan augusto diploma.

Los milagros no son más que un signo del poder de Jesucristo. Este poder, él se pasó todo el tiempo diciéndonos que estaba por completo movilizado al servicio de la salvación espiritual y la resurrección espiritual de los hombres. Los milagros sólo serían equívocos si no fueran símbolos; entonces solamente querrían decir: "Que me sigan los que amen el poder". Al contrario, quieren decir: "Los que quieran su salvación espiritual-por lo demás, salvación espiritual del cuerpo como del alma-vengan a mí; tengo poder para salvarles de la única manera como me he comprometido a hacerlo: con una salvación espiritual".

Pascal subraya un hecho evidente cuando se relee el Evangelio. Subraya ante todo la necesidad de los milagros en lo que concierne a Jesús: "No se habría pecado no creyendo a Jesucristo sin los milagros", y cita Juan 15, 24. Pero subordina los milagros al cumplimiento de las profecías. Los milagros de Jesús, pues, eran importantes sobre todos los contemporáneos de Jesús: para nosotros, el milagro de los milagros, plenamente suficiente, es el cumplimiento de las profecías en Jesús. "Jesucristo hizo milagros, y los apóstoles después, y los primeros santos en gran numero; porque, no estando todavía cumplidas las profecías, y cumpliéndose mediante ellos, nada más que los milagros servían de testimonio. Se había predicho que el Mesías convertiría a las naciones. ¿Cómo se habría cumplido esa profecía, sin la conversión de las naciones? ¿Y cómo se habrían convertido las naciones al Mesías, no viendo ese último efecto de las profecías que le prueban? Antes, pues, de que hubiera muerto, resucitado y convertido a las naciones, no estaba todo cumplido, y así hicieron falta milagros durante todo ese tiempo. Ahora ya no hacen falta contra los judíos, pues las profecías cumplidas son un milagro subsistente."

Es impresionante comprobar que la enseñanza oficial de la Iglesia sigue este modo de ver y refiere principalmente los milagros al origen divino de la religión cristiana. No es que los milagros no sean ya posibles hoy, sino que no tenemos la misma necesidad de ellos. Se cuenta que el rey san Luis fue informado de que se producía un milagro en la capilla de su palacio. No acudió diciendo que no tenía ninguna necesidad de milagro para creer en la presencia corporal de Cristo en la eucaristía. Cierto que los milagros son siempre posibles, y se siguen produciendo acá y allá, y la Iglesia los exige para canonizar a los santos. No tienen nada de asombroso; lo que es asombroso, es la total obediencia de un hombre a Dios, y, recíprocamente, la obediencia de Dios a un hombre. En ese sentido, Simone Weil tiene razón en hallar milagrosos tres pasos dados por un santo, estén dados por el agua o por tierra firme.

* * *

6. Todas estas reflexiones no desarraigarán la prevención del hombre moderno contra el milagro. Sólo creo que la raíz de esa prevención no está en la razón ni en los progresos de la ciencia, como se cree comúnmente.

La verdad es que nosotros los modernos amamos el orden, lo amamos con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas; lo amamos por encima de todo, lo idolatramos. No queremos que se trastorne el orden ni por un mensaje del Rey de los reyes. Y nuestra concepción del orden es lo más mezquino que hay, lo más avaro, más coriáceo, más materialista y más estúpido. En todos los dominios, aun el del espíritu, lo que veneramos es el orden policiaco, el orden totalitario, el orden de un mecanismo preciso y riguroso, como el de un reloj: tic tac, tic tac, tic tac, por los siglos de los siglos.

