conoZe.com » bibel » Espiritualidad » Vidas de Cristo » La Historia de Jesucristo (por Bruckberger - 1964) » Cuarta Parte.- La Gloria de Jesucristo

XXIV.- La Resurrección (X)

100. Sigue siendo difícil hacerse una idea del ambiente que reinó entre los discípulos, durante esos cuarenta días que median entre la Resurrección y la Ascensión de Jesucristo. Jesús estaba vivo, se le había visto una y otra vez, se le había tocado, palpado, se estaba bien seguro de su identidad personal y de su realidad física. Por enorme que sea eso, estaba vivo otra vez, cuando había estado muerto y enterrado.

Sin embargo, él se guardaba muy bien de reanudar el curso de la vida cotidiana con sus apóstoles. Aparecía, y a cada vez era una gran alegría, luego desaparecía dejándolo siempre todo en suspenso, los espíritus y los corazones. Más que nunca, actuaba como poeta, creando la espera, y luego sorprendiendo a sus amigos con lo que no hacían más que esperar. Pienso que se puede decir que era una atmósfera amorosa, en que la presencia colma el corazón, en que la ausencia lo oprime, en que la presencia del ser amado deja casi mudo, en que la ausencia atiza el dolor de no haber dicho y hecho lo que se debía.

Cuarenta días, es bastante tiempo. Amigos, enemigos, tenían tiempo de hacerse preguntas. Me parece imposible que los grandes sacerdotes, cuya policía funcionaba bien, no oyeran hablar de esas apariciones. Pero ¿qué podían hacer? Esas apariciones no turbaban el orden público, se limitaban a ese grupito de hombres que parecían más bien quererse hacer olvidar. Lo mejor, sin duda, era hacer como si no pasara nada. Siempre habría tiempo para avisar. Esos cuarenta días, pues, parecían una tregua; son los apóstoles quienes, el día de Pentecostés, romperán la tregua con el testimonio público que proclamen de la resurrección de su Maestro. Pentecostés fue un trueno en un cielo que se había esperado que estuviera ya tranquilo. El intermedio fue un momento privilegiado, único en la historia del mundo, como el silencio y la limpidez de una mañana de verano, antes del primer cañonazo de la batalla.

Para los apóstoles, fue un retiro. ¿Quién sabe si su gran tentación en ese momento no fue contentarse con aquello, y volver a su vida diaria con el consuelo de los acontecimientos que habían vivido? Su relación con su Maestro había cambiado profundamente: todo estaba ya más claro, retrospectivamente, todo lo que había pasado antes se hacía más claro. En esos días fue cuando los apóstoles supieron por fin sin ninguna duda posible, que su Maestro no era sólo su jefe, un taumaturgo, un profeta mayor que los demás, el mismo Mesías, sino también Dios en persona: "Mi Señor y mi Dios", como había dicho Tomás. Esa revelación era tan enorme que les hacía falta algún tiempo para incorporársela, digerirla, hacerla suya.

El hecho de la resurrección de Jesús era para sus apóstoles un prodigioso consuelo. Pero el acontecimiento limitaba su alcance al grupito de los que va estaban unidos a Jesús por el afecto y la fidelidad. Es muy posible que los apóstoles, al principio, no lo tomaran de otro modo. Jesús estaba vivo otra vez, había superado la muerte, por extraordinario que ello fuera, era verdad, y se sentían aligerados de todo el peso de su tristeza y su duelo. La historia era lo más conmovedora que cabía, con un happy ending, como si en la Ilíada, al final, se restituyera a Príamo, no el cadáver de Héctor, sino su hijo viviente. Como piadosos israelitas que eran, los apóstoles guardaban en su corazón la certidumbre de que Dios les había visitado, y guardaban en sus ojos el esplendor de esa iluminación. Era una experiencia objetiva y real, ciertamente, pero también una experiencia mística absolutamente inaudita: ni Moisés, ni Elías, ni el mismo Abraham habían tenido tanta familiaridad con Dios como ellos. Su vida se hallaba transfigurada por la certidumbre de esa familiaridad.

¡Cuántos grandes santos han sido visitados por Dios, y han muerto desconocidos! Han muerto llevándose en su corazón la dulzura de esa visita y el secreto de su paz: "¿Querías mi paz? -exclama el santo-, ven a tomarla". Tales son las últimas palabras de Bajo el sol de Satán, lanzadas en desafío por el cura de Lumbres al "hombre ilustre que le ha venido a buscar desde tan lejos".

Pero visiblemente, Jesús no pensaba quedarse en eso con sus apóstoles. No era sólo para ellos para lo que el Verbo se había hecho carne, y había habitado entre nosotros, y había sufrido bajo Poncio Pilatos, y había muerto, y había resucitado al tercer día, y le habían tocado sus manos, y ellos habían visto su gloria, gloria de Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Y Juan añade: "A Dios nadie le ha visto nunca: el Hijo único que está en el seno del Padre, es quien nos le ha manifestado"(Jn. 1,14-18).

Como siempre, con sus apóstoles, Jesús se esfuerza en ensanchar su campo de visión. Ahora el tiempo apremia. Todavía están bajo el golpe de los extraordinarios acontecimientos de la semana pasada, hace falta que comprendan el alcance de esos acontecimientos, y que es universal, en el espacio y en el tiempo. Sí, no es solo para ellos, sino para todos los hombres, para toda la raza humana, para todas sus generaciones, para lo que murió Jesucristo, y fue sepultado, y resucitó en el tercer día de entre los muertos, antes de volver a subir a Dios, Padre suyo y Padre nuestro, Dios suyo y Dios nuestro. Precisamente en esta extensión universal de la significación de sucesos históricos estrictamente localizados es donde se sitúa la misión de los Apóstoles. Jesús no les había elegido sino para ser sus testigos privilegiados, y en especial, los testigos de su resurrección. Eso es lo que hace falta que comprendan definitivamente y muy deprisa. Cada uno de ellos había sido, como dirá san Pablo, segregatus in Evangelium Dei, "calificado especialmente con vistas al Evangelio de Dios".

Él, Jesucristo, había cumplido plenamente la misión de que le había encargado su Padre: el Reino de Dios estaba fundado, los pecados estaban perdonados, el universo se había reconciliado con Dios, Jesús dejaba detrás de sí, abierta de par en par para todos, la puerta de la gloria y de la vida eterna. Faltaba por establecer sólidamente el último eslabón entre esa salvación lograda y en potencia universal, y cada uno de los que deberían beneficiarse de ella y entrar en ella. Ese eslabón se llama tradicionalmente la institución de la Iglesia. "Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras, y les dijo: -Así estaba escrito que sufriera el Cristo y resucitara de entre los muertos el tercer día, y que se predicara en su nombre la conversión, para el perdón de los pecados, a todos los pueblos, empezando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto-".(Lc. 24,45-47)

Está claro que el fundamento de la Iglesia es el testimonio apostólico. Los mismos apóstoles lo comprendieron así. Cuando, unas semanas más tarde, se trata de elegir a otro apóstol para tomar el lugar que dejó vacío judas y completar el número doce, Pedro dirá: "Es preciso que, entre los que nos han acompañado en todo el tiempo que el Señor Jesús vivió en medio de nosotros, empezando por el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado hacia lo alto, haya uno que se haga con nosotros testigo de su resurrección". (hch. 1,21-22) La misión del apostolado cristiano es ante todo, y aun esencialmente, el testimonio de la resurrección de Jesucristo. Ese testimonio funda nuestra fe cristiana. No es inútil notar que esa fe, cristiana depende de nuestro juicio, que se inclina ante un testimonio bien establecido (rationabile obsequium); esa fe no es esencialmente asunto emocional. Al contrario, la emoción en este asunto nos es tan sospechosa como a cualquiera, y no estamos dispuestos a dejar nuestro juicio a merced de nuestras emociones. Ya lo he dicho: si Cristo no resucitó verdaderamente de entre los muertos, me considero, con san Pablo, como el más miserable de los hombres, pero además como un imbécil. Nuestra fe está basada en un testimonio histórico y auténtico, y no tiene nada que ver con la credulidad.