Ese rigor y esa monotonía nos tranquilizan: no hay sorpresa posible, no hay misterio. Odiamos por instinto todo lo que venga a interrumpir esa monotonía, a romper ese rigor; todo lo que escape al ritmo inflexible regulado de una vez para todas. La conquista de la naturaleza, cuyo sueño persigue febrilmente el hombre desde el Renacimiento, no era concebida hasta ahora sino como la invasión, a paso acompasado, de las fuerzas de la inteligencia, es decir, del orden, en el dominio del caos y del absurdo, obligado a retroceder siempre. Y todo era caos mientras la inteligencia humana no hubiera tomado posesión efectivamente de ello por la ciencia. En cuanto una nueva región del caos quedaba liberada por la ciencia, reinaba en ella el orden y la inteligencia humana aseguraba una policía perfecta, nada se escapaba ya, tic tac, tic tac, todo estaba en orden.

En semejante concepción del orden universal, adquirido y aún por venir, no hay el menor lugar para el milagro. El milagro es un escándalo, un atentado contra la seguridad interior del orden universal y de la conciencia de cada cual, una indecencia intolerable, un absurdo fantasmal, contra el cual conviene movilizar todas las fuerzas del orden, todos los recursos de la inteligencia, frente a ese retorno ofensivo del caos.

El mismo milagro es una impiedad. Pues, en fin, en esa concepción mecanicista del universo, todavía cabe imaginar un lugar para Dios, el de Gran Relojero, según la expresión de Voltaire. Pero ¿cómo concebir que el propio Gran Relojero suspenda el tic tac fundamental, y trastorne así voluntariamente la buena marcha de su obra maestra, la mecánica universal? En un universo mecanicista, el milagro no puede ser por parte de Dios sino una señal de chochez. Eso es lo que me contaron durante toda mi juventud

Esta concepción de un orden meticuloso y totalitario del universo está profundamente enraizada en el espíritu moderno. Es sustancialmente la misma en Descartes, en Newton, en Voltaire, en monsieur Thiers al hacer fusilar en masa a los obreros parisienses, en Lenin y en Hitler. En tal concepción, nada es tan abominable como la anarquía que pretende escapar al orden ciego, mecánico, infalible y seguro.

Como todo va unido, esa concepción no triunfaba en política sino porque se pretendía "científica". La ciencia estaba encargada de poner orden en el universo, era una gendarmería sagrada, responsable del orden cósmico. En esas condiciones, el taumaturgo es el anarquista por excelencia, el enemigo número uno, que lo vuelve a poner todo en cuestión, que no puede tener derecho de ciudadanía en la armonía universal, desterrado por derecho, como el poeta, pero infinitamente más peligroso que el poeta, porque el poeta lanza al orden mecanicista un desafío de palabras con el que siempre cabe arreglárselas, mientras que el taumaturgo es un poeta en actos, que pretende rehacer a su guisa y en un plano imprevisto lo que ya está irremediablemente establecido. El taumaturgo se pone él mismo y definitivamente fuera de la ley para que ésta le aplaste.

El fondo que resiste en nosotros al milagro es el mismo que resiste a la poesía, una pereza ontológica cómplice de todos los hábitos, de todos los conformismos, de todos los tic tacs ciegos, un fariseísmo de las pretendidas leyes científicas, tan feroz, tan puritano, tan limitado como el fariseísmo de los Doctores que, en nombre de la Ley, aplastó antaño al Señor.

Ahora bien, este fariseísmo científico, defensor de un determinismo totalitario y de la rigidez de las leyes científicas, es lo que ya resulta insostenible. El golpe que no sólo le ha herido de muerte, sino que le ha deshonrado intelectualmente, no le ha venido de la teología-ya he dicho que los teólogos no conocen a sus aliados y no gustan de la poesía-; el golpe decisivo, la estocada, se la ha dado el propio conocimiento científico, que ha sacudido el yugo del determinismo, al mismo tiempo que adquiría conciencia cada vez más aguda de sus límites y del misterio en que permanece sumergida.