Por la fe de antiguos documentos, admitimos muy bien (creemos) que Alejandro conquistó Susa y Ecbatana. Pero en el fondo eso no nos da frío ni calor. Que Jesucristo resucitara y entrara corporalmente en la vida eterna, Plantea una cuestión personal a cada uno de nosotros: la cuestión misma de nuestro destino personal de cada uno de nosotros, la cuestión misma de nuestro destino personal definitivo, la cuestión de la salvación. Pascal sostenía que si las verdades de la matemática elemental tuvieran que ver con la cuestión de la salvación, no dejarían también de ser puestas en duda. Es posible. Pero sé también que la fe cristiana sólo es pura cuando empieza por despojarse de toda credulidad. Léase a san Juan de la Cruz, y se vera cuánto debe superar también todas las emociones humanas, demasiado humanas.

La Iglesia es la que sirve de vehículo al testimonio apostólico. El problema era simple; era, en efecto, un problema de transporte y de comunicación, como cuando se trata de hacer un canal para transportar agua, o una pipe-line para transportar petróleo, o una línea de alta tensión para transportar energía eléctrica, o mejor, una red de radio o de televisión para transportar los sonidos y las imágenes. La Iglesia es eso, un canal, una pipe-line, una línea de alta tensión, una red para transportar la buena noticia de la salvación, o mejor quizá, un cordón umbilical por donde pasan el alimento, la sangre, la vida, el conocimiento del Reino de Dios.

Estamos en el seno de la Iglesia como el niño que va a nacer en el seno materno. Ella nos lleva hasta la eternidad a donde nos, ha precedido Jesús.

Como dice Bossuet, la Iglesia no es otra cosa que Jesucristo difundido y comunicado. De manera más concreta, diría que la Iglesia es Jesucristo mismo que sigue incorporándose el universo absuelto y reconciliado. Se puede decir incluso que la Iglesia es el misterio de Pascua, difundido y comunicado, porque la evidencia repetida y física de ese cuerpo vivo y glorioso deslumbró a los Apóstoles, concretó su fe, su esperanza y su amor; porque ese misterio de un cuerpo resucitado resume e implica todos los demás misterios de nuestra religión, y resulta ser el fundamento mismo de la Iglesia.

Hay algo aún más preciso quizá. La Iglesia es la transmisión del Evangelio a todos los hombres. ¿Qué es el Evangelio? Una gran confusión se ha establecido en nuestros espíritus por el hecho (muy legítimo, por otra parte) de que los cuatro libros que cuentan la historia de Jesucristo se llamen Evangelios. La palabra "Evangelio" va unida en nuestro ánimo a un libro escrito. Pero en el Nuevo Testamento, la palabra griega evangelion no designa tanto un escrito, cuanto, esencialmente, "la Buena Noticia"(Mc. 1,1)de la salvación, traída por Jesucristo, y de que él es el centro. Es el advenimiento del Reino de Dios, esperado por los judíos desde Abraham, y llegado por, con y en Jesucristo. El arranque de ese Reino de Dios es la Encarnación, el cumplimiento de ese Reino de Dios, es la resurrección de Jesucristo de entre los muertos y su regreso corporal a la gloria de su Padre. La extensión total de ese Reino de Dios, la Iglesia, es el anuncio de esa extraordinaria noticia a todos los hombres por la predicación del testimonio apostólico. El logro será, al fin del mundo, cuando Jesucristo, definitivamente triunfante, entregue el Reino a su Padre y Dios lo sea todo en todos.

Recordemos el extraordinario poema épico que ya he citado, y que vuelve a hallar lugar aquí:

"El que siembra la buena semilla, es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla, son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Malo, y el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los cosechadores, los ángeles... Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.

¡El que tenga oídos, que escuche!"(Mt, 13,37-43)

Ahora bien, el trigo que comienza a surgir, es Cristo resucitado. Cristo ha hecho él mismo la equivalencia analógica entre, por una parte, el grano que muere para crecer en la cosecha, y, por otra parte, su propia muerte, su propia sepultura y su propia resurrección. San Pablo explicará que, para el cristiano, el bautismo es una sepultura con Cristo, en que el neófito, sepultado con Cristo, resucita con él. Sí, el trigo surge en ese campo que es el mundo: esa es la grande y buena noticia de la mañana de Pascua, cuyo testimonio llevan los Apóstoles a todas las generaciones, La Iglesia no es otra cosa que la proclamación, en todas las encrucijadas de la historia, y por medio de todos los altavoces de la predicación, de esa gran buena noticia: el trigo surge, porque Cristo ha resucitado. Cristo, primicia de toda la cosecha universal.

La Iglesia continúa la tarea de Jesucristo. También ella es el Sembrador. Por el bautismo, sumerge al neófito con Jesucristo para que resucite con él. Por todas las generaciones, y en el campo entero del mundo, y gracias a la Iglesia de Jesucristo, continúan haciéndose las siembras, el trigo se esfuerza por crecer en la noche de la fe hacia la luz, y la gran buena noticia continúa siendo anunciada: ¡Cristo ha resucitado!

¿A quién, pues, sino a Jesucristo, puede hacer alusión la solemne promesa hecha a Abraham? "Te colmaré de bendiciones. Haré tu semilla tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena de las playas del mar. Y tu semilla conquistará la puerta de tus enemigos. Por tu semilla serán benditas todas las naciones de la tierra en premio a tu obediencia."(Gen. 22,17-18) Eso se le dijo a Abraham tras el "sacrificio de Isaac" en la montaña, imagen profética del sacrificio de Cristo en el Calvario. Pues bien, esa Semilla de Abraham (y también Semilla de Dios) estuvo en tierra, en plena obediencia, en el momento de la sepultura de Jesucristo, y esa semilla ha brotado, para bendición de todas las naciones: Cristo ha resucitado. Y si ha brotado el primer grano, es que brotará toda la cosecha. Jesucristo no es más que la primicia, en él y por él, sabemos que el trigo brota, esa es la buena noticia, Eso define las dos funciones de la Iglesia: como el Hijo del hombre, es una Sembradora por el Bautismo y los sacramentos, pero también es la anunciadora de la buena noticia por la "predicación".

La "predicación", esa es una palabra que también suena mal, porque nos hemos dormido demasiadas veces en el sermón. ¿De quién es la culpa? Evidentemente, tiene culpa el que se duerme, pero quizá también tiene culpa el que habla. Puesto que la predicación evangélica se reduce al anuncio de la buena Noticia, hoy, cuando los medios de comunicación son tan numerosos, tan variados, tan perfeccionados, tan poderosos, es imperdonable que el anuncio de la Buena Noticia no los utilice todos, y a la perfección. No es el mensaje lo que hay que modernizar, pues siempre es de actualidad, sino su expresión y los medios de transmisión.

"¡Cristo ha resucitado!", Esa buena noticia que interesa a todo hombre que viene a este mundo, habría que decirla incesantemente con la palabra y la pluma, con el telégrafo, el teléfono y la radio, con el libro y en el teatro, desde lo alto de las cátedras y en los micrófonos de las reuniones populares, en las ciudades y en los caminos, en la televisión y en las oscuras salas de los cines, en los cinco continentes y en todas las lenguas, en verso y, en prosa, con enseñanza didáctica o con los medios sugestivos de la poesía, en todos los géneros literarios, y en todas las expresiones artísticas, para que ni un hombre escape al rumor enorme de esa noticia: ¡Cristo ha resucitado!