A medida que progresaba, no sólo en tanto que conocimiento, sino también en su eficacia propia de dominación de la naturaleza, la ciencia se hacía humilde y abdicaba de toda tiranía fuera de su orden y aun dentro de su orden. En el tiempo de la relatividad, del universo curvo y en plena expansión, la ciencia no se atreve a decirse infalible y totalitaria en lo real. Ha aprendido a callarse sobre lo que ignora, lo que está fuera de su alcance. Se guardará muy bien de exiliar al poeta, pero al propio taumaturgo ya no es ridículo, ya no está fuera de unas posibilidades cuyas fronteras no se osan fijar. Ya no se trata en absoluto de un Gran Relojero, pues el ritmo del mundo no es en absoluto un tic tac. Lo que Dios tiene que decir sobre sí mismo toma una nueva resonancia: que es libertad, que es sabiduría por encima de la nuestra, que es amor, y que la oración de un niñito de corazón poro puede levantar las montañas y desarraigar los mundos. Mientras que hace cincuenta años era de buen tono reírse de tales afirmaciones, hoy día no hay sabio digno de ese nombre que no diga: ¿Por qué no?

En las perspectivas abiertas ahora por la investigación científica, más bien lo que se vuelve flotante es el límite entre el milagro y el hecho natural. La bomba atómica hubiera sido milagro para Newton, pero para muchos sabios actuales, surge la duda de si muchos milagros de Cristo no son fenómenos naturales. El poder físico del alma sobre los elementos quizá es más extenso, por naturaleza, de lo que imaginábamos. La curación de un paralítico ya no es tan evidentemente milagrosa como se creía antaño. Que la ciencia reconozca amplias zonas de misterio no quiere decir que todos los misterios tengan un carácter estrictamente sobrenatural y divino. Pero la Iglesia nunca ha dicho lo contrario.

El hecho de que cada vez esté más indecisa la frontera entre lo que es seguramente fenómeno natural y lo que puede ser milagro, sólo tiene una importancia secundaria en nuestro tema, al menos en mi opinión. Lo importante es que Jesucristo sea verdaderamente un taumaturgo, y bastaría para ello que uno solo de sus actos hubiera sido milagroso, por ejemplo, la resurrección de Lázaro, el volver a llamar a la vida a un hombre muerto hacía cuatro días y ya en estado de carroña. Sin hablar de su propia resurrección.

Pero eso tampoco es lo más importante. Lo más importante es que todos los milagros de Cristo tienen un sentido preciso, impuesto por él mismo, sentido de revelación sobre su persona, su doctrina, su misión, más a menudo también, sentido profético por referencia a un acontecimiento por venir, que el milagro prefigura más o menos claramente, pero que, una vez producido el acontecimiento, aparece en un esplendor fulgurante. En Jesús, el taumaturgo es idéntico al profeta.

Lo que es impresionante, es la manera que tiene Jesús de actuar como señor de la naturaleza, del mundo visible y del mundo invisible, y su soberanía es aún más inteligente que libre. Utiliza a su gusto la naturaleza: sus gestos o sus actos, milagrosos o no, son metáforas que sugieren un desarrollo ulterior. En Jesús, el taumaturgo es idéntico al poeta.

Tanto y más que cualquier poeta, rompe las costumbres los conformismos, lo hace aun más en actos que en palabras. Desplaza los horizontes o los confunde a su gusto. Superpone los órdenes, no se deja encerrar por ninguno. Es libre, y esa libertad soberana es el milagro de los milagros. Nada anarquista, sin embargo, pues es para afirmar su orden propio, el de la caridad, para lo que tanto gusta de transgredir todos los órdenes inferiores. Constantemente escapa a todo determinismo y a toda ley, imprevisible y supremamente inteligente, sin cesar asombroso. Es la antítesis de un orden mecánico, libre como su Espíritu, que viene de no se sabe dónde y sopla donde quiere, cerniéndose sobre el caos, y el caos se ilumina y se organiza como un árbol en la neblina de la mañana.

Se comprende muy bien que los representantes del orden establecido, de la ley inflexible, del tic tac determinista, le hayan odiado, le hayan derribado, le hayan pisoteado. Y el tercer día, resucitó como había dicho. Él es quien tiene la última palabra. Pero esa última palabra, la pronuncia tan bajo, como verdadero poeta, que sólo la oye quien tenga buenos oídos para oír

Ahora en...

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