Después de todo, es posible, porque ha ocurrido así. En los tiempos de la catedral de Chartres, los vidrieros, los tapiceros, los pintores, los escultores, los arquitectos, tanto como los predicadores y los teólogos, los poetas también, repetían cada cual en su lenguaje la buena noticia. ¿Qué ha pasado? Pues bien, mis queridos amigos, lo diré: no tenemos talento, y las excepciones que no dejarán de nombrarme confirman la regla general. ¿Y por qué no tenemos talento? No sé, hablamos del cristianismo como si fuera verdad, pero ¿creemos en él verdaderamente, quiero decir, con esa fe que levanta las montañas? ¿O quizá también tenemos miedo a pasar por imbéciles? Somos los depositarios del más alto mensaje de esperanza dirigido a los hombres. ¡No hay verdaderamente por qué derribar las paredes!

Entonces volvamos a san Pablo, que, por lo menos él, no envejece ni ha hecho dormir nunca a su gente. No es que sea un escritor propiamente hablando, eso se le da por añadidura. Se diría el lenguaje de un químico en su laboratorio, de un cirujano en su anfiteatro, de un arquitecto en su obra, de un jardinero en su jardín, hablando de injertos y esquejes.

Si confiesas con tu boca al Señor Jesucristo, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvado.

Pues se cree con el corazón para la justificación, Y se confiesa con los labios para la salvación...

Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo creerán si no oyeron de él?

¿Y cómo oirán sin quien predique?

¿Y cómo predicarán si no son enviados?...

Así, la fe es por el oído, y el oído por la palabra de Cristo. (Rom. 10,9-17)

Recordaré la equivalencia hecha en el Evangelio entre la Palabra y la Semilla. "La semilla es la Palabra de Dios." Los mismos temas vuelven siempre; todo va reunido en el cristianismo. Sembradora y mensajera, tal es la Iglesia.

De cierta manera, el Cristo y la Iglesia, es todo uno. En otro lugar habla san Pablo de la Iglesia como del "cuerpo de Cristo". Y continúa:

"Me he hecho servidor [de la Iglesia], conforme al cargo que me ha dado Dios, de llevar a cabo en vosotros la palabra de Dios, el misterio escondido desde los siglos y desde las generaciones, pero que ahora se ha manifestado a sus santos... que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria." (Col. 1,24-28)

"En él habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad, y habéis llegado a plenitud en él... Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado, por la fe en el poder de Dios que le resucitó de entre los muertos... os ha dado vida junto con él, perdonándonos todas las faltas... "(Col. 2,9-13)

Hablando de los peligros que amenazan a la fe de los fieles, peligros siempre actuales -falso ascetismo, fascinación de la Ley, falsas ideologías, extrapolaciones sedicentes científicas, horóscopos y magias- concluye jugando con la palabra "sombra" como contrapuesta a "realidad": "Eso es sombra de lo que ha de venir [la realidad es] el cuerpo de Cristo". No hay palabra que confirme mejor el lugar eminente y central de la Eucaristía en la religión cristiana.

Y, finalmente, saca la conclusión de ese magnetismo sobrenatural, cuyo campo es el mundo, y que polariza a los hombres hacía Jesús resucitado:

"Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Por que habéis muerto y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria."(Col.3,1-4)

Es, en todo caso, extraordinario que el más alto mensaje de esperanza que haya recibido nunca la humanidad se resuma en decirnos: "Habéis muerto" y "Escondeos". Hacerse el muerto y esconderse podría ser cobardía: eso quiere decir solamente que la verdadera vida está en otro sitio. Y lo sentimos muy bien.

Pero habría que citar a san Pablo entero. No citaré a san Pablo entero, pues hace falta que termine este libro abrumador. Me alegraría si inclinara a algunos lectores a leer y meditar a san Pablo. San Pablo es hermoso, es honrado es fuerte como un vino de sol, dice lo que quiere decir. Cuanto más se le lee, menos complicado se le encuentra. ¿Cómo se puede perder el tiempo en libros cosmético-teológicos, tan hinchados en el pensamiento como en el estilo cuando está san Pablo a la disposición de todos?

